I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 26

1 Estas son las clases de porteros: De los coreítas: Meselemías, hijo de Qoré, de los hijos de Ebyasaf.

2 Meselemías tuvo hijos: el primgénito, Zacarías; el segundo, Yediael; el tercero, Zebadías; el cuarto, Yatniel;

3 el quinto, Elam; el sexto, Yehojanán; el séptimo, Elyehoenay.

4 Hijos de Obededom: Semaías, el primogénito; Yehozabad, el segundo; Yoaj, el tercero; Sakar, el cuarto; Natanael, el quinto;

5 Amiel, el sexto; Isacar el séptimo; Peulletay, el octavo; pues Dios le había bendecido.

6 A su hijo Semaáis le nacieron hijos, que se impusieron en sus familias paternas, pues eran hombres valerosos.

7 Hijos de Semaáis: Otní, Rafael, Obed, Elzabad y sus hermanos, hombres valerosos, Elihú y Semakías.

8 Todos estos eran hijos de Obededom; ellos y sus hijos y sus hermanos eran hombres de gran valor para el servicio. 62 de Obededom.

9 Meselemías tuvo hijos y hermanos, dieciocho hombres valerosos.

10 Josá, de los hijos de Merarí, tuvo como hijos a Simrí, el primero, pues aunque no fue el primogénito, su padre le puso al frente;

11 Jilquías, el segundo; Tebalías, el tercero; Zacarías, el cuarto. El total de los hijos y hermanos de Josá fue de trece.

12 Estas secciones de los porteros, los jefes, igual que sus hermanos, tenían el cuidado del ministerio de la Casa de Yahveh.

13 Echaron suertes para cada puerta, sobre pequeños y grandes, con arreglo a sus casas paternas.

14 Para la puerta oriental cayó la suerte sobre Selemías. Después echaron suertes: tocó la parte norte a su hijo Zacarías, que era un prudente consejero.

15 A Obededom le tocó el sur, y a sus hijos los almacenes.

16 A Supplim y a Josá, el occidente, con la puerta del tronco abatido, en el camino de la subida, correspondiéndose un puesto de guardia con el otro.

17 Al oriente seis por día, al norte cuatro por día, al mediodía cuatro por día y en los almacenes de dos en dos;

18 en el Parbar, a occidente, había cuatro para la subida, dos para el Parbar.

19 Estas son las clases de los porteros, de entre los hijos de los coreítas y de los hijos de Merarí.

20 Los levitas, sus hermanos, custodiaban los tesoros de la Casa de Dios, y los tesoros de las cosas sagradas.

21 Los hijos de Ladán, hijos de Guersón por la línea de Ladán, tenían a los yejielitas por jefes de familia de Ladán el guersonita.

22 Los yejielitas, Zetam y su hermano Joel, estaban al frente de los tesoros de la Casa de Yahveh.

23 Cuanto a los amramíes, los yisharitas, los hebronitas y los ozzielitas:

24 Sebuel, hijo de Guersóm, hijo de Moisés, era tesorero mayor.

25 Sus hermanos por parte de Eliezer: Rejabías, hijo suyo; Isaías, hijo suyo; Joram, hijo suyo; Zikrí, hijo suyo; Selomit, hijo suyo.

26 Este Selomit y sus hermanos estaban al cuidado de los tesoros de las cosas sagradas que habían consagrado el rey David, los cabezas de las casas paternas, los jefes de millar y de cien y los jefes del éjercito.

27 Lo habían consagrado del botín de guerra y de los despojos, para el sostenimiento de la Casa de Yahveh.

28 Todo lo que habían consagrado el vidente Samuel, Saúl, hijo de Quis, Abner, hijo de Ner, y Joab, hijo de Sarvia: todo lo consagrado estaba al cuidado de Selomit y sus hermanos.

29 De los yisharitas: Kenanías y sus hijos administraban como escribas y jueces los negocios exteriores de Israel.

30 De los hebronitas: Jasabías y sus hermanos, hombres de valor, en número de 1.700, estaban encargados de la administración de Israel allende el Jordán, al occidente, para todos los asuntos referentes a Yahveh y al servicio del rey.

31 El jefe de los hebronitas era Yeriyías. Acerca de los hebronitas, en el año cuarenta del reinado de David, se hicieron investigaciones sobre sus genealogías paternas, y se hallaron entre ellos hombres de valía en Yazer de Galaad.

32 Los hermanos de Yeriyías, hombres valerosos, jefes de familias en número de 2.700, fueron constituidos por el rey David sobre los rubenitas, los gaditas y la media tribu de Manasés, en todos los asuntos de Dios y en todos los negocios del rey.

Reflexión del capítulo 26

El capítulo organiza a los porteros, es decir, a los guardianes de las puertas del santuario, y a quienes administraban las reservas del santuario. Los porteros se distribuían por turnos y custodiaban los accesos, mientras otros administraban las ofrendas, los utensilios sagrados y los dones consagrados. Son tareas discretas, casi invisibles, pero sin ellas el culto no podría funcionar. El autor sagrado menciona también a los hombres valerosos y a los jefes de familia que colaboraban en este servicio, y recuerda que algunos guardaban las puertas con la misma responsabilidad con que otros ofrecían sacrificios. Hay una lección preciosa en este capítulo: en la casa de Dios no hay tareas de segunda categoría. Abrir una puerta, contar lo que se recibe, cuidar que nada se pierda, son modos de servir al Señor con la misma dignidad que la oración pública. La comunidad creyente se sostiene sobre la fidelidad de muchísimas personas que trabajan en lo escondido, y a las que Dios ve y recompensa.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Agradece hoy a quienes hacen las tareas invisibles de tu parroquia: sacristanes, limpieza, administración, mantenimiento, contabilidad. Elige una de esas tareas y ofrécete para ayudar, aunque sea una vez. Y revisa si en tu vida descuidas lo pequeño por parecerte poco importante: Dios valora la fidelidad en lo escondido. Nada de lo que se hace por amor a Dios pasa desapercibido a sus ojos.

Oración

Señor, tú que ves lo que se hace en lo escondido, danos la alegría de servir en las tareas humildes. Enséñanos a cuidar tu casa y a valorar el trabajo callado de tantos hermanos que la sostienen cada día. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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