Jueces

Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos

Jue

Capítulo 4

1 Cuando murió Ehúd los israelitas volvieron a hacer lo que desagradaba a Yahveh,

2 y Yahveh los dejó a merced de Yabín, rey de Canaán, que reinaba en Jasor. El jefe de su ejército era Sísara, que habitaba en Jaróset Haggoyim.

3 Entonces los israelitas clamaron a Yahveh. Porque Yabín tenía novecientos carros de hierro y había oprimido duramente a los israelitas durante veinte años.

4 En aquel tiempo, Débora, una profetisa, mujer de Lappidot, era juez en Israel.

5 Se sentaba bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraím; y los israelitas subían donde ella en busca de justicia.

6 Esta mandó llamar a Baraq, hijo de Abinoam, de Quédes de Neftalí, y le dijo: «¿Acaso no te ordena esto Yahveh, Dios de Israel: "Vete, y en el monte Tabor recluta y toma contigo 10.000 hombres de los hijos de Neftalí y de los hijos de Zabulón.

7 Yo atraeré hacia ti al torrente Quison a Sísara,jefe del ejército de Yabín, con sus carros y sus tropas, y los pondré en tus manos"?»

8 Baraq le respondió: «Si vienes tú conmigo, voy. Pero si no vienes conmigo, no voy, porque no sé en qué día me dará la victoria el Angel de Yahveh.»

9 «Iré contigo - dijo ella - sólo que entonces no será tuya la gloria del camino que emprendes, porque Yahveh entregará a Sísara en manos de una mujer.» Débora se levantó y marchó con Baraq a Quédes.

10 Y Baraq convocó en Quédes a Zabulón y Neftalí. Subieron tras él 10.000 hombres y Débora subió con el.

11 Jéber el quenita, se había separado de la tribu de Caín y del clan de los hijos de Jobab, el suegro de Moisés; había plantado su tienda cerca de la Encina de Saanannim, cerca de Quédes.

12 Le comunicaron a Sísara que Baraq, hijo de Abinoam, había subido al monte Tabor.

13 Reunió Sísara todos sus carros, y todas las tropas que tenía y las llevó de Jaróset Haggoyim al Torrente de Quisón.

14 Débora dijo a Baraq: «Levántate, porque este es el día en que Yahveh ha entregado a Sísara en tus manos. ¿No es cierto que Yahveh marcha delante de ti?» Baraq bajó del monte Tabor seguido de los 10.000 hombres.

15 Yahveh sembró el panico en Sísara, en todos sus carros y en todo su ejército ante Baraq. Sísara bajó de su carro y huyó a pie.

16 Baraq persiguió a los carros y al ejército hasta Jaróset Haggoyim. Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada: no quedó ni uno.

17 Pero Sísara huyó a pie hacia la tienda de Yael, mujer de Jéber el quenita, porque reinaba la paz entre Yabín, rey de Jasor, y la casa de Jéber el quenita.

18 Yael salió al encuentro de Sísara y le dijo: «Entra, señor mío, entra en mi casa. No temas.» Y entró en su tienda y ella lo tapó con un cobertor.

19 El le dijo: «Por favor, dame de beber un poco de agua, porque tengo sed.» Ella abrió el odre de la leche, le dio de beber y lo volvió a tapar.

20 El le dijo; «Estáte a la entrada de la tienda y si alguno viene, te pregunta y te dice: "¿Hay alguien aquí?, respóndele que no.»

21 Pero Yael, mujer de Jéber, cogió una clavija de la tienda, tomó el martillo en su mano, se le acercó callando y le hincó la clavija en la sien hasta clavarla en tierra. El estaba profundamente dormido, agotado de cansancio; y murió.

22 Cuando llegó Baraq persiguiendo a Sísara, Yael salió a su encuentro y le dijo: «Ven, que te voy a mostrar al hombre que buscas.» Entró donde ella, y Sísara yacía muerto con la clavija en la sien.

23 Así humilló Dios aquel día a Yabín, rey de Canaán, ante los israelitas.

24 La mano de los israelitas fue haciéndose cada vez más pesada sobre Yabín, rey de Canaán, hasta que acabaron con Yabín, rey de Canaán.

Reflexión del capítulo 4

El capítulo 4 gira en torno a dos mujeres, y eso es notable en el contexto de una sociedad patriarcal. Débora es profetisa y juez: se sentaba bajo una palmera, entre Ramá y Betel, y los israelitas subían a ella en busca de justicia. Su autoridad no procede de un cargo militar, sino de la palabra de Dios que pronuncia.

El enemigo es temible: Yabín, rey de Canaán, con Sísara al frente de novecientos carros de hierro, que oprimían a Israel desde hacía veinte años. Débora llama a Baraq y le transmite la orden de Dios: reunir diez mil hombres en el monte Tabor. Baraq responde con una condición que revela su inseguridad: «Si vienes tú conmigo, voy». Y ella acepta, anunciándole al mismo tiempo que la gloria no será suya, porque Yahveh entregará a Sísara en manos de una mujer.

La batalla se decide de un modo que no se explica por la táctica: Yahveh siembra el pánico y los carros quedan inútiles. Sísara huye a pie y busca refugio en la tienda de Yael, que lo acoge, le da leche y, cuando se duerme, acaba con él. La victoria es de Dios, y sus instrumentos son una profetisa y una mujer extranjera. Israel acaba imponiéndose sobre Yabín hasta destruirlo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Débora nos enseña a no medir la propia autoridad por el cargo, sino por la fidelidad a la palabra de Dios. Si tienes responsabilidad sobre otros —en casa, en el trabajo, en la parroquia— ejércela hoy como ella: escuchando, discerniendo y animando. Y si eres como Baraq y necesitas compañía para atreverte, pídela sin vergüenza: la valentía también se recibe.

Oración

Señor, tú que suscitaste a Débora para juzgar a tu pueblo, danos mujeres y hombres valientes que escuchen tu palabra. Quita nuestro miedo, danos compañeros de camino y enséñanos a atribuirte a ti la victoria. Amén.

Acerca del libro de Jueces

El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».

Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.

Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.

Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.

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