Romanos
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 431 versículos
Capítulo 13
1 Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas.
2 De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación.
3 En efecto, los magistrados no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal. ¿Quieres no temer la autoridad? Obra el bien, y obtiendrás de ella elogios,
4 pues es para ti un servidor de Dios para el bien. Pero, si obras el mal, teme: pues no en vano lleva espada: pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal.
5 Por tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia.
6 Por eso precisamente pagáis los impuestos, porque son funcionarios de Dios, ocupados asiduamente en ese oficio.
7 Dad a cada cual lo que se debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor.
8 Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.
9 En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
10 La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud.
11 Y esto, teniendo en cuenta el momento en que vivimos. Porque es ya hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe.
12 La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz.
13 Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias.
14 Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias.
Reflexión del capítulo 13
El capítulo decimotercero aborda la vida del cristiano en la sociedad. Pablo pide someterse a las autoridades constituidas, recordando que no hay autoridad que no provenga de Dios y que los magistrados son servidores de Dios para el bien. No es una justificación de cualquier abuso, sino una llamada a la responsabilidad cívica: se obedece no solo por temor al castigo, sino en conciencia. De ahí la obligación de pagar impuestos y tributos, y de dar a cada cual lo que se le debe: respeto a quien respeto, honor a quien honor.
Pero el apóstol no se queda en el orden social. Su mirada va más hondo: con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Porque el que ama al prójimo ha cumplido la ley. Los preceptos de no adulterar, no matar, no robar, no codiciar se resumen en una sola fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y la conclusión es rotunda: la caridad no hace mal al prójimo; por tanto, la caridad es la ley en su plenitud. No hay norma que supere al amor.
El capítulo termina con una llamada a la vigilancia: la noche está avanzada y el día se avecina. Hay que despojarse de las obras de las tinieblas, revestirse de las armas de la luz y revestirse del Señor Jesucristo, viviendo con decoro y no al servicio de las pasiones.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cumple hoy con exactitud tus obligaciones ciudadanas —impuestos, normas, respeto a la autoridad— sin buscar excusas ni excepciones. Y traduce la caridad en algo concreto: ayuda a un vecino, colabora con una obra de bien común o defiende a alguien injustamente tratado. Que tu vida pública y tu fe no se contradigan: sé buen ciudadano y buen cristiano a la vez, sin separar las dos cosas.
Oración
Señor, que la caridad sea la ley de mi vida y que no tenga con nadie otra deuda que la del amor. Despiértame del sueño, revísteme de ti y hazme vivir con decoro como hijo de la luz. Amén.
Acerca del libro de Romanos
La carta a los Romanos es la exposición más completa y sistemática del Evangelio que nos dejó san Pablo. La escribió hacia el año 57, probablemente desde Corinto, al final de su tercer viaje misionero, y la dirigió a la comunidad cristiana de Roma, una Iglesia que no había fundado y a la que deseaba visitar camino de España. Se trata, por tanto, de una carta de presentación y de un testamento teológico: Pablo quiere dejar por escrito el corazón de su predicación antes de emprender nuevas rutas.
El tema central es la justicia de Dios, es decir, la salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo, acogida por la fe y no por las obras de la ley. Pablo recorre un camino riguroso: todos los hombres, judíos y gentiles, están bajo el pecado; nadie se salva por sus propias fuerzas; pero Dios ha manifestado su justicia en la muerte y resurrección de Jesús, y quien cree en él es justificado. Desde ahí desarrolla la vida nueva del bautizado, la liberación del pecado, la acción del Espíritu Santo, el misterio de Israel y la moral cristiana.
Para la fe católica, Romanos es una fuente inagotable: el bautismo como muerte y resurrección con Cristo (capítulo 6), la vida en el Espíritu y la filiación divina (capítulo 8), la presentación del cuerpo como víctima viva (capítulo 12), la caridad como plenitud de la ley (capítulo 13). Y en el centro de todo, Cristo: el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero, el Hijo de Dios resucitado de quien nada ni nadie puede separarnos.
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