Romanos
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 431 versículos
Capítulo 4
1 ¿Qué diremos, pues, de Abraham, nuestro padre según la carne?
2 Si Abraham obtuvo la justicia por las obras, tiene de qué gloriarse, mas no delante de Dios.
3 En efecto, ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia.
4 Al que trabaja no se le cuenta el salario como favor sino como deuda;
5 en cambio, al que, sin trabajar, cree en aquel que justifica al impío, su fe se le reputa como justicia.
6 Como también David proclama bienaventurado al hombre a quien Dios imputa la justicia independientemente de las obras:
7 Bienaventurados aquellos cuyas maldades fueron perdonadas, y cubiertos sus pecados.
8 Dichoso el hombre a quien el Señor no imputa culpa alguna.
9 Entonces, ¿esta dicha recae sólo sobre los circuncisos o también sobre los incircuncisos? Decimos, en efecto, que la fe de Abraham le fue reputada como justicia.
10 Y ¿cómo le fue reputada? ¿siendo él circunciso o antes de serlo? No siendo circunciso sino antes;
11 y recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que poseía siendo incircunciso. Así se convertía en padre de todos los creyentes incircuncisos, a fin de que la justicia les fuera igualmente imputada;
12 y en padre también de los circuncisos que no se contentan con la circuncisión, sino que siguen además las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de la circuncisión.
13 En efecto, no por la ley, sino por la justicia de la fe fue hecha a Abraham y su posteridad la promesa de ser heredero del mundo.
14 Porque si son herederos los de la ley, la fe carece de objeto, y la promesa queda abolida;
15 porque la ley produce la cólera; por el contrario, donde no hay ley, no hay transgresión.
16 Por eso depende de la fe, para ser favor gratuito, a fin de que la Promesa quede asegurada para toda la posteridad, no tan sólo para los de la ley, sino también para los de la fe de Abraham, padre de todos nosotros,
17 como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchas naciones: padre nuestro delante de Aquel a quien creyó, de Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean.
18 El cual, esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones según le había sido dicho: Así será tu posteridad.
19 No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor - tenía unos cien años - y el seno de Sara, igualmente estéril.
20 Por el contrario, ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios,
21 con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido.
22 Por eso le fue reputado como justicia.
23 Y la Escritura no dice solamente por él que le fue reputado, sino también por nosotros,
24 a quienes ha de ser imputada la fe, a nosotros que creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús Señor nuestro,
25 quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación.
Reflexión del capítulo 4
El capítulo cuarto es una catequesis sobre la fe a partir de Abraham, «nuestro padre según la carne». Pablo plantea la cuestión decisiva: ¿cómo obtuvo Abraham la justicia? La Escritura responde que creyó en Dios y le fue reputado como justicia. No por obras, sino por fe. Y no después de la circuncisión, sino antes: la circuncisión fue solo el sello de una justicia que ya poseía. Por eso Abraham es padre de todos los creyentes, tanto de los incircuncisos como de los circuncisos que siguen sus huellas.
El apóstol subraya que la promesa de ser heredero del mundo no vino por la ley, sino por la justicia de la fe, para que fuera favor gratuito y quedara asegurada a toda la posteridad. La ley, en cambio, produce cólera, porque donde no hay ley no hay transgresión.
La página culmina con un retrato inolvidable de la fe de Abraham: «esperando contra toda esperanza, creyó». No vaciló al considerar su cuerpo ya sin vigor, a sus casi cien años, ni el seno estéril de Sara. Se fortaleció en la fe, dio gloria a Dios y quedó convencido de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido. Esa fe le fue reputada como justicia, y también a nosotros, que creemos en Aquel que resucitó a Jesús, entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Nombra hoy esa situación que parece humanamente imposible —una enfermedad, una ruptura, un hijo que se aleja— y preséntala a Dios con la fe de Abraham, esperando contra toda esperanza. Da un paso concreto de confianza en lugar de calcular solo las probabilidades, y repite con el apóstol que poderoso es Dios para cumplir lo prometido. Confía y da el paso.
Oración
Dios que das vida a los muertos y llamas a ser lo que no es, aumenta mi fe. Que esperando contra toda esperanza crea en tu promesa, te dé gloria y viva de tu justificación gratuita. Amén.
Acerca del libro de Romanos
La carta a los Romanos es la exposición más completa y sistemática del Evangelio que nos dejó san Pablo. La escribió hacia el año 57, probablemente desde Corinto, al final de su tercer viaje misionero, y la dirigió a la comunidad cristiana de Roma, una Iglesia que no había fundado y a la que deseaba visitar camino de España. Se trata, por tanto, de una carta de presentación y de un testamento teológico: Pablo quiere dejar por escrito el corazón de su predicación antes de emprender nuevas rutas.
El tema central es la justicia de Dios, es decir, la salvación que Dios ofrece gratuitamente en Cristo, acogida por la fe y no por las obras de la ley. Pablo recorre un camino riguroso: todos los hombres, judíos y gentiles, están bajo el pecado; nadie se salva por sus propias fuerzas; pero Dios ha manifestado su justicia en la muerte y resurrección de Jesús, y quien cree en él es justificado. Desde ahí desarrolla la vida nueva del bautizado, la liberación del pecado, la acción del Espíritu Santo, el misterio de Israel y la moral cristiana.
Para la fe católica, Romanos es una fuente inagotable: el bautismo como muerte y resurrección con Cristo (capítulo 6), la vida en el Espíritu y la filiación divina (capítulo 8), la presentación del cuerpo como víctima viva (capítulo 12), la caridad como plenitud de la ley (capítulo 13). Y en el centro de todo, Cristo: el nuevo Adán que repara la desobediencia del primero, el Hijo de Dios resucitado de quien nada ni nadie puede separarnos.
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