Romanos

Nuevo Testamento | 16 capítulos | 431 versículos

Rm

Capítulo 6

1 ¿Qué diremos, pues? ¿Que debemos permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique? ¡De ningún modo!

2 Los que hemos muerto al pecado ¿cómo seguir viviendo en él?

3 ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?

4 Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.

5 Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante;

6 sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado.

7 Pues el que está muerto, queda librado del pecado.

8 Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él,

9 sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él.

10 Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios.

11 Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias.

13 Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios.

14 Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia.

15 Pues ¿qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia? ¡De ningún modo!

16 ¿No sabéis que al ofreceros a alguno como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de obediencia, para la justicia?

17 Pero gracias a Dios, vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados,

18 y liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia. -

19 Hablo en términos humanos, en atención a vuestra flaqueza natural -. Pues si en otros tiempos ofrecisteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y al desorden hasta desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la santidad.

20 Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres respecto de la justicia.

21 ¿Qué frutos cosechasteis entonces de aquellas cosas que al presente os avergüenzan? Pues su fin es la muerte.

22 Pero al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna.

23 Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Reflexión del capítulo 6

El capítulo sexto responde a una objeción peligrosa: si la gracia abunda donde abunda el pecado, ¿pecaremos para que se multiplique? «¡De ningún modo!», responde Pablo. Y para explicarlo recurre al bautismo, que es el fundamento de toda la vida cristiana. Cuantos fueron bautizados en Cristo Jesús fueron bautizados en su muerte: sepultados con él para que, así como Cristo fue resucitado, también nosotros vivamos una vida nueva.

De ahí nace una identidad nueva. Nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo para que dejáramos de ser esclavos del pecado; el que está muerto, queda librado del pecado. El bautizado debe, por tanto, considerarse muerto al pecado y vivo para Dios en Cristo Jesús. Y esto no es una idea abstracta: se traduce en el cuerpo, en las manos, en los ojos. Pablo pide no hacer de los propios miembros armas de injusticia, sino ofrecerse a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida.

El capítulo termina con una alternativa nítida entre dos esclavitudes: la del pecado, cuyo salario es la muerte, y la de la justicia, cuyo fruto es la santidad. Y sobre todo, con una de las frases más bellas de la Escritura: el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Recuerda hoy tu bautismo: haz la señal de la cruz con agua antes de salir de casa y renueva en voz baja tu «sí» a Dios. Elige un miembro concreto —la lengua, las manos, la mirada— y ponlo hoy al servicio de la justicia y no del pecado, ofreciéndolo como arma de luz. Que cada gesto de hoy sea un sí a tu vida nueva.

Oración

Señor, que he sido sepultado contigo en el bautismo, hazme caminar en una vida nueva. Líbrame de la esclavitud del pecado, guarda en mí la vida que me diste y hazme fructificar en santidad. Amén.

Acerca del libro de Romanos

La carta a los Romanos es la exposición más completa y sistemática del Evangelio que nos dejó san Pablo. La escribió hacia el año 57, probablemente desde Corinto, al final de su tercer viaje misionero, y la dirigió a la comunidad cristiana de Roma, una Iglesia que no había fundado y a la que deseaba visitar camino de España. Se trata, por tanto, de una carta de presentación y de un testamento teológico: Pablo quiere dejar por escrito el corazón de su predicación antes de emprender nuevas rutas.

El tema central es la justicia de Dios, es decir, la salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo, acogida por la fe y no por las obras de la ley. Pablo recorre un camino riguroso: todos los hombres, judíos y gentiles, están bajo el pecado; nadie se salva por sus propias fuerzas; pero Dios ha manifestado su justicia en la muerte y resurrección de Jesús, y quien cree en él es justificado. Desde ahí desarrolla la vida nueva del bautizado, la liberación del pecado, la acción del Espíritu Santo, el misterio de Israel y la moral cristiana.

Para la fe católica, Romanos es una fuente inagotable: el bautismo como muerte y resurrección con Cristo (capítulo 6), la vida en el Espíritu y la filiación divina (capítulo 8), la presentación del cuerpo como víctima viva (capítulo 12), la caridad como plenitud de la ley (capítulo 13). Y en el centro de todo, Cristo: el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero, el Hijo de Dios resucitado de quien nada ni nadie puede separarnos.

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