Romanos
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 431 versículos
Capítulo 16
1 Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la Iglesia de Cencreas.
2 Recibidla en el Señor de una manera digna de los santos, y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo.
3 Saludad a Prisca y Aquila, colaboradores míos en Cristo Jesús.
4 Ellos expusieron sus cabezas para salvarme. Y no soy solo en agradecérselo, sino también todas las Iglesias de la gentilidad;
5 saludad también a la Iglesia que se reúne en su casa. Saludad a mi querido Epéneto, primicias del Asia para Cristo.
6 Saludad a María, que se ha afanado mucho por vosotros.
7 Saludad a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo.
8 Saludad a Ampliato, mi amado en el Señor.
9 Saludad a Urbano, colaborador nuestro en Cristo; y a mi querido Estaquio.
10 Saludad a Apeles, que ha dado buenas pruebas de sí en Cristo. Saludad a los de la casa de Aristóbulo.
11 Saludad a mi pariente Herodión. Saludad a los de la casa de Narciso, en el Señor.
12 Saludad a Trifena y a Trifosa, que se han fatigado en el Señor. Saludad a la amada Pérside, que trabajó mucho en el Señor.
13 Saludad a Rufo, el escogido del Señor; y a su madre, que lo es también mía.
14 Saludad a Asíncrito y Flegonta, a Hermes, a Patrobas, a Hermas y a los hermanos que están con ellos.
15 Saludad a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, lo mismo que a Olimpas y a todos los santos que están con ellos.
16 Saludaos los unos a los otros con el beso santo. Todas las Iglesias de Cristo os saludan.
17 Os ruego, hermanos, que os guardéis de los que suscitan divisiones y escándalos contra la doctrina que habéis aprendido; apartaos de ellos,
18 pues esos tales no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y, por medio de suaves palabras y lisonjas, seducen los corazones de los sencillos.
19 Vuestra obediencia se ha divulgado por todas partes; por lo cual, me alegro de vosotros. Pero quiero que seáis ingeniosos para el bien e inocentes para el mal.
20 Y el Dios de la paz aplastará bien pronto a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros.
21 Os saluda Timoteo, mi colaborador, lo mismo que Lucio, Jasón y Sosípatro, mis parientes.
22 Os saludo en el Señor yo, Tercio, que he escrito esta carta.
23 Os saluda Gayo, huésped mío y de toda la Iglesia.
25 Os saluda Erasto, cuestor de la ciudad, y Cuarto, nuestro hermano. A Aquel que puede consolidaros conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos,
26 pero manifestado al presente, por la Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe,
27 a Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.
Reflexión del capítulo 16
El capítulo decimosexto es una ventana a la vida real de la primera Iglesia. Pablo recomienda a Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencreas, y pide que la reciban bien, pues ha sido protectora de muchos. Después envía una larga lista de saludos: Prisca y Aquila, que expusieron sus cabezas por él y en cuya casa se reúne una iglesia; Epéneto, primicias del Asia para Cristo; María, que se afanó mucho; Andrónico y Junia, ilustres entre los apóstoles; Rufo, el escogido del Señor, y su madre, que lo es también de Pablo. Son nombres concretos de hombres y mujeres que sostuvieron la fe con su trabajo y su casa. La Iglesia nace de estos rostros, no de abstracciones.
El apóstol añade una advertencia seria: que se guarden de los que suscitan divisiones y escándalos contra la doctrina recibida, porque esos tales no sirven a Cristo, sino a su propio interés, y con palabras suaves seducen a los sencillos. Frente a ellos, pide ser ingeniosos para el bien e inocentes para el mal.
La carta termina con saludos de Timoteo, Lucio, Jasón, Sosípatro, y de Tercio, el escribiente que la redactó. Y con una doxología solemne: a Dios, el único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos. Así concluye la exposición más profunda del Evangelio.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Agradece hoy a una persona concreta que sostiene la fe en tu entorno —una catequista, un sacristán, una vecina que reza por todos— y dile con sencillez que su servicio importa. La Iglesia se construye con esos nombres humildes. Y guarda distancia de quien siembra división por interés propio. Sé agradecido también con quienes te sostienen sin que lo sepas.
Oración
Señor, gracias por tantos hermanos y hermanas que sostienen tu Iglesia en silencio con su trabajo y su oración. Hazme fiel y humilde como ellos, ingenioso para el bien e inocente para el mal. Amén.
Acerca del libro de Romanos
La carta a los Romanos es la exposición más completa y sistemática del Evangelio que nos dejó san Pablo. La escribió hacia el año 57, probablemente desde Corinto, al final de su tercer viaje misionero, y la dirigió a la comunidad cristiana de Roma, una Iglesia que no había fundado y a la que deseaba visitar camino de España. Se trata, por tanto, de una carta de presentación y de un testamento teológico: Pablo quiere dejar por escrito el corazón de su predicación antes de emprender nuevas rutas.
El tema central es la justicia de Dios, es decir, la salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo, acogida por la fe y no por las obras de la ley. Pablo recorre un camino riguroso: todos los hombres, judíos y gentiles, están bajo el pecado; nadie se salva por sus propias fuerzas; pero Dios ha manifestado su justicia en la muerte y resurrección de Jesús, y quien cree en él es justificado. Desde ahí desarrolla la vida nueva del bautizado, la liberación del pecado, la acción del Espíritu Santo, el misterio de Israel y la moral cristiana.
Para la fe católica, Romanos es una fuente inagotable: el bautismo como muerte y resurrección con Cristo (capítulo 6), la vida en el Espíritu y la filiación divina (capítulo 8), la presentación del cuerpo como víctima viva (capítulo 12), la caridad como plenitud de la ley (capítulo 13). Y en el centro de todo, Cristo: el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero, el Hijo de Dios resucitado de quien nada ni nadie puede separarnos.
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