Jueces

Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos

Jue

Capítulo 13

1 Los israelitas volvieron a hacer lo que desagradaba a Yahveh y Yahveh los entregó a merced de los filisteos durante cuarenta años.

2 Había un hombre en Sorá, de la tribu de Dan, llamado Manóaj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos.

3 El ángel de Yahveh se apareció a esta mujer y le dijo: «Bien sabes que eres estéril y que no has tenido hijos,

4 pero concebirás y darás a luz un hijo. En adelante guárdate de beber vino ni bebida fermentada y no comas nada impuro.

5 Porque vas a concebir y a dar a luz un hijo. No pasará la navaja por su cabeza, porque el niño será nazir de Dios desde el seno de su madre. El comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos.»

6 La mujer fue a decírselo a su marido: «Un hombre de Dios ha venido donde mí; su aspecto era como el del Angel de Dios, muy terrible. No le he preguntado de dónde venía ni él me ha manifestado su nombre.

7 Pero me ha dicho: "Vas a concebir y a dar a luz un hijo. En adelante no bebas vino ni bebida fermentada y no comas nada impuro, porque el niño será nazir de Dios desde el seno de su madre hasta el día de su muerte.»

8 Manóaj invocó a Yahveh y dijo: «Te ruego, Señor, que el hombre de Dios que has enviado venga otra vez donde nosotros y nos enseñe lo que hemos de hacer con el niño cuando nazca.»

9 Dios escuchó a Manóaj y el Angel de Dios vino otra vez donde la mujer cuando estaba sentada en el campo. Manóaj, su marido, no estaba con ella.

10 La mujer corrió enseguida a informar a su marido y le dijo: «Mira, se me ha aparecido el hombre que vino donde mí el otro día.»

11 Manóaj se levantó y, siguiendo a su mujer, llegó donde el hombre y le dijo: «¿Eres tú el que has hablado con esta mujer?» El respondió: «Yo soy.»

12 Le dijo Manóaj: «Cuando tu palabra se cumpla ¿cuál deberá ser la norma del niño y su conducta?»

13 El Angel de Yahveh repondió a Manóaj: «Deberá abstenerse él de todo lo que indiqué a esta mujer.

14 No probará nada de lo que procede de la viña, no beberá vino ni bebida fermentada, no comerá nada impuro y observará todo lo que yo le he mandado.»

15 Manóaj dijo entonces al Angel de Yahveh: «Permítenos retenerte y prepararte un cabrito.»

16 Pero el Angel de Yahveh dijo a Manóaj: «Aunque me obligues a quedarme no probaré tu comida. Pero si quieres preparar un holocausto, ofréceselo a Yahveh.» Porque Manóaj no sabía que era el Angel de Yahveh.

17 Manóaj dijo entonces al Angel de Yahveh: «¿Cuál es tu nombre para que, cuando se cumpla tu palabra, te podamos honrar?»

18 El Angel de Yahveh le respondió: «¿Por qué me preguntas el nombre, si es maravilloso?.»

19 Manóaj tomó el cabrito y la oblación y lo ofreció en holocausto, sobre la roca, a Yahveh, que obra maravillas. Manóaj y su mujer estaban mirando.

20 Cuando la llama subía del altar hacia el cielo, el Angel de Yahveh subía en la llama. Manóaj y su mujer lo estaban viendo y cayeron rostro en tierra.

21 Al desaparecer el Angel de Yahveh de la vista de Manóaj y su mujer, Manóaj se dio cuenta de que era el Angel de Yahveh.

22 Y dijo Manóaj a su mujer: «Seguro que vamos a morir, porque hemos visto a Dios.»

23 Su mujer le respondió: «Si Yahveh hubiera querido matarnos no habría aceptado de nuestra mano el holocausto ni la oblación, no nos habría mostrado todas estas cosas ni precisamente ahora nos habría hecho oír esto.»

24 La mujer dio a luz un hijo y le llamó Sansón. El niño creció y Yahveh le bendijo.

25 Y el espíritu de Yahveh comenzó a excitarle en el Campamento de Dan, entre Sorá y Estaol.

Reflexión del capítulo 13

El capítulo 13 abre el ciclo de Sansón, el último y más largo del libro, con un relato de anunciación que tiene ecos de las grandes vocaciones bíblicas. Israel lleva cuarenta años bajo los filisteos, la opresión más larga del libro. Y la liberación comienza en un lugar inesperado: la casa de Manóaj, en Sorá, y su mujer, que era estéril.

El Ángel de Yahveh se aparece a la mujer y le anuncia un hijo. El niño será nazir de Dios desde el seno materno: no pasará la navaja por su cabeza, y su madre deberá abstenerse de vino y de todo lo impuro. Es una consagración previa al nacimiento, gratuita, que no depende de ningún mérito. Y la misión se enuncia con precisión: «él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos».

Manóaj reacciona con una piedad conmovedora: pide a Dios que vuelva el hombre de Dios para que le enseñe «qué hemos de hacer con el niño». Quiere saber cómo educar al don recibido. Y cuando el Ángel sube en la llama del altar, el matrimonio cae rostro en tierra. Manóaj teme morir por haber visto a Dios; su mujer razona con fe: si Dios quisiera matarlos, no habría aceptado su ofrenda ni anunciado estas cosas. El niño nace, recibe el nombre de Sansón, y el Espíritu de Yahveh comienza a moverlo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

El capítulo presenta la vocación como un don que se recibe y se cuida. Hoy piensa en un don que Dios te ha dado —un talento, un hijo, una misión— y pregúntate cómo lo estás educando: ¿con reglas claras y paciencia, como pidió Manóaj, o dejándolo crecer sin acompañamiento? Dedica hoy un tiempo concreto a esa tarea: una conversación, un rato de formación, una oración por quien te ha sido confiado.

Oración

Señor, tú eliges y consagras desde antes del nacimiento. Danos la docilidad de Manóaj y la fe de su mujer, para acoger tus dones y educarlos según tu voluntad. Haz que los frutos de tu gracia maduren en nosotros. Amén.

Acerca del libro de Jueces

El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».

Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.

Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.

Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.

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