Romanos

Nuevo Testamento | 16 capítulos | 431 versículos

Rm

Capítulo 7

1 ¿O es que ignoráis, hermanos, - hablo a quienes entienden de leyes - que la ley no domina sobre el hombre sino mientras vive?

2 Así, la mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras éste vive; mas, una vez muerto el marido, se ve libre de la ley del marido.

3 Por eso, mientras vive el marido, será llamada adultera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la ley, de forma que no es adultera si se casa con otro.

4 Así pues, hermanos míos, también vosotros quedasteis muertos respecto de la ley por el cuerpo de Cristo, para pertenecer a otro: a aquel que fue resucitado de entre los muertos, a fin de que fructificáramos para Dios.

5 Porque, cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, excitadas por la ley, obraban en nuestros miembros, a fin de que produjéramos frutos de muerte.

6 Mas, al presente, hemos quedado emancipados de la ley, muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos con un espíritu nuevo y no con la letra vieja.

7 ¿Qué decir, entonces? ¿Que la ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo yo no conocí el pecado sino por la ley. De suerte que yo hubiera ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: ¡No te des a la concupiscencia!

8 Mas el pecado, tomando ocasión por medio del precepto, suscitó en mi toda suerte de concupiscencias; pues sin ley el pecado estaba muerto.

9 ¡Ah! ¡Vivía yo un tiempo sin ley!, pero en cuanto sobrevino el precepto, revivió el pecado,

10 y yo morí; y resultó que el precepto, dado para vida, me fue para muerte.

11 Porque el pecado, tomando ocasión por medio del precepto, me sedujo , y por él, me mató.

12 Así que, la ley es santa, y santo el precepto, y justo y bueno.

13 Luego ¿se habrá convertido lo bueno en muerte para mí? ¡De ningún modo! Sino que el pecado, para aparecer como tal, se sirvió de una cosa buena, para procurarme la muerte, a fin de que el pecado ejerciera todo su poder de pecado por medio del precepto.

14 Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado.

15 Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco.

16 Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena;

17 en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí.

18 Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo,

19 puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero.

20 Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.

21 Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta.

22 Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior,

23 pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros.

24 ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?

25 ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirve a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley del pecado.

Reflexión del capítulo 7

El capítulo séptimo es uno de los textos más honestos y desgarrados de la Biblia. Pablo comienza con una comparación: la mujer casada queda libre de la ley del marido cuando este muere; así también nosotros hemos quedado muertos respecto de la ley por el cuerpo de Cristo, para pertenecer a otro, al Resucitado. El problema no es la ley, que es santa, justa y buena; el problema es el pecado, que aprovecha el precepto para despertar en nosotros la concupiscencia y llevarnos a la muerte.

Y entonces el apóstol se pone a sí mismo como ejemplo del combate interior: no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Querer el bien lo tiene a su alcance, pero no el realizarlo. Descubre una ley en sus miembros que lucha contra la ley de su razón y lo esclaviza. Es la experiencia universal de quien intenta ser bueno con sus solas fuerzas.

El capítulo desemboca en un grito que todos podemos hacer nuestro: «¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?». Y la respuesta no es una técnica, sino una persona: gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor. El capítulo deja al hombre desnudo ante su propia impotencia, pero ya señalando al Libertador.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Identifica hoy esa tendencia con la que luchas y que no puedes vencer solo. No te desanimes ni te justifiques: reconócela ante Dios con sinceridad, pide ayuda en la oración y, si es algo grave, busca el sacramento de la reconciliación. La salida no es la fuerza de voluntad, sino Cristo. Y no te quedes solo: pide ayuda a un hermano.

Oración

Señor, veo el bien y no lo hago: ten piedad de mi debilidad. Gracias por Jesucristo, mi Libertador. Toma mi mano, sácame del cuerpo de muerte y enséñame a querer de verdad lo que tú quieres. Amén.

Acerca del libro de Romanos

La carta a los Romanos es la exposición más completa y sistemática del Evangelio que nos dejó san Pablo. La escribió hacia el año 57, probablemente desde Corinto, al final de su tercer viaje misionero, y la dirigió a la comunidad cristiana de Roma, una Iglesia que no había fundado y a la que deseaba visitar camino de España. Se trata, por tanto, de una carta de presentación y de un testamento teológico: Pablo quiere dejar por escrito el corazón de su predicación antes de emprender nuevas rutas.

El tema central es la justicia de Dios, es decir, la salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo, acogida por la fe y no por las obras de la ley. Pablo recorre un camino riguroso: todos los hombres, judíos y gentiles, están bajo el pecado; nadie se salva por sus propias fuerzas; pero Dios ha manifestado su justicia en la muerte y resurrección de Jesús, y quien cree en él es justificado. Desde ahí desarrolla la vida nueva del bautizado, la liberación del pecado, la acción del Espíritu Santo, el misterio de Israel y la moral cristiana.

Para la fe católica, Romanos es una fuente inagotable: el bautismo como muerte y resurrección con Cristo (capítulo 6), la vida en el Espíritu y la filiación divina (capítulo 8), la presentación del cuerpo como víctima viva (capítulo 12), la caridad como plenitud de la ley (capítulo 13). Y en el centro de todo, Cristo: el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero, el Hijo de Dios resucitado de quien nada ni nadie puede separarnos.

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