Jueces
Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos
Capítulo 15
1 Algún tiempo después, por los días de la siega del trigo, fue Sansón a visitar a su mujer llevando un cabrito y dijo: «Quiero llegarme a mi mujer, en la alcoba.» Pero el padre de ella no le dejó entrar.
2 y le dijo: «Yo pensé que ya no la querías y se la di a tu compañero. ¿No vale más su hermana menor? Sea tuya en lugar de la otra.»
3 Sansón les replicó: «Esta vez no tengo culpa con los con los filisteos si les hago daño.»
4 Se fue Sansón, y cazó trescientas zorras; cogió unas teas y, juntando a los animales cola con cola, puso una tea en medio entre las dos colas.
5 Prendió fuego a las teas y luego, soltando las zorras por las mieses de los filisteos, incendió las gavillas y el trigo todavía en pie y hasta las viñas y olivares.
6 Los filisteos preguntaron: «¿Quién ha hecho esto?» Y les respondieron: «Sansón, el yerno del timnita, porque éste tomó a su mujer y se la dio a su compañero.» Entonces los filisteos subieron y quemaron a aquella mujer y la casa de su padre.
7 Sansón les dijo: «Ya que os portáis así no he de parar hasta vengarme de vosotros.»
8 Y les midió las costillas causándoles un gran estrago. Después bajó a la gruta de la roca de Etam y se quedó allí.
9 Los filisteos subieron a acampar en Judá e hicieron una incursión por Lejí.
10 Y les dijeron los hombres de Judá: «¿Por qué habéis subido contra nosotros?» Respondieron: «Hemos subido para amarrar a Sansón, para hacer con él lo que él ha hecho con nosotros.»
11 3.000 hombres de Judá bajaron a la gruta de la roca de Etam y dijeron a Sansón: «¿No sabes que los filisteos nos están dominando? ¿Qué nos has hecho?» El les repondió: «Como me trataron a mí, les he tratado yo a ellos.»
12 Ellos le dijeron: «Hemos bajado para amarrarte y entregarte en manos de los filisteos.» Sansón les dijo: «Juradme que no me vais a matar vosotros mismos.»
13 Le respondieron: «No; sólo queremos amarrarte y entregarte, no te mataremos.» Lo amarraron, pues, con dos cordeles nuevos y lo sacaron de entre las rocas.
14 Cuando llegaba a Lejí y los filisteos corrían a su encuentro, con gritos de triunfo, el espíritu de Yahveh vino sobre él: los cordeles que sujetaban sus brazos fueron como hilos de lino que se queman al fuego y las ligaduras se deshicieron entre sus manos.
15 Encontró una quijada de asno todavía fresca, alargó la mano, la cogió y mató con ella a mil hombres.
16 Sansón dijo entonces: «Con quijada de asno los amontoné. Con quijada de asno, a mil hombres sacudí.»
17 Cuando terminó de hablar, tiró la quijada: por eso se llamó aquel lugar Ramat Lejí.
18 Entonces sintió una sed terrible e invocó a Yahveh diciendo: «Tú has logrado esta gran victoria por mano de tu siervo y ahora ¿voy a morir de sed y a caer en manos de los incircuncisos?»
19 Entonces Dios hendió la cavidad que hay en Lejí y brotó agua de ella. Sansón bebió, recobró su espíritu y se reanimó. Por eso se dio el nombre de En Haccoré a la fuente que existe todavía hoy en Lejí.
20 Sansón fue juez en Israel en la época de los filisteos por espacio de veinte años.
Reflexión del capítulo 15
El capítulo 15 muestra a Sansón como un hombre movido por la venganza personal, aunque Dios se sirva de ello para liberar a su pueblo. La historia comienza con un agravio doméstico: al ir a visitar a su esposa, el padre de ella le niega la entrada y le ofrece a la hermana menor, porque la había dado a otro. Sansón reacciona con una crueldad calculada: caza trescientas zorras, les ata teas encendidas entre las colas y quema las mieses, las viñas y los olivares de los filisteos.
La espiral de violencia no se detiene. Los filisteos, para vengarse, queman a la mujer y a su padre; Sansón los castiga «causándoles un gran estrago»; y los hombres de Judá, que ya no soportan las represalias, bajan a tres mil hombres para entregarlo atado. Es un retrato descarnado de un ciclo de odio en el que cada uno responde con el doble de daño.
Y en medio de ese caos aparece la misericordia de Dios. Cuando Sansón, atado, ve llegar a los filisteos con gritos de triunfo, el Espíritu de Yahveh viene sobre él, los cordeles se deshacen y vence con una quijada de asno. Pero después, sediento y agotado, invoca a Yahveh, y Dios hace brotar agua de la roca. El mismo hombre violento reza con la sencillez de un niño: «¿voy a morir de sed?». Y Dios lo escucha.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
El capítulo es una radiografía de la venganza: cada represalia engendra otra mayor. Hoy identifica una espiral de ese tipo en tu vida —con un vecino, un compañero de trabajo, un familiar— y decídete a romperla tú, aunque tengas razón. No respondas al mensaje hiriente, no devuelvas el desplante. Y cuando te sientas agotado, haz como Sansón: pide ayuda a Dios en voz alta.
Oración
Señor, tú escuchas incluso la sed del violento. Líbranos de la espiral de la venganza y danos la fuerza de romperla. Cuando estemos agotados, haz brotar tu consuelo, y enséñanos a invocarte con confianza. Amén.
Acerca del libro de Jueces
El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».
Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.
Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.
Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.
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