I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 24

1 Estas son las clases de los hijos de Aarón. Hijos de Aarón: Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar.

2 Nadab y Abihú murieron antes que su padre, sin tener hijos, de modo que ejercieron las funciones sacerdotales Eleazar e Itamar.

3 David, junto con Sadoq, de los hijos de Itamar, los clasificó y los inscribió en el registro según sus funciones.

4 Se hallaron entre los hijos de Eleazar más varones que entre los hijos de Itamar, por lo que se dividió a los hijos de Eleazar en dieciséis jefes de casas paternas; y a los hijos de Itamar, en ocho jefes de casas paternas.

5 Los repartieron por suertes a unos y otros; porque había jefes del santuario y jefes de Dios, tanto entre los hijos de Eleazar como entre los hijos de Itamar.

6 Semaías, hijo de Natanael, escriba, uno de los levitas, los inscribió en presencia del rey y de los jefes, y en presencia del sacerdote Sadoq, de Ajimélek, hijo de Abiatar, y de los jefes de familias sacerdotales y levíticas. Se sacaba a suertes: una vez para Itamar y dos veces para Eleazar.

7 Tocó la primera suerte a Yehoyarib; la segunda a Yedaías;

8 la tercera a Jarim; la cuarta a Seorim;

9 la quinta a Malkiyías; la sexta a Miyyamín;

10 la séptima a Haqcós; la octava a Abías;

11 la novena a Yesúa; la décima a Sekanías;

12 la once a Elyasib; la doce a Yaquín;

13 la trece a Juppá; la catorce a Yisbáal;

14 la quince a Bilgá; la dieciséis a Immer;

15 la diecisiete a Jezir; la dieciocho a Happissés;

16 la diecinueve a Petajías; la veinte a Ezequiel;

17 la veintiuna a Yakín; la veintidós a Gamul;

18 la veintitrés a Delaías; la veinticuatro a Maazías.

19 Fueron inscritos en el registro según sus servicios para entrar en la Casa de Yahveh conforme al reglamento que Yahveh, el Dios de Israel, había prescrito por medio de Aarón, padre de ellos.

20 Respecto de los otros hijos de Leví: De los hijos de Amram: Subael. De los hijos de Subael: Yejdeías.

21 De Rejabías: de los hijos de Rejabías, Yissiyías era el primero.

22 De los yisharitas, Selomot; de los hijos de Selomot, Yájat.

23 Hijos de Hebrón: Yeriyías, el primero; Amarías, el segundo; Yajaziel, el tercero; Yecamam, el cuarto.

24 Hijos de Uzziel: Miká; de los hijos de Miká, Samir;

25 Yissiyías era hermano de Miká; de los hijos de Yissiyías, Zacarías.

26 Hijos de Merarí: Majlí y Musí. Hijos de Yaaziyías, su hijo;

27 hijos de Metarí por la línea de Yaaziyías, su hijo: Soham, Zakkur e Ibrí.

28 De Majlí: Eleazar, que no tuvo hijos.

29 De Quis: los hijos de Quis: Yerajmeel.

30 Hijos de Musí: Majlí, Eder y Yerimot. Estos fueron los hijos de los levitas según sus casas paternas.

31 También éstos entraron en suerte de la misma manera que sus hermanos, los hijos de Aarón, en presencia del rey David, Sadoq, Ajimélek y los cabezas de familias sacerdotales y los levitas, siendo tradatas las primeras familias igual que las últimas.

Reflexión del capítulo 24

El capítulo detalla la organización de las familias sacerdotales descendientes de Aarón, con Nadab y Abihú recordados por haber muerto antes que su padre por no haber respetado lo sagrado. Todo se distribuye por sorteo, del mismo modo para las familias grandes y pequeñas. Aquel sorteo no era una lotería, sino una forma de dejar la decisión en manos de Dios, evitando rivalidades y favoritismos. Es un detalle lleno de sabiduría: cuando algo nos importa mucho, tendemos a pelear por los primeros puestos; la comunidad de fe aprende, en cambio, a confiar en que Dios reparte según su voluntad. El capítulo también recuerda que todos estos hombres estaban consagrados para un servicio concreto, el culto del santuario, y que su valor no dependía del puesto que les tocara, sino de la fidelidad con que lo desempeñaran. Nadie sobraba, nadie estaba de más. También hoy cada uno de nosotros tiene un lugar en la Iglesia, y la santidad consiste en ocuparlo con humildad y con amor.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si en tu comunidad, tu familia o tu trabajo hay tensiones por puestos, reconocimiento o protagonismo, da hoy un paso atrás con libertad interior. Confía a Dios tu lugar y ofrece tu servicio sin compararte con nadie. Y si te ha tocado una tarea que parece menor, desempeñála con esmero, sabiendo que para Dios no hay servicio pequeño. Dios no mide el valor de un servicio por su brillo exterior, sino por el amor con que se realiza.

Oración

Señor, tú que repartes tus dones como quieres, líbranos de la rivalidad y del afán de sobresalir. Danos humildad para aceptar el lugar que nos toca y fidelidad para servirte en él con todo el corazón. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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