Jueces

Antiguo Testamento | 21 capítulos | 618 versículos

Jue

Capítulo 12

1 Los hombres de Efraím se juntaron, pasaron el Jordán en dirección a Safón y dijeron a Jefté: «Por qué has ido a atacar a los ammonitas y no nos has invitado a marchar contigo? Vamos a prender fuego a tu casa contigo dentro.»

2 Jefté les respondió: «Teníamos un gran conflicto mi pueblo y yo con los ammonitas; os pedí ayuda y no me librasteis de sus manos.

3 Cuando vi que nadie venía a ayudarme, arriesgué la vida, marché contra los ammonitas y Yahveh los entregó en mis manos. ¿Por qué, pues, habéis subido hoy contra mí para hacerme la guerra?»

4 Entonces Jefté reunió a todos los hombres de Galaad y atacó a Efraím, los de Galaad derrotaron a los de Efraím, porque éstos decían: «vosotros los galaaditas sois fugitivos de Efraím, en medio de Efraím, en medio de Manasés.»

5 Galaad cortó a Efraím los vados del Jordán y cuando los fugitivos de Efraím decían: «Dejadme pasar», los hombres de Galaad preguntaban: «¿Eres efraimita?» Y si repondía: «No»,

6 le añadían: «Pues di Sibbólet». Pero él decía: «Sibbólet» porque no podía pronunciarlo así. Entonces le echaban mano y lo degollaban junto a los vados del Jordán. Perecieron en aquella ocasión 42.000 hombres de Efraím.

7 Jefté juzgó a Israel seis años; luego Jefté el galaadita murió y fue sepultado en su ciudad, Mispá de Galaad.

8 Después de él fue juez en Israel Ibsán de Belén.

9 Tenía treinta hijos y treinta hijas. A éstas las casó fuera y de fuera trajo treinta mujeres para sus hijos. Fue juez en Israel siete años.

10 Y murió Ibsán y fue sepultado en Belén.

11 Después de él fue juez en Israel Elón de Zabulón. Juzgó a Israel diez años.

12 Y murió Elón de Zabulón y fue sepultado en Ayyalón, en tierra de Zabulón.

13 Después de él fue juez en Israel Abdón, hijo de Hillel, de Piratón.

14 Tenía cuarenta hijos y treinta nietos, que montaban setenta pollinos. Juzgó a Israel ocho años.

15 Y murió Abdón, hijo de Hillel de Piratón, y fue sepultado en Piratón, en tierra de Efraím, en la montaña de los amalecitas.

Reflexión del capítulo 12

El capítulo 12 comienza con una guerra civil, y el motivo es la herida más recurrente del libro: el orgullo tribal. Los hombres de Efraím reprochan a Jefté no haberlos llamado, y esta vez no se contentan con discutir: amenazan con quemar su casa. A diferencia de Gedeón, que cedió, Jefté responde con dureza y recuerda la verdad: los llamó y no vinieron.

La consecuencia es trágica. Los galaaditas derrotan a Efraím y ocupan los vados del Jordán. Y entonces ocurre el episodio que ha dado una palabra al lenguaje universal: para identificar al fugitivo le piden pronunciar «Sibbólet», y quien decía «Sibbólet» delataba su origen. Cuarenta y dos mil hombres de Efraím murieron por un acento. El capítulo muestra cómo una comunidad que se despedaza por dentro es más letal que cualquier enemigo externo.

La parte final es un respiro. Tres jueces llamados «menores» —Ibsán, Elón y Abdón— cierran el ciclo con breves notas familiares: treinta hijos y treinta hijas, cuarenta hijos y treinta nietos sobre setenta pollinos. Son signos de prosperidad y de paz, aunque el texto no diga nada de su fidelidad a Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

El episodio de «Sibbólet» muestra lo fácil que es convertir una diferencia en un motivo para excluir. Hoy revisa cómo tratas a quien habla distinto, viene de otro lugar o pertenece a otro grupo: ¿lo acoges o lo señalas? Elige una persona concreta a la que hayas distanciado por prejuicio y da un paso hacia ella. La unidad del pueblo de Dios se construye venciendo esas barreras.

Oración

Señor, tú que quisiste un pueblo unido, líbranos de las divisiones que nacen del orgullo. Danos oídos para escuchar a quien es distinto y corazón para acogerlo como hermano. Que nunca nuestra lengua sirva para excluir. Amén.

Acerca del libro de Jueces

El libro de los Jueces narra el periodo que va desde la muerte de Josué hasta la aparición de la monarquía en Israel, un tiempo de asentamiento inestable y de fuerte presión de los pueblos vecinos. Su autor es anónimo; la tradición judía lo atribuyó a Samuel, y la Iglesia lo ha leído siempre como parte de la gran historia deuteronomista que recorre Josué, Jueces, Samuel y Reyes. El propio libro ofrece su clave al final: «en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien».

Su estructura es sencilla y dramática. Primero describe la conquista incompleta: las tribus no expulsan a los cananeos, conviven con ellos y adoptan sus cultos. Después viene el ciclo que da nombre al libro: el pueblo peca, es oprimido, clama a Dios, y Dios suscita un juez que lo salva; cuando el juez muere, todo vuelve a empezar. Y al final, dos apéndices sombríos que muestran hasta dónde puede llegar una sociedad sin referencia a Dios.

Sus protagonistas son tan variados como sorprendentes: Otniel, el zurdo Ehúd, la profetisa Débora junto a Baraq, Gedeón con sus trescientos hombres, Jefté y Sansón. Casi todos son instrumentos frágiles o inesperados, y esa es precisamente la lección: la salvación es obra de Dios, no del poder humano.

Para la fe católica, los jueces son figuras de Cristo, el libertador definitivo. El «espíritu de Yahveh» que se apodera de ellos anticipa el Espíritu que unge a Jesús, y la carta a los Hebreos los propone como testigos de la fe. Leerlos hoy es reconocer que también nosotros vivimos entre la fidelidad de Dios y nuestras propias recaídas.

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