Ester
Antiguo Testamento | 16 capítulos | 274 versículos
Capítulo 14
1 Por su parte, la reina Ester se refugió en el Señor, presa de mortal angustia.
2 Despojándose de sus magníficos vestidos, se vistió de angustia y duelo. En vez de exquisitos perfumes, echó sobre su cabeza ceniza y suciedad, humilló su cuerpo hasta el extremo, encubrió, con sus desordenados cabellos la gozosa belleza de su cuerpo,
3 y suplicó al Señor, Dios de Israel, diciendo: «Mi Señor y Dios nuestro, tú eres único. Ven en mi socorro, que estoy sola y no tengo socorro sino en ti,
4 y mi vida está en peligro.
5 Yo oí desde mi infancia, en mi tribu paterna, que tú, Señor, elegiste a Israel de entre todos los pueblos, y a nuestros padres de entre todos sus mayores para ser herencia tuya para siempre cumpliendo en su favor cuanto dijiste.
6 Ahora hemos pecado en tu presencia y nos has entregado a nuestros enemigos
7 porque hemos honrado a sus dioses. ¡Justo eres, Señor!
8 Mas no se han contentado con nuestra amarga esclavitud, sino que han puesto sus manos en las manos de sus ídolos
9 para borrar el decreto de tu boca y destruir tu heredad; para cerrar las bocas que te alaban y apagar la gloria de tu Casa y de tu altar;
10 para abrir las bocas de las gentes en alabanza de sus dioses y admirar eternamente a un rey de carne.
11 No entregues, Señor, tu cetro a los que son nada; que no se regocijen por nuestra caída, mas vuelve en contra de ellos sus deseos, y el primero que se alzó contra nosotros has que sirva de escarmiento.
12 Acuérdate, Señor, y date a conocer en el día de nuestra aflicción; y dame a mí valor, rey de los dioses y señor de toda autoridad.
13 Pon en mis labios palabras armoniosas cuando esté en presencia del león; vuelve el odio de su corazón contra el que nos combate para ruina suya y de los que piensan como él.
14 Libranos con tus manos y acude en mi socorro, que estoy sola, y a nadie tengo, sino a ti, Señor.
15 Tú que conoces todas las cosas, sabes que odio la gloria de los malos, que aborrezco el lecho incircunciso y el de todo extranjero.
16 Tú sabes bien la necesidad en que me hallo, que me asquean los emblemas de grandeza que ciñen mi frente los días de gala como asquea el paño menstrual, y que no me los pongo en días de retiro.
17 Que tu sierva no ha comido a la mesa de Amán, que no he tenido a honra los regios festines, ni bebido el vino de las libaciones.
18 Que no tuvo tu sierva instante de alegría, desde su encumbramiento hasta el día de hoy, sino sólo en ti, Señor y Dios de Abraham.
19 Oh Dios, que dominas a todos, oye el clamor de los desesperados, libranos del poder de los malvados y librame a mí de mi temor.
Reflexión del capítulo 14
Es la famosa oración de Ester, también propia de la versión griega. Antes de presentarse al rey, Ester se dirige a Dios con todo su corazón: pide que ponga en sus labios palabras eficaces y le dé valor ante el tirano. Confiesa que aborrece el lecho del impío y que solo acude por necesidad, no por voluntad, y ruega ser libertada de sus miedos. Es una de las oraciones más conmovedoras de la Biblia: una mujer sola, asustada, pero decidida a arriesgarlo todo por su pueblo, se apoya totalmente en Dios. La oración muestra que la verdadera fortaleza nace de la entrega. Ester no se fía de su belleza ni de su astucia, sino del Dios de sus padres. La Iglesia ha recomendado esta plegaria a cuantos deben hablar con valentía ante el poder. Nos enseña que el valor cristiano no es ausencia de miedo, sino poner ese miedo en las manos de Dios.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy, si debes hablar ante alguien que te intimida, reza primero la oración de Ester: «Pon en mis labios palabras». No niegues tu miedo, pero entrégaselo a Dios. Antes de una conversación difícil, pide valor y sabiduría, y confía en que Él guiará tus palabras.
Oración
Señor, tú conoces todo en el momento de crearlo; pon palabras en mi boca y valor en mi corazón. Líbrame de mis miedos y haz que hable con la verdad que libera, confiando solo en ti. Amén.
Acerca del libro de Ester
El libro de Ester narra un episodio de la historia de los judíos durante el destierro en Persia, bajo el reinado de Asuero, identificado habitualmente con Jerjes I (siglo V a.C.). En la Biblia católica pertenece a los libros deuterocanónicos: el Concilio de Trento confirmó su carácter inspirado y canónico, y nuestra versión incluye los seis fragmentos griegos que la tradición hebrea omitió. Estos añadidos —oraciones de Mardoqueo y de Ester, el sueño, la carta de Purim— dan al relato su explícita dimensión de fe, pues el texto hebreo original apenas nombra a Dios.
La trama gira en torno a una joven judía, Ester, llevada al harem real y elegida reina, y a su pariente Mardoqueo, que descubre una conjura y se niega a postrarse ante el poderoso Amán. La vanidad ofendida de Amán desencadena un decreto de exterminio contra todos los judíos de Persia. Ester, arriesgando su vida, intercede ante el rey y salva a su pueblo. De ahí nace la fiesta de Purim, que celebra la liberación con alegría.
El tema central es la providencia discreta: Dios obра sin prodigios visibles, tejiendo los acontecimientos para salvar a los suyos. El libro también enseña el valor de la intercesión y el coraje de quien, desde la debilidad, defiende la vida. Leerlo hoy es descubrir que Dios actúa también en las cortes de los poderosos y que la fe puede vestirse de valentía y de ternura.
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