Romanos

Nuevo Testamento | 16 capítulos | 431 versículos

Rm

Capítulo 2

1 Por eso, no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas, ya que obras esas mismas cosas tú que juzgas,

2 y sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que obran semejantes cosas.

3 Y ¿te figuras, tú que juzgas a los que cometen tales cosas y las cometes tú mismo, que escaparás al juicio de Dios?

4 O ¿desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia y de longanimidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión?

5 Por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios,

6 el cual dará a cada cual según sus obras:

7 a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida eterna;

8 mas a los rebeldes, indóciles a la verdad y dóciles a la injusticia: cólera e indignación.

9 Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal: del judío primeramente y también del griego;

10 en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío primeramente y también al griego;

11 que no hay acepción de personas en Dios.

12 Pues cuantos sin ley pecaron, sin ley también perecerán; y cuantos pecaron bajo la ley, por la ley serán juzgados;

13 que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ésos serán justificados.

14 En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley;

15 como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza...

16 en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres, según mi Evangelio, por Cristo Jesús.

17 Pero si tú, que te dices judío y descansas en la ley; que te glorías en Dios;

18 que conoces su voluntad; que disciernes lo mejor, amaestrado por la ley,

19 y te jactas de ser guía de ciegos, luz de los que andan en tinieblas,

20 educador de ignorantes, maestro de niños, porque posees en la ley la expresión misma de la ciencia y de la verdad...

21 pues bien, tú que instruyes a los otros ¡a ti mismo no te instruyes! Predicas: ¡no robar!, y ¡robas!

22 Prohíbes el adulterio, y ¡adulteras! Aborreces los ídolos, y ¡saqueas sus templos!

23 Tú que te glorías en la ley, transgrediéndola deshonras a Dios.

24 Porque, como dice la Escritura, el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones.

25 Pues la circuncisión, en verdad, es útil si cumples la ley; pero si eres un trangresor de la ley, tu circuncisión se vuelve incircuncisión.

26 Mas si el incircunciso guarda las prescripciones de la ley ¿no se tendra su incircuncisión como circuncisión?

27 Y el que, siendo físicamente incircunciso, cumple la ley, te juzgará a ti, que con la letra y la circuncisión eres transgresor de la ley.

28 Pues no está en el exterior el ser judío, ni es circuncisión la externa, la de la carne.

29 El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra. Ese es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres.

Reflexión del capítulo 2

El capítulo segundo continúa el diagnóstico, pero ahora con una advertencia que nos toca directamente: «no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas». Pablo advierte al moralista —el que se cree justo por juzgar a los demás— que al juzgar se condena a sí mismo, porque hace las mismas cosas. Y desvela el verdadero motivo de la paciencia divina: las riquezas de bondad, paciencia y longanimidad de Dios no son indiferencia, sino una bondad que impulsa a la conversión.

El capítulo afirma con claridad que Dios dará a cada cual según sus obras y que no hay acepción de personas: la gloria espera a quien persevera en el bien, y la tribulación a quien obra el mal, tanto al judío como al griego. Es una página fundamental para entender la doctrina católica de la justificación: la gracia es gratuita, pero no anula la responsabilidad libre del creyente, que ha de corresponder con obras buenas.

Pablo introduce además la conciencia: los gentiles, sin tener la ley escrita, muestran tenerla escrita en su corazón, y su conciencia los acusa o los defiende. Y cierra desmontando la falsa seguridad religiosa: de nada sirve llamarse judío, conocer la ley y enseñar a otros si uno no se instruye a sí mismo. La verdadera circuncisión es la del corazón, «según el espíritu y no según la letra».

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Antes de juzgar a alguien hoy, detente y pregúntate si acaso haces tú lo mismo que criticas. Cambia una crítica por una oración por esa persona, y deja que la bondad de Dios te impulse a la conversión más que a la condena. Recuerda que el examen no es sobre los demás, sino sobre tu propio corazón. Pide luz para verte a ti mismo.

Oración

Señor, líbrame del juicio fácil y de la falsa seguridad de creerme justo. Escribe tu ley en mi corazón, haz que tu bondad me lleve a una conversión sincera y que nunca desprecie a mi hermano. Amén.

Acerca del libro de Romanos

La carta a los Romanos es la exposición más completa y sistemática del Evangelio que nos dejó san Pablo. La escribió hacia el año 57, probablemente desde Corinto, al final de su tercer viaje misionero, y la dirigió a la comunidad cristiana de Roma, una Iglesia que no había fundado y a la que deseaba visitar camino de España. Se trata, por tanto, de una carta de presentación y de un testamento teológico: Pablo quiere dejar por escrito el corazón de su predicación antes de emprender nuevas rutas.

El tema central es la justicia de Dios, es decir, la salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo, acogida por la fe y no por las obras de la ley. Pablo recorre un camino riguroso: todos los hombres, judíos y gentiles, están bajo el pecado; nadie se salva por sus propias fuerzas; pero Dios ha manifestado su justicia en la muerte y resurrección de Jesús, y quien cree en él es justificado. Desde ahí desarrolla la vida nueva del bautizado, la liberación del pecado, la acción del Espíritu Santo, el misterio de Israel y la moral cristiana.

Para la fe católica, Romanos es una fuente inagotable: el bautismo como muerte y resurrección con Cristo (capítulo 6), la vida en el Espíritu y la filiación divina (capítulo 8), la presentación del cuerpo como víctima viva (capítulo 12), la caridad como plenitud de la ley (capítulo 13). Y en el centro de todo, Cristo: el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero, el Hijo de Dios resucitado de quien nada ni nadie puede separarnos.

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