Romanos
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 431 versículos
Capítulo 14
1 Acoged bien al que es débil en la fe, sin discutir opiniones.
2 Uno cree poder comer de todo, mientras el débil no come más que verduras.
3 El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, tampoco juzgue al que come, pues Dios le ha acogido.
4 ¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno? Que se mantenga en pie o caiga sólo interesa a su amo; pero quedará en pie, pues poderoso es el Señor para sostenerlo.
5 Este da preferencia a un día sobre todo; aquél los considera todos iguales. ¡Aténgase cada cual a su conciencia!
6 El que se preocupa por los días, lo hace por el Señor; el que come, lo hace por el Señor, pues da gracias a Dios: y el que no come, lo hace por el Señor, y da gracias a Dios.
7 Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo.
8 Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos.
9 Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos.
10 Pero tú ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú ¿por qué desprecias a tu hermano? En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios,
11 pues dice la Escritura: ¡Por mi vida!, dice el Señor, que toda rodilla se doblará ante mí, y toda lengua bendecirá a Dios.
12 Así pues, cada uno de vosotros dará cuenta de sí mismo a Dios.
13 Dejemos, por tanto, de juzgarnos los unos a los otros: juzgad más bien que no se debe poner tropiezo o escándalo al hermano. -
14 Bien sé, y estoy persuadido de ello en el Señor Jesús, que nada hay de suyo impuro; a no ser para el que juzga que algo es impuro, para ése si lo hay -.
15 Ahora bien, si por un alimento tu hermano se entristece, tú no procedes ya según la caridad. ¡Que por tu comida no destruyas a aquel por quien murió Cristo!
16 Por tanto, no expongáis a la maledicencia vuestro privilegio.
17 Que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.
18 Toda vez que quien así sirve a Cristo, se hace grato a Dios y aprobado por los hombres.
19 Procuremos, por tanto, lo que fomente la paz y la mutua edificación.
20 No vayas a destruir la obra de Dios por un alimento. Todo es puro, ciertamente, pero es malo comer dando escándalo.
21 Lo bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad.
22 La fe que tú tienes, guárdala para ti delante de Dios. ¡Dichoso aquel que no se juzga culpable a sí mismo al decidirse!
23 Pero el que come dudando, se condena, porque no obra conforme a la fe; pues todo lo que no procede de la buena fe es pecado.
Reflexión del capítulo 14
El capítulo decimocuarto es una lección de convivencia en la comunidad. En Roma había creyentes de distinta sensibilidad: unos se sentían libres para comer de todo y para considerar iguales todos los días; otros, más escrupulosos, solo comían verduras y daban preferencia a ciertos días. Pablo no decide quién tiene razón en lo secundario; pide algo más profundo: acoged bien al que es débil en la fe, sin discutir opiniones. Y advierte a ambos: el que come no desprecie al que no come, y el que no come no juzgue al que come, pues Dios le ha acogido.
El argumento decisivo no es la dieta, sino la pertenencia: ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos o morimos, del Señor somos, porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de muertos y vivos. Por eso nadie debe juzgar a su hermano: todos compareceremos ante el tribunal de Dios.
De ahí una regla de oro: no poner tropiezo ni escándalo al hermano. Nada es impuro en sí mismo, pero puede ser malo si hiere la conciencia de otro. El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Y la meta es procurar lo que fomenta la paz y la mutua edificación.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Renuncia hoy a discutir sobre preferencias legítimas —formas de rezar, costumbres, gustos— y céntrate en lo esencial que une. Pregúntate si algo que haces con libertad puede escandalizar o entristecer a un hermano más débil, y ajústate por amor, sin imponer tu criterio. La libertad cristiana no es hacer lo que quiero, sino amar sin herir; mide tus actos por el bien del hermano y no solo por tu gusto.
Oración
Señor, líbrame de juzgar a mi hermano y de imponer mi propio criterio en lo secundario. Que busque siempre lo que edifica, y que tu Reino de justicia, paz y gozo en el Espíritu crezca en mí. Amén.
Acerca del libro de Romanos
La carta a los Romanos es la exposición más completa y sistemática del Evangelio que nos dejó san Pablo. La escribió hacia el año 57, probablemente desde Corinto, al final de su tercer viaje misionero, y la dirigió a la comunidad cristiana de Roma, una Iglesia que no había fundado y a la que deseaba visitar camino de España. Se trata, por tanto, de una carta de presentación y de un testamento teológico: Pablo quiere dejar por escrito el corazón de su predicación antes de emprender nuevas rutas.
El tema central es la justicia de Dios, es decir, la salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo, acogida por la fe y no por las obras de la ley. Pablo recorre un camino riguroso: todos los hombres, judíos y gentiles, están bajo el pecado; nadie se salva por sus propias fuerzas; pero Dios ha manifestado su justicia en la muerte y resurrección de Jesús, y quien cree en él es justificado. Desde ahí desarrolla la vida nueva del bautizado, la liberación del pecado, la acción del Espíritu Santo, el misterio de Israel y la moral cristiana.
Para la fe católica, Romanos es una fuente inagotable: el bautismo como muerte y resurrección con Cristo (capítulo 6), la vida en el Espíritu y la filiación divina (capítulo 8), la presentación del cuerpo como víctima viva (capítulo 12), la caridad como plenitud de la ley (capítulo 13). Y en el centro de todo, Cristo: el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero, el Hijo de Dios resucitado de quien nada ni nadie puede separarnos.
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