Jueces

Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos

Jue

Capítulo 10

1 Después de Abimélek surgió para salvar a Israel Tolá, hijo de Puá, hijo de Dodó. Era de Isacar y habitaba en Samir, en la montaña de Efraím.

2 Fue juez de Israel veintitrés años; murió y fue sepultado en Samir.

3 Tra él surgió Yaír, de Galaad, que fue juez de Israel veintidós años.

4 Tenía treinta hijos que montaban treinta pollinos y tenían treinta ciudades, que se llaman todavía hoy los Aduares de Yaír, en el país de Galaad.

5 Murió Yaír, y fue sepultado en Camón.

6 Los israelitas volvieron a hacer lo que desagradaba a Yahveh. Sirvieron a los Baales y a las Astartés, a los dioses de Aram y Sidón, a los dioses de Moab, a los de los ammonitas y de los filisteos. Abandonaron a Yahveh y ya no le servían.

7 Entonces se encendió la cólera de Yahveh contra Israel y los entregó en manos de los filisteos y en manos de los ammonitas.

8 Estos molestaron y oprimieron a los israelitas desde aquel año durante dieciocho años, a todos los israelitas que vivían en Transjordania, en el país amorreo de Galaad.

9 Los ammonitas pasaron el Jordán para atacar también a Judá, a Benjamín y a la casa de Efraím, e Israel pasó por grave aprieto.

10 Los israelitas clamaron a Yahveh diciendo: «Hemos pecado contra tí, porque hemos abandonado a Yahveh nuestro Dios para servir a los Baales.»

11 Y Yahveh dijo a los israelitas: «Cuando los egipcios, los amorreos, los ammonitas, los filisteos,

12 los sidonios, Amalec y Madián os oprimían y clamasteis a mí ¿no os salvé de sus manos?

13 Pero vosotros me habéis abandonado y habéis servido a otros dioses. Por eso no he de salvaros otra vez.

14 Id y gritad a los dioses que habéis elegido: que os salven ellos en el tiempo de vuestra angustia».

15 Los israelitas respondieron a Yahveh: «Hemos pecado, haz con nosotros todo lo que te plazca; pero, por favor, sálvanos hoy.»

16 Y retiraron de en medio de ellos a los dioses extranjeros y sirvieron a Yahveh. Y Yahveh no pudo soportar el sufrimiento de Israel.

17 Los ammonitas se concentraron y vinieron a acampar en Galaad. Los israelitas se reunieron y acamparon en Mispá.

18 Entonces el pueblo, los jefes de Galaad, se dijeron unos a otros: «¿Quién será el hombre que emprenda el ataque contra los hijos de Ammón? El estará al frente de todos los habitantes de Galaad.»

Reflexión del capítulo 10

El capítulo 10 tiene dos partes muy distintas. La primera es breve y sobria: dos jueces llamados «menores», Tolá y Yaír, que juzgan a Israel veintitrés y veintidós años. De Yaír se destaca un detalle doméstico: treinta hijos, treinta pollinos y treinta ciudades. Son años de cierta estabilidad, pero también de una paz que no se aprovecha para crecer en fidelidad.

La segunda parte es una de las páginas más duras del libro. Israel no solo sirve a los Baales: el texto enumera los dioses de Aram, Sidón, Moab, Ammón y los filisteos, es decir, todos los cultos de los pueblos vecinos. La respuesta de Dios es contundente: los entrega a los filisteos y a los ammonitas durante dieciocho años.

Y cuando el pueblo clama, Dios pronuncia unas palabras que estremecen: «Id y gritad a los dioses que habéis elegido; que os salven ellos». No es un rechazo definitivo, sino una pedagogía severa que obliga a mirar la verdad. La reacción del pueblo es la correcta: reconocen el pecado, aceptan el castigo y —esto es lo decisivo— «retiraron de en medio de ellos a los dioses extranjeros». Y entonces, dice el texto, Yahveh «no pudo soportar el sufrimiento de Israel». La conversión verdadera se mide en lo que se deja.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

La conversión que mueve a Dios no es un sentimiento, sino un desprendimiento concreto. Hoy elige un «dios extranjero» que retener: una adicción al teléfono, una relación que te aparta de la fe, un apego al dinero. Quítalo de tu vida de forma visible —borra esa aplicación, ajusta ese horario, da ese dinero—. No basta con lamentarse; el pueblo retiró los ídolos antes de que llegara la ayuda.

Oración

Señor, tú no soportas el sufrimiento de tu pueblo. Danos la valentía de retirar de nuestra vida los ídolos que hemos elegido, y de volver a ti no solo con palabras, sino con hechos. Ten piedad de nuestra miseria. Amén.

Acerca del libro de Jueces

El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».

Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.

Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.

Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.

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