Jueces
Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos
Capítulo 17
1 Había en la montaña de Efraím un hombre llamado Miqueas.
2 Dijo a su madre: «Los 1.100 siclos de plata que te quitaron y por los que lanzaste una maldición, incluso oí que dijiste... esa plata la tengo yo; yo la robé.» Su madre respondió: «Que mi hijo sea bendito de Yahveh».
3 Y él le devolvió los 1.100 siclos de plata. Y su madre dijo: «Yo consagré solemne y espontáneamente, por mi hijo, esta plata a Yahveh, para hacer con ella una imagen y un ídolo de fundición, pero ahora te la devuelvo.» Y él devolvió la plata a su madre.
4 Su madre tomó doscientos siclos de plata y los entregó al fundidor. Este le hizo una imagen (y un ídolo de metal fundido) que quedó en casa de Miqueas.
5 Este hombre, Miká, tenía una Casa de Dios; hizo un efod y unos terafim e invistió a uno de sus hijos que vino a ser su sacerdote.
6 En aquel tiempo no había rey en Israel y hacía cada uno lo que le parecía bien.
7 Había un joven de Belén de Judá, de la familia de Judá, que era levita y residía allí como forastero.
8 Este hombre dejó la ciudad de Belén de Judá para ir a residir donde pudiera. Haciendo su camino llegó a la montaña de Efraím, a la casa de Miká.
9 Miká le preguntó: «¿De dónde vienes?» Le respondió: «Soy un levita de Belén de Judá. Vengo de paso para residir donde pueda.»
10 Miká le dijo: «Quédate en mi casa, y serás para mí un padre y un sacerdote; yo te daré diez siclos de plata al año, el vestido y la comida.»
11 El levita accedió a quedarse en casa de aquel hombre y el joven fue para él como uno de sus hijos.
12 Miká invistió al levita; el joven fue su sacerdote y se quedó en casa de Miká.
13 Y dijo Miká: «Ahora sé que Yahveh me favorecerá, porque tengo a este levita como sacerdote.»
Reflexión del capítulo 17
El capítulo 17 abre el epílogo del libro, y lo hace con una frase que es su diagnóstico: «En aquel tiempo no había rey en Israel y hacía cada uno lo que le parecía bien». Ya no hay enemigos externos ni jueces; lo que hay es desorden religioso, y el texto lo presenta sin disimulo.
Miqueas, un hombre de la montaña de Efraím, confiesa a su madre que le había robado mil cien siclos de plata. Ella, en lugar de reprenderlo, lo bendice, y consagra parte de la plata a hacer «una imagen y un ídolo de fundición». Es decir, comete el pecado que el Deuteronomio prohíbe expresamente, y lo hace con intención piadosa. Después Miqueas instala en su casa un santuario privado, se fabrica un efod y unos terafim, y consagra a uno de sus hijos como sacerdote.
El colmo llega con el levita de Belén que pasa por allí buscando dónde vivir. Miqueas le ofrece diez siclos al año, vestido y comida, y lo convierte en su sacerdote doméstico. Y su conclusión es de una ingenuidad trágica: «Ahora sé que Yahveh me favorecerá, porque tengo a este levita como sacerdote». Cree haber comprado la bendición de Dios. La religión se ha vuelto un asunto privado, fabricado a la medida del propio gusto.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
El capítulo describe una fe hecha a la medida del propio gusto. Hoy pregúntate si estás eligiendo lo que te resulta cómodo en lugar de lo que Dios pide: ir a misa cuando apetece, rezar solo cuando hay necesidad, escoger de la doctrina lo que encaja con tu vida. Elige un punto concreto en el que has adaptado la fe a ti —y no tú a ella— y somételo a la enseñanza de la Iglesia.
Oración
Señor, líbranos de fabricarte a nuestra medida y de creer que te compramos con gestos externos. Danos hambre de tu verdad y humildad para aceptar lo que no elegiríamos. Que no hagamos cada uno lo que nos parece bien. Amén.
Acerca del libro de Jueces
El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».
Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.
Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.
Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.
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