Romanos
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 431 versículos
Capítulo 11
1 Y pregunto yo: ¿Es que ha rechazado Dios a su pueblo? ¡De ningún modo! ¡Que también yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín!
2 Dios no ha rechazado a su pueblo, en quien de antemano puso sus ojos. ¿O es que ignoráis lo que dice la Escritura acerca de Elías, cómo se queja ante Dios contra Israel?
3 ¡Señor!, han dado muerte a tus profetas; han derribado tus altares; y he quedado yo solo y acechan contra mi vida.
4 Y ¿qué le responde el oráculo divino? Me he reservado 7.000 hombres que no han doblado la rodilla ante Baal.
5 Pues bien, del mismo modo, también en el tiempo presente subsiste un resto elegido por gracia.
6 Y, si es por gracia, ya no lo es por las obras; de otro modo, la gracia no sería ya gracia.
7 Entonces, ¿qué? Que Israel no consiguió lo que buscaba; mientras lo consiguieron los elegidos. Los demás se endurecieron,
8 como dice la Escritura: Dioles Dios un esp1ritu de embotamiento: ojos para no ver y oídos para no oír, hasta el día de hoy.
9 David también dice: Conviértase su mesa en trampa y lazo, en piedra de tropiezo y justo pago,
10 oscurézcanse sus ojos para no ver; agobia sus espaldas sin cesar.
11 Y pregunto yo: ¿Es que han tropezado para quedar caídos? ¡De ningún modo! Sino que su caída ha traído la salvación a los gentiles, para llenarlos de celos.
12 Y, si su caída ha sido una riqueza para el mundo, y su mengua, riqueza para los gentiles ¡qué no será su plenitud!
13 Os digo, pues, a vosotros, los gentiles: Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio,
14 pero es con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a alguno de ellos.
15 Porque si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?
16 Y si las primicias son santas, también la masa; y si la raíz es santa también las ramas.
17 Que si algunas ramas fueron desgajadas, mientras tú - olivo silvestre - fuiste injertado entre ellas, hecho participe con ellas de la raíz y de la savia del olivo,
18 no te engrías contra las ramas. Y si te engríes, sábete que no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz que te sostiene.
19 Pero dirás: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado.
20 ¡Muy bien! Por su incredulidad fueron desgajadas, mientras tú, por la fe te mantienes. ¡No te engrías!; más bien, teme.
21 Que si Dios no perdonó a las ramas naturales, no sea que tampoco a ti te perdone.
22 Así pues, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad con los que cayeron, bondad contigo, si es que te mantienes en la bondad; que si no, también tú serás desgajado.
23 En cuanto a ellos, si no se obstinan en la incredulidad, serán injertados; que poderoso es Dios para injertarlos de nuevo.
24 Porque si tú fuiste cortado del olivo silvestre que eras por naturaleza, para ser injertado contra tu natural en un olivo cultivado, ¡con cuánta más razón ellos, según su naturaleza, serán injertados en su propio olivo!
25 Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, no sea que presumáis de sabios: el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles,
26 y así, todo Israel será salvo, como dice la Escritura: Vendrá de Sión el Libertador; alejará de Jacob las impiedades.
27 Y esta será mi Alianza con ellos, cuando haya borrado sus pecados.
28 En cuanto al Evangelio, son enemigos para vuestro bien; pero en cuanto a la elección amados en atención a sus padres.
29 Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables.
30 En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía,
31 así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia.
32 Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia.
33 ¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!
34 En efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa?
35 Porque de él, por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos! Amén.
Reflexión del capítulo 11
El capítulo undécimo responde a una pregunta angustiosa: ¿ha rechazado Dios a su pueblo? La respuesta es un «¡de ningún modo!» rotundo. Pablo mismo es israelita, de la tribu de Benjamín, y recuerda el episodio de Elías: cuando el profeta creía ser el único fiel, Dios le reveló que se había reservado siete mil hombres que no habían doblado la rodilla ante Baal. Del mismo modo, también ahora subsiste un resto elegido por gracia. Y si es por gracia, no es por obras.
Sigue la imagen del olivo, una de las más hermosas de la carta. Algunas ramas naturales fueron desgajadas por su incredulidad, y los gentiles —olivo silvestre— fueron injertados en el olivo cultivado, hechos partícipes de la raíz y de la savia. Pero Pablo advierte: no te engrías contra las ramas, porque no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz la que te sostiene. Y más aún: si ellos no se obstinan en la incredulidad, Dios es poderoso para injertarlos de nuevo.
El capítulo culmina en el misterio: el endurecimiento parcial de Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así todo Israel será salvo. Los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Y Pablo estalla en una alabanza: «¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios!». De él, por él y para él son todas las cosas.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
No te creas superior a nadie por tu fe: recuerda que tú también eres una rama injertada por pura gracia. Reza hoy por el pueblo judío y por quienes aún no creen, confiando en que Dios es poderoso para injertarlos de nuevo. Y admira, en lugar de juzgar, los caminos insondables de su misericordia. Que su fidelidad me humille y me alegre.
Oración
Señor, tus dones y tu vocación son irrevocables. Gracias por injertarme en tu olivo santo y darme parte en tu savia. Que nunca me engría contra nadie y que confíe siempre en tu misericordia. Amén.
Acerca del libro de Romanos
La carta a los Romanos es la exposición más completa y sistemática del Evangelio que nos dejó san Pablo. La escribió hacia el año 57, probablemente desde Corinto, al final de su tercer viaje misionero, y la dirigió a la comunidad cristiana de Roma, una Iglesia que no había fundado y a la que deseaba visitar camino de España. Se trata, por tanto, de una carta de presentación y de un testamento teológico: Pablo quiere dejar por escrito el corazón de su predicación antes de emprender nuevas rutas.
El tema central es la justicia de Dios, es decir, la salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo, acogida por la fe y no por las obras de la ley. Pablo recorre un camino riguroso: todos los hombres, judíos y gentiles, están bajo el pecado; nadie se salva por sus propias fuerzas; pero Dios ha manifestado su justicia en la muerte y resurrección de Jesús, y quien cree en él es justificado. Desde ahí desarrolla la vida nueva del bautizado, la liberación del pecado, la acción del Espíritu Santo, el misterio de Israel y la moral cristiana.
Para la fe católica, Romanos es una fuente inagotable: el bautismo como muerte y resurrección con Cristo (capítulo 6), la vida en el Espíritu y la filiación divina (capítulo 8), la presentación del cuerpo como víctima viva (capítulo 12), la caridad como plenitud de la ley (capítulo 13). Y en el centro de todo, Cristo: el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero, el Hijo de Dios resucitado de quien nada ni nadie puede separarnos.
Compartir
Enlace copiado