Jueces

Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos

Jue

Capítulo 2

1 El Angel de Yahveh subió de Guilgal a Betel y dijo: «Yo os hice subir de Egipto y os introduje en la tierra que había prometido con juramento a vuestros padres. Yo dije: "No romperé jamás mi alianza con vosotros.

2 Pero vosotros no pactaréis con los habitantes de este país; sino que destruiréis sus altares." Pero no habéis escuchado mi voz. ¿Por qué habéis hecho esto?

3 Por eso os digo: No los arrojaré delante de vosotros; serán vuestros opresores y sus dioses una trampa para vosotros.»

4 Así que el Angel de Yahveh dijo estas palabras a todos los israelitas, el pueblo se puso a llorar a gritos.

5 Llamaron a aquel lugar Bokim, y ofrecieron allí sacrificios a Yahveh.

6 Josué despidió al pueblo, y los israelitas se volvieron cada uno a su heredad para ocupar la tierra.

7 El pueblo sirvió a Yahveh en vida de Josué y de los ancianos que le sobrevivieron y que habían sido testigos de todas las grandes hazañas que Yahveh había hecho a favor de Israel.

8 Josué, hijo de Nun, siervo de Yahveh, murió a la edad de 110 años.

9 Le enterraron en el término de su heredad, en Timnat Jeres, en la montaña de Efraím, al norte del monte Gaás.

10 También aquella generación fue a reunirse con sus padres y les sucedió otra generación que no conocía a Yahveh ni lo que había hecho por Israel.

11 Entonces los hijos de Israel hicieron lo que desagradaba a Yahveh y sirvieron a los Baales.

12 Abandonaron a Yahveh, el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y siguieron a otros dioses de los pueblos de alrededor; se postraron ante ellos, irritaron a Yahveh;

13 dejaron a Yahveh y sirvieron a Baal y a las Astartés.

14 Entonces se encendió la ira de Yahveh contra Israel. Los puso en manos de salteadores que los despojaron, los dejó vendidos en manos de los enemigos de alrededor y no pudieron ya sostenerse ante sus enemigos.

15 En todas sus campañas la mano de Yahveh intervenía contra ellos para hacerles daño, como Yahveh se lo tenía dicho y jurado. Los puso así en gran aprieto.

16 Entonces Yahveh suscitó jueces que los salvaron de la mano de los que los saqueaban.

17 Pero tampoco a sus jueces los escuchaban. Se prostituyeron siguiendo a otros dioses, y se postraron ante ellos. Se desviaron muy pronto del camino que habían seguido sus padres, que atendían a los mandamientos de Yahveh; no los imitaron.

18 Cuando Yahveh les suscitaba jueces, Yahveh estaba con el juez y los salvaba de la mano de sus enemigos mientras vivía el juez, porque Yahveh se conmovía de los gemidos que proferían ante los que los maltrataban y oprimían.

19 Pero cuando moría el juez, volvían a corromperse más todavía que sus padres, yéndose tras de otros dioses, sirviéndoles y postrándose ante ellos, sin renunciar en nada a las prácticas y a la conducta obstinada de sus padres.

20 Se encendió la ira de Yahveh contra el pueblo de Israel y dijo: «Ya que este pueblo ha quebrantado la alianza que prescribí a sus padres y no ha escuchado mi voz,

21 tampoco yo arrojaré en adelante de su presencia a ninguno de los pueblos que dejó Josué cuando murió.»

22 Era para probar con ellos a Israel, a ver si seguían o no los caminos de Yahveh, como los habían seguido sus padres.

23 Yahveh dejó en paz a estos pueblos, en vez de expulsarlos enseguida, y no los puso en manos de Josué.

Reflexión del capítulo 2

El capítulo 2 es la clave teológica de todo el libro. Se abre con la subida del Ángel de Yahveh desde Guilgal a Betel y con un reproche que resume la situación: Dios había mandado no pactar con los habitantes del país ni dejar en pie sus altares, y el pueblo no escuchó. La consecuencia es severa: esos pueblos serán «vuestros opresores y sus dioses una trampa». El pueblo llora, y el lugar recibe el nombre de Bokim, que significa «los que lloran».

Después, el autor retrocede para explicar el marco. Mientras vivió Josué y la generación que había visto las grandes hazañas de Dios, Israel sirvió a Yahveh. Pero «les sucedió otra generación que no conocía a Yahveh ni lo que había hecho por Israel». Es la advertencia más grave del capítulo: la fe no se hereda automáticamente; se transmite con la memoria.

Y entonces aparece el famoso ciclo, formulado con una claridad casi esquemática: el pueblo sirve a los Baales; se enciende la ira de Dios y cae en manos de opresores; clama; Dios suscita un juez que lo salva; el juez muere y la corrupción vuelve, peor que antes. Pero el ciclo tiene un centro luminoso: «Yahveh se conmovía de los gemidos que proferían». La misericordia de Dios precede siempre al arrepentimiento.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Transmite hoy la memoria de Dios a alguien más joven: cuenta a un hijo, a un sobrino o a un ahijado algo concreto que Dios ha hecho en tu vida o en tu familia. El capítulo avisa de que las generaciones se pierden cuando nadie les cuenta las hazañas del Señor. Y si tú mismo has olvidado, dedica un rato a repasar tu historia con gratitud.

Oración

Padre, no permitas que se levante en nosotros una generación que no te conozca. Danos memoria agradecida y la valentía de contar tus maravillas a los que vienen detrás. Que tu misericordia nos alcance cuando clamemos. Amén.

Acerca del libro de Jueces

El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».

Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.

Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.

Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.

Compartir

Enlace copiado