Hechos

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1002 versículos

He

Capítulo 18

1 Después de esto marchó de Atenas y llegó a Corinto.

2 Se encontró con un judío llamado Aquila, originario del Ponto, que acababa de llegar de Italia, y con su mujer Priscila, por haber decretado Claudio que todos los judíos saliesen de Roma; se llegó a ellos

3 y como era del mismo oficio, se quedó a vivir y a trabajar con ellos. El oficio de ellos era fabricar tiendas.

4 Cada sábado en la sinagoga discutía, y se esforzaba por convencer a judíos y griegos.

5 Cuando llegaron de Macedonia Silas y Timoteo, Pablo se dedicó enteramente a la Palabra, dando testimonio ante los judíos de que el Cristo era Jesús.

6 Como ellos se opusiesen y profiriesen blasfemias, sacudió sus vestidos y les dijo: «Vuestra sangre recaiga sobre vuestra cabeza; yo soy inocente y desde ahora me dirigiré a los gentiles.»

7 Entonces se retiró de allí y entró en casa de un tal Justo, que adoraba a Dios, cuya casa estaba contigua a la sinagoga.

8 Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y otros muchos corintios al oír a Pablo creyeron y recibieron el bautismo.

9 El Señor dijo a Pablo durante la noche en una visión: «No tengas miedo, sigue hablando y no calles;

10 porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad.»

11 Y permaneció allí un año y seis meses, enseñando entre ellos la Palabra de Dios.

12 Siendo Galión procónsul de Acaya se echaron los judíos de común acuerdo sobre Pablo y le condujeron ante el tribunal

13 diciendo: «Este persuade a la gente para que adore a Dios de una manera contraria a la Ley.»

14 Iba Pablo a abrir la boca cuando Galión dijo a los judíos: «Si se tratara de algún crimen o mala acción, yo os escucharía, judíos, con calma, como es razón.

15 Pero como se trata de discusiones sobre palabras y nombres y cosas de vuestra Ley, allá vosotros. Yo no quiero ser juez en estos asuntos.»

16 Y los echó del tribunal.

17 Entonces todos ellos agarraron a Sóstenes, el jefe de la sinagoga, y se pusieron a golpearlo ante el tribunal sin que a Galión le diera esto ningún cuidado.

18 Pablo se quedó allí todavía bastantes días; después se despidió de los hermanos y se embarcó rumbo a Siria; con él iban Priscila y Aquila. En Cencreas se había cortado el pelo porque tenía hecho un voto.

19 Arribaron a Efeso y allí se separó de ellos. Entró en la sinagoga y se puso a discutir con los judíos.

20 Le rogaron que se quedase allí más tiempo, pero no accedió,

21 sino que se despidió diciéndoles: «Volveré a vosotros otra vez, si Dios quiere.» Y embarcándose marchó de Efeso.

22 Desembarcó en Cesarea, subió a saludar a la Iglesia y después bajó a Antioquía.

23 Después de pasar allí algún tiempo marchó a recorrer una tras otra las regiones de Galacia y Frigia para fortalecer a todos los discípulos.

24 Un judío, llamado Apolo, originario de Alejandría, hombre elocuente, que dominaba las Escrituras, llegó a Efeso.

25 Había sido instruido en el Camino del Señor y con fervor de espíritu hablaba y enseñaba con todo esmero lo referente a Jesús, aunque solamente conocía el bautismo de Juan.

26 Este, pues, comenzó a hablar con valentía en la sinagoga. Al oírle Aquila y Priscila, le tomaron consigo y le expusieron más exactamente el Camino.

27 Queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron a ello y escribieron a los discípulos para que le recibieran. Una vez allí fue de gran provecho, con el auxilio de la gracia, a los que habían creído;

28 pues refutaba vigorosamente en público a los judíos, demostrando por las Escrituras que el Cristo era Jesús.

Reflexión del capítulo 18

En Corinto, Pablo encuentra a Aquila y Priscila, judíos expulsados de Roma, y trabaja con ellos como fabricante de tiendas, compartiendo además la predicación cada sábado. Ante la creciente oposición, el Señor le aparece en visión animándolo a no temer y a seguir hablando. Pablo permanece año y medio, y el procónsul Galión desestima la acusación de los judíos, garantizando cierta protección. El capítulo presenta también a Apolo, elocuente alejandrino, que conoce el bautismo de Juan; Priscila y Aquila lo instruyen con más precisión en el camino de Dios. Este relato muestra la Iglesia doméstica y el valor del matrimonio cristiano en la evangelización. Nos enseña que el trabajo manual y la predicación van unidos, y que la formación continua es necesaria incluso para los dotados. Para nosotros, Hechos 18 recuerda que Dios anima a perseverar cuando la labor parece estéril, y que la acogida mutua entre hermanos fortalece la transmisión de la fe. La hospitalidad de Aquila y Priscila es modelo de misión en el hogar.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy ofrece hospitalidad o formación a un hermano en la fe, y no separes tu trabajo diario de tu testimonio cristiano.

Oración

Señor, que como Aquila, Priscila y Pablo integremos el trabajo y la fe. Danos perseverar cuando el fruto tarda y acoger a los que buscan tu verdad. Amén.

Acerca del libro de Hechos

Los Hechos de los Apóstoles, tradicionalmente atribuido a san Lucas, médico y compañero de Pablo, constituye la segunda parte de su obra, continuación directa del Evangelio que lleva su nombre. Escrito hacia el año 80-90 d.C., el libro narra la expansión del Evangelio desde Jerusalén hasta los confines del imperio romano, mostrando cómo la promesa de Jesús se cumple mediante la acción del Espíritu Santo. En su contexto histórico, Hechos surge en una comunidad que enfrenta tanto la persecución externa como la urgencia de definir su identidad frente al judaísmo y al mundo gentil. Literariamente, es una obra de historia salvífica que entrelaza discursos, milagros y viajes misioneros en un relato teológicamente orientado.

Los temas centrales son la obra del Espíritu Santo, la oración, la comunión de bienes, el testimonio ante las autoridades y la apertura universal de la salvación a judíos y gentiles por igual. Hechos ocupa un lugar único en la historia de la salvación: es el puente entre el ministerio terreno de Cristo y la vida de la Iglesia. Nos muestra a la Iglesia naciendo, orando, sufriendo y creciendo no por estrategia humana, sino por la fuerza del Resucitado. Pedro abre las puertas a los judíos, Esteban da el primer testimonio de sangre, Felipe evangeliza a los marginados y Pablo lleva el nombre de Cristo ante reyes y filósofos.

Para leerlo hoy en oración, Hechos nos recuerda que la misión no es nostalgia, sino presencia viva del Espíritu. Cada página invita a confiar en que Dios abre caminos donde solo vemos muros. Leer Hechos orantemente es dejarse interpelar: ¿dejo que el Espíritu me mueva a dar testimonio? ¿creo que la Iglesia sigue siendo hoy el lugar donde el Resucitado actúa? Que nuestra lectura despierte el fuego misionero que transformó al mundo antiguo.

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