Jueces
Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos
Capítulo 14
1 Sansón bajó a Timná y se fijó en Timná en una mujer entre las hijas de los filisteos.
2 Subió y se lo dijo a su padre y a su madre: «He visto en Timná una mujer de entre las hijas de los filisteos: tomádmela para esposa.»
3 Su padre y su madre le dijeron: «¿No hay ninguna mujer entre las hijas de tus hermanos y en todo mi pueblo, para que vayas a tomar mujer entre esos filisteos incircuncisos?» Pero Sansón respondió a su padre: «Toma a ésa para mí, porque esa es la que me gusta.»
4 Su padre y su madre no sabían que esto venía de Yahveh, que buscaba un pretexto contra los filisteos, pues por aquel tiempo los filisteos dominaban a Israel.
5 Sansón bajó a Timná y al llegar a las viñas de Timná, vio un leoncillo que venía rugiendo a su encuentro.
6 El espíritu de Yahveh le invadió, y sin tener nada en la mano, Sansón despedazó al león como se despedaza un cabrito; pero no contó ni a su padre ni a su madre lo que había hecho.
7 Bajó y habló con la mujer, la cual le agradó.
8 Algún tiempo después, volvió Sansón para casarse con ella. Dio un rodeo para ver el cadáver del león y he aquí que en el cuerpo del león había un enjambre de abejas con miel.
9 La recogió en su mano y según caminaba la iba comiendo. Cuando llegó donde su padre y su madre les dio miel y comieron, pero no les dijo que la había cogido del cadáver del león.
10 Su padre bajó donde la mujer y Sansón hizo allí un banquete, pues así suelen hacer los jóvenes.
11 Pero, al verle, eligieron treinta compañeros para que estuvieran con él.
12 Sansón les dijo: «Os voy a proponer una adivinanza. Si me dais la solución dentro de los siete días de la fiesta y acertáis, os daré treinta túnicas y treinta mudas.
13 Pero si no podéis darme la solución, entonces me daréis vosotros treinta túnicas y treinta mudas.» Ellos le dijeron: «Propón tu adivinanza, que te escuchamos.»
14 El les dijo: «Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura.» A los tres días aún no habían acertado la adivinanza.
15 Al cuarto día dijeron a la mujer de Sansón: «Convence a tu marido para que nos explique la adivinanza. Si no, te quemaremos a ti y a la casa de tu padre. ¿O es que nos habéis invitado para robarnos?»
16 La mujer de Sansón se puso a llorar sobre él, y dijo: «Tú me odias y no me amas. Has propuesto una adivinanza a los hijos de mi pueblo y a mí no me la has explicado.» El le respondió: «Ni a mi padre ni a mi madre se la he explicado ¿y te la voy a explicar a ti?»
17 Ella estuvo llorando encima de él los siete días que duró la fiesta. Por fin el séptimo día se la explicó, porque lo tenía asediado y ella explicó la adivinanza a los hijos de su pueblo.
18 El séptimo día, antes que entrara en la alcoba, la gente de la ciudad dijo a Sansón: «¿Qué hay más dulce que la miel, y qué más fuerte que el león?» El les repondió: «Si no hubierais arado con mi novilla, no habríais acertado mi adivinanza.»
19 Luego el espíritu de Yahveh le invadió, bajó a Ascalón y mató allí a treinta hombres, tomó sus despojos y entregó las mudas a los acertantes de la adivinanza; luego, encendido en cólera, subió a la casa de su padre.
20 La mujer de Sansón pasó a ser de un compañero suyo, el que había sido su amigo de confianza.
Reflexión del capítulo 14
El capítulo 14 introduce a Sansón en acción, y lo hace mostrando a la vez su fuerza y su desmesura. Baja a Timná y se encapricha de una mujer filistea. Sus padres protestan —«¿no hay ninguna mujer entre las hijas de tus hermanos?»—, pero él insiste: «esa es la que me gusta». El narrador añade una clave que cambia la lectura: esto venía de Yahveh, que buscaba un pretexto contra los filisteos. Dios escribe recto con líneas torcidas.
De camino a Timná, un leoncillo le sale al encuentro y Sansón lo despedaza a manos limpias, porque el Espíritu de Yahveh le invade. Días después encuentra en el cadáver del león un enjambre de abejas con miel, y de ahí nace su adivinanza: «Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura». Es una imagen que resume su propia vida: de la fuerza bruta puede salir algo dulce, si Dios lo quiere.
Pero el episodio revela también su debilidad. Su esposa, presionada con amenazas, le arranca la respuesta llorando siete días. Sansón cede, y luego descarga su cólera matando a treinta hombres de Ascalón para pagar la apuesta. El hombre que no sabe guardar un secreto ni dominar su ira termina el capítulo enfurecido y con la esposa entregada a otro.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Sansón tenía un don extraordinario y un gobierno propio muy pobre. Hoy examina tu templanza: ¿sabes esperar, callar y dominar tu enojo, o cedes ante la primera presión? Elige una situación concreta de esta semana en la que suelas estallar o ceder, y proponte responder con serenidad. Y si tienes un don que te distingue, ponlo al servicio, no al capricho.
Oración
Señor, tú que diste fuerza a Sansón, danos también el dominio de nosotros mismos. Que nuestros dones no se pierdan por falta de templanza, y que sepamos usar tu gracia para el bien de los demás y no para nuestro capricho. Amén.
Acerca del libro de Jueces
El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».
Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.
Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.
Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.
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