Ester
Antiguo Testamento | 16 capítulos | 274 versículos
Capítulo 15
1 []
2 «Acuérdate, le mandó a decir, de cuando eras pequeña y recibías el alimento de mi mano. Porque Amán, el segundo después del rey, ha sentenciado nuestra muerte.
3 Ora al Señor, habla al rey en favor nuestro y libranos de la muerte.»
4 Al tercer día, y una vez acabada su oración, se despojó de sus vestidos de orante y se revistió de reina.
5 Recobrada su espléndida belleza, invocó a Dios, que vela sobre todos y los salva, y tomando a dos siervas,
6 se apoyó blandamente en una de ellas,
7 mientras la otra la seguía alzando el ruedo del vestido.
8 Iba ella resplandeciente, en el apogeo de su belleza, con rostro alegre como de una enamorada, aunque su corazón estaba oprimido por la angustia.
9 Franqueando todas las puertas, llegó hasta la presencia del rey; estaba el rey sentado en el trono real, revestido de las vestiduras de las ceremonias públicas, cubierto de oro y piedras preciosas y con aspecto verdaderamente impresionante.
10 Alzando su rostro, resplandeciente de gloria, lanzó una mirada tan colmada de ira que la reina se desvaneció; perdió el color y apoyó la cabeza sobre la sierva que la precedía.
11 Mudó entonces Dios el corazón del rey en dulzura, angustiado se precipitó del trono y la tomó en sus brazos y en tanto ella se recobraba, le dirigía dulces palabras,
12 diciendo: «¿Qué ocurre, Ester? Yo soy tu hermano, ten confianza.
13 No morirás, pues mi mandato alcanza sólo al común de las gentes.
14 Acércate.»
15 []
16 Ella respondió: «Te he visto, señor, como a un ángel de Dios y mi corazón se turbó ante el temor de tu gloria.
17 Porque eres admirable, señor, y tu rostro está lleno de dignidad.»
18 Y en diciendo esto, se desmayó de nuevo.
19 El rey se turbó,, y todos sus cortesanos se esforzaron por reanimarla.
Reflexión del capítulo 15
El fragmento griego describe la entrada de Ester ante el rey, añadiendo detalles piadosos. Ella, revestida de gloria, cae desmayada de terror al ver el rostro airado de Asuero; Dios la sostiene y le devuelve el aliento, suavizando el corazón del rey, que la acoge con ternura. Se describe también cómo el Señor transforma la ira real en benevolencia. Es un relato que subraya la mano de Dios en el instante decisivo: no es solo el encanto de Ester, sino la gracia divina la que vence. El texto resalta la humanidad de la reina —su miedo real— y la fidelidad de Dios que la sostiene. Nos enseña que la providencia no anula nuestra naturaleza, sino que la fortalece en el momento preciso. Cuando creemos desfallecer, Dios nos da el aliento necesario. La escena es consuelo para todo creyente que debe dar un paso arriesgado: no estamos solos, y la gracia sostiene nuestra fragilidad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy, si sientes que vas a desfallecer ante una prueba, pide a Dios que te sostenga como sostuvo a Ester. No fingas valentía fingida; reconoce tu temblor y deja que la gracia obre. Recuerda que Dios suaviza los corazones cuando caminamos en su nombre.
Oración
Señor, tú sostuviste a Ester cuando desfallecía y suavizaste el corazón del rey. Sostenme en mis momentos de pánico y haz que tu gracia venza donde flaquea mi fuerza. Amén.
Acerca del libro de Ester
El libro de Ester narra un episodio de la historia de los judíos durante el destierro en Persia, bajo el reinado de Asuero, identificado habitualmente con Jerjes I (siglo V a.C.). En la Biblia católica pertenece a los libros deuterocanónicos: el Concilio de Trento confirmó su carácter inspirado y canónico, y nuestra versión incluye los seis fragmentos griegos que la tradición hebrea omitió. Estos añadidos —oraciones de Mardoqueo y de Ester, el sueño, la carta de Purim— dan al relato su explícita dimensión de fe, pues el texto hebreo original apenas nombra a Dios.
La trama gira en torno a una joven judía, Ester, llevada al harem real y elegida reina, y a su pariente Mardoqueo, que descubre una conjura y se niega a postrarse ante el poderoso Amán. La vanidad ofendida de Amán desencadena un decreto de exterminio contra todos los judíos de Persia. Ester, arriesgando su vida, intercede ante el rey y salva a su pueblo. De ahí nace la fiesta de Purim, que celebra la liberación con alegría.
El tema central es la providencia discreta: Dios obра sin prodigios visibles, tejiendo los acontecimientos para salvar a los suyos. El libro también enseña el valor de la intercesión y el coraje de quien, desde la debilidad, defiende la vida. Leerlo hoy es descubrir que Dios actúa también en las cortes de los poderosos y que la fe puede vestirse de valentía y de ternura.
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