I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 13

1 Después de consultar David con los jefes de millar y de ciento y con todos los caudillos,

2 dijo a toda la asamblea de Israel: «Si os parece bien y la cosa viene de Yahveh, nuestro Dios, vamos a mandar un mensaje a nuestros hermanos que han quedado a todas las regiones de Israel y, además, a los sacerdotes y levitas en sus ciudades y ejidos, para que se reúnan con nosotros;

3 y volvamos a traer a nuestro lado el arca de nuestro Dios, ya que no nos hemos preocupado de ella desde los días de Saúl.»

4 Toda la asamblea resolvió hacerlo así, pues la propuesta pareció bien a todo el pueblo.

5 Congregó entonces David a todo Israel, desde Sijor de Egipto hasta la Entrada de Jamat, para traer el arca de Dios desde Quiryat Yearim.

6 Fue, pues, David, con todo Israel, hacia Baalá, a Quiryat Yearim de Judá, para subir allí el arca del Dios que lleva el Nombre de Yahveh que está sobre los querubines.

7 Cargaron el arca de Dios en una carreta nueva y se la llevaron de la casa de Abinadab; Uzzá y Ajyó conducían la carreta.

8 David y todo Israel bailaban delante de Dios con todas sus fuerzas, cantando y tocando cítaras, salterios, adufes, címbalos y trompetas.

9 Al llegar a la era de Kidón, extendió Uzzá su mano para sostener el arca, porque los bueyes amenazaban volcarla.

10 Se encendió contra Uzzá la ira de Yahveh y le hirió por haber extendido su mano hacia el arca; y Uzzá murió allí delante de Dios.

11 Se irritó David porque Yahveh había castigado a Uzzá; y se llamó aquel lugar Peres de Uzzá hasta el día de hoy.

12 Y tuvo David aquel día miedo a Dios, y dijo: «¿Cómo voy a llevar a mi casa el arca de Dios»

13 Y no trasladó David el arca de Dios a su casa, a la Ciudad de David, sino que la hizo llevar a la casa de Obededom de Gat.

14 El arca de Dios habitó tres meses en la casa de Obededom. Y bendijo Yahveh la casa de Obededom y cuanto tenía.

Reflexión del capítulo 13

David decide trasladar el arca de Dios a Jerusalén y consulta con el pueblo, que responde con entusiasmo. Pero el camino se rompe: colocan el arca sobre una carreta nueva, al modo de los filisteos, y cuando los bueyes tropiezan, Uzzá extiende la mano para sostenerla y muere al instante. David se llena de miedo y enojo, y deja el arca en casa de Obededom, donde permanece tres meses bendiciendo a aquella familia. La escena enseña algo que cuesta aceptar: la buena intención no basta. El arca no era un objeto que se pudiera manejar a conveniencia, sino el signo de la presencia viva y santa de Dios, y debía ser tratada como Él había mandado. A nosotros nos recuerda que la fe no se construye a nuestra medida ni se manipula para nuestros proyectos. Dios no es un medio para nuestros fines, sino el Señor de la vida, y acercarse a Él exige respeto, reverencia y una conversión sincera del corazón.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Revisa hoy tu modo de acercarte a lo sagrado: la Misa, la oración, los sacramentos. ¿Vas con prisa, distraído, como si fuera una costumbre? Prepara mejor tu próxima participación: llega unos minutos antes, guarda silencio, pide perdón por tus faltas. La reverencia no es rigidez, sino amor que reconoce quién es Dios. La reverencia nace del amor y del asombro ante un Dios que es santo y, a la vez, cercano.

Oración

Señor santo y cercano, tú que habitas en medio de tu pueblo, danos un corazón reverente y humilde. Enséñanos a acercarnos a ti con amor y respeto, sin manipularte ni servirte a medias, y haz de nosotros un lugar donde tu presencia bendiga a los demás. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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