Jueces

Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos

Jue

Capítulo 21

1 Los hombres de Israel habían jurado en Mispá: «Ninguno de nosotros dará su hija en matrimonio a Benjamín.»

2 El pueblo fue a Betel y allí permaneció delante de Dios hasta la tarde clamando y llorando con grandes gemidos.

3 Decían: «Yahveh, Dios de Israel, ¿por qué ha de suceder esto en Israel, que desaparezca hoy de Israel una de sus tribus?»

4 Al día siguiente el pueblo se levantó de madrugada, construyó allí un altar, y ofreció holocaustos y sacrificios de comunión.

5 Dijeron los israelitas: «¿Quién de entre todas las tribus de Israel no acudió a la asamblea ante Yahveh?» Porque se había jurado solemnemente que el que no subiera a Mispá ante Yahveh tenía que morir.

6 Los israelitas estaban apenados por su hermano Benjamín y decían: «Hoy ha sido arrancada una tribu de Israel.

7 ¿Qué haremos para proporcionar mujeres a los que quedan? Pues nosotros hemos jurado por Yahveh no darles nuestras hijas en matrimonio.»

8 Entonces se dijeron: «¿Cuál es la única tribu de Israel que no subió ante Yahveh a Mispá?» Y vieron que nadie de Yabés de Galaad había ido al campamento, a la asamblea.

9 Hicieron el censo del pueblo y no había ninguno de los habitantes de Yabés de Galaad.

10 Entonces la comunidad mandó allá 12.000 hombres de los valientes y les dio esta orden: «Id y pasad a cuchillo a los habitantes de Yabés de Galaad, incluidos las mujeres y los niños.

11 Esto es lo que habéis de hacer: Consagraréis al anatema a todo varón y a toda mujer que haya conocido varón, pero dejaréis con vida a las doncellas.» Así lo hicieron.

12 Entre los habitantes de Yabés de Galaad encontraron cuatrocientas muchachas vírgenes que no habían conocido varón y las llevaron al campamento (de Silo, que está en el país de Canaán).

13 Toda la comunidad mandó emisarios a los benjaminitas que estaban en la Peña de Rimmón para hacer las paces.

14 Volvió entonces Benjamín. Les dieron las mujeres de Yabés de Galaad que habían quedado con vida, pero no hubo suficientes para todos.

15 El pueblo se compadeció de Benjamín, pues Yahveh había abierto una brecha entre las tribus de Israel.

16 Decían los ancianos de la comunidad: «¿Qué podemos hacer para proporcionar mujeres a los que quedan, pues las mujeres de Benjamín han sido exterminadas?»

17 Y añadían: «¿Cómo conservar un resto a Benjamín para que no sea borrada una tribu de Israel?

18 Porque nosotros no podemos darles nuestras hijas en matrimonio.» Es que los israelitas habían pronunciado este juramento: «Maldito sea el que dé mujer a Benjamín.»

19 Pero se dijeron: «Es ahora la fiesta de Yahveh, la que se celebra todos los años en Silo.» (La ciudad está al norte de Betel, al oriente de la calzada que sube de Betel a Siquem y al sur de Leboná.)

20 Dieron esta orden a los benjaminitas: «Id a poner una emboscada entre las viñas.

21 Estaréis alerta, y cuando las muchachas de Silo salgan para danzar en corro, saldréis de las viñas y raptaréis cada uno una mujer de entre las muchachas de Silo y os iréis a la tierra de Benjamín.

22 Si sus padres o sus hermanos vienen a querellarse contra vosotros, les diremos: "Hacednos el favor de perdonarles, pues no hemos podido tomar cada uno una mujer en el combate; porque no sois vosotros los que se las habéis dado, porque entonces seríais culpables.»

23 Así lo hicieron los benjaminitas y se llevaron tantas mujeres cuantos eran ellos de entre las danzarinas que raptaron; luego se fueron, volvieron a su heredad, reedificaron las ciudades y se establecieron en ellas.

24 Los israelitas se marcharon entonces de allí cada uno a su tribu y a su clan y partieron de allí cada uno a su heredad.

25 Por aquel tiempo no había rey en Israel y cada uno hacía lo que le parecía bien.

Reflexión del capítulo 21

El capítulo 21 cierra el libro con un retrato del desorden llevado hasta el absurdo. Israel ha ganado la guerra, pero ahora se lamenta: «¿por qué ha de suceder esto en Israel, que desaparezca hoy una de sus tribus?». Y el problema que se plantean es terrible, porque lo han creado ellos mismos: juraron en Mispá no dar sus hijas a Benjamín, y ahora no hay mujeres para los seiscientos supervivientes.

La solución que encuentran es una cadena de nuevas violencias. Primero atacan a Yabés de Galaad, que no había acudido a la asamblea, y toman cuatrocientas doncellas. Como no bastan, recurren a un ardid: autorizan a los benjaminitas a raptar a las muchachas de Silo durante la fiesta, y se ofrecen a calmar después a los padres con una excusa legal. La última frase del capítulo es su propia sentencia: «no había rey en Israel y cada uno hacía lo que le parecía bien».

El libro termina así, sin solución, deliberadamente. No es un final feliz, sino una pregunta abierta. El autor quiere que el lector saque la conclusión: un pueblo sin referencia a Dios, por muy religioso que se crea, acaba fabricando sus propias normas y destruyéndose con ellas. Los Jueces son, leídos desde la fe, una pedagogía del deseo de un rey justo, que la tradición cristiana reconocerá en Cristo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

El capítulo muestra adónde lleva resolver los problemas sin Dios: a más violencia, aunque se disfrace de solución. Hoy, ante una dificultad que te preocupa, resiste la tentación de arreglarla con un atajo injusto. Reza primero, busca consejo en alguien con experiencia de fe, y elige el camino que no dañe a nadie. Y examina si en tu vida «haces lo que te parece bien» o buscas la voluntad de Dios.

Oración

Señor, tú eres el rey que da sentido a nuestra historia. Líbranos de decidir solo según nuestro parecer y de resolver el mal con más mal. Danos el deseo de un corazón recto y la humildad de buscar tu voluntad en todo. Amén.

Acerca del libro de Jueces

El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».

Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.

Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.

Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.

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