Hechos

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1002 versículos

He

Capítulo 8

1 Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, a excepción de los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria.

2 Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él.

3 Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel.

4 Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra.

5 Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo.

6 La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales que realizaba;

7 pues de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados.

8 Y hubo una gran alegría en aquella ciudad.

9 En la ciudad había ya de tiempo atrás un hombre llamado Simón que practicaba la magia y tenía atónito al pueblo de Samaria y decía que él era algo grande.

10 Y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención y decían: «Este es la Potencia de Dios llamada la Grande.»

11 Le prestaban atención porque les había tenido atónitos por mucho tiempo con sus artes mágicas.

12 Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres.

13 Hasta el mismo Simón creyó y, una vez bautizado, no se apartaba de Felipe; y estaba atónito al ver las señales y grandes milagros que se realizaban.

14 Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan.

15 Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo;

16 pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús.

17 Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

18 Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu, les ofreció dinero diciendo:

19 «Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo impoga las manos.»

20 Pedro le contestó: «Vaya tu dinero a la perdición y tú con él; pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero.

21 En este asunto no tienes tú parte ni herencia, pues tu corazón no es recto delante de Dios.

22 Arrepiéntete, pues, de esa tu maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdona ese pensamiento de tu corazón;

23 porque veo que tú estás en hiel de amargura y en ataduras de iniquidad.»

24 Simón respondió: «Rogad vosotros al Señor por mí, para que no venga sobre mí ninguna de esas cosas que habéis dicho.»

25 Ellos, después de haber dado testimonio y haber predicado la Palabra del Señor, se volvieron a Jerusalén evangelizando muchos pueblos samaritanos.

26 El Angel del Señor habló a Felipe diciendo: «Levántate y marcha hacia el mediodía por el camino que baja de Jerusalén a Gaza. Es desierto.»

27 Se levantó y partió. Y he aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros, y había venido a adorar en Jerusalén,

28 regresaba sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías.

29 El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y ponte junto a ese carro.»

30 Felipe corrió hasta él y le oyó leer al profeta Isaías; y le dijo: «¿Entiendes lo que vas leyendo?»

31 El contestó: «¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía?» Y rogó a Felipe que subiese y se sentase con él.

32 El pasaje de la Escritura que iba leyendo era éste: «Fue llevado como una oveja al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, así él no abre la boca.

33 En su humillación le fue negada la justicia; ¿quién podrá contar su descendencia? Porque su vida fue arrancada de la tierra.»

34 El eunuco preguntó a Felipe: «Te ruego me digas de quién dice esto el profeta: ¿de sí mismo o de otro?»

35 Felipe entonces, partiendo de este texto de la Escritura, se puso a anunciarle la Buena Nueva de Jesús.

36 Siguiendo el camino llegaron a un sitio donde había agua. El eunuco dijo: «Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?»

38 Y mandó detener el carro. Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y lo bautizó,

39 y en saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y ya no le vio más el eunuco, que siguió gozoso su camino.

40 Felipe se encontró en Azoto y recorría evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea.

Reflexión del capítulo 8

La persecución desatada tras la muerte de Esteban dispersa a los creyentes, y Felipe baja a Samaria anunciando a Cristo. El pueblo escucha y ve los signos, y muchos se convierten, incluido un tal Simón, mago conocido, que queda fascinado. Cuando Pedro y Juan llegan y imponen las manos para conferir el Espíritu, Simón quiere comprar ese poder con dinero, recibiendo la firme reprensión de Pedro: su corazón no es recto ante Dios. El relato condena la simonía, la pretensión de mercantilizar lo sagrado. Luego Felipe, movido por el Espíritu, encuentra al tesorero etíope, un eunuco que lee Isaías, y le explica el pasaje del Siervo sufriente, bautizándolo al confirmar su fe. Este capítulo muestra la expansión del Evangelio más allá de Judea y la apertura a los marginados. Para nosotros, Simón advierte contra reducir la fe a intereses; el bautismo y el Espíritu son don gratuito. La escena del eunuco recuerda que Cristo acoge a quienes la Ley excluía, cumpliendo la promesa de salvación para todos los pueblos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Agradece hoy gratuitamente los dones de Dios y evita toda actitud de querer controlar o comprar lo sagrado; acoge a quienes suelen quedar excluidos.

Oración

Señor, que como Felipe sepamos explicar tu palabra a los que buscan, y que ningún don tuyo se vuelva mercancía. Ilumina a los que te buscan. Amén.

Acerca del libro de Hechos

Los Hechos de los Apóstoles, tradicionalmente atribuido a san Lucas, médico y compañero de Pablo, constituye la segunda parte de su obra, continuación directa del Evangelio que lleva su nombre. Escrito hacia el año 80-90 d.C., el libro narra la expansión del Evangelio desde Jerusalén hasta los confines del imperio romano, mostrando cómo la promesa de Jesús se cumple mediante la acción del Espíritu Santo. En su contexto histórico, Hechos surge en una comunidad que enfrenta tanto la persecución externa como la urgencia de definir su identidad frente al judaísmo y al mundo gentil. Literariamente, es una obra de historia salvífica que entrelaza discursos, milagros y viajes misioneros en un relato teológicamente orientado.

Los temas centrales son la obra del Espíritu Santo, la oración, la comunión de bienes, el testimonio ante las autoridades y la apertura universal de la salvación a judíos y gentiles por igual. Hechos ocupa un lugar único en la historia de la salvación: es el puente entre el ministerio terreno de Cristo y la vida de la Iglesia. Nos muestra a la Iglesia naciendo, orando, sufriendo y creciendo no por estrategia humana, sino por la fuerza del Resucitado. Pedro abre las puertas a los judíos, Esteban da el primer testimonio de sangre, Felipe evangeliza a los marginados y Pablo lleva el nombre de Cristo ante reyes y filósofos.

Para leerlo hoy en oración, Hechos nos recuerda que la misión no es nostalgia, sino presencia viva del Espíritu. Cada página invita a confiar en que Dios abre caminos donde solo vemos muros. Leer Hechos orantemente es dejarse interpelar: ¿dejo que el Espíritu me mueva a dar testimonio? ¿creo que la Iglesia sigue siendo hoy el lugar donde el Resucitado actúa? Que nuestra lectura despierte el fuego misionero que transformó al mundo antiguo.

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