Hechos

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1002 versículos

He

Capítulo 9

1 Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote,

2 y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén.

3 Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo,

4 cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?»

5 El respondió: «¿Quién eres, Señor?» Y él: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues.

6 Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.»

7 Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie.

8 Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco.

9 Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber.

10 Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: «Ananías.» El respondió: «Aquí estoy, Señor.»

11 Y el Señor: «Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración

12 y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista.»

13 Respondió Ananías: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén

14 y que está aquí con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.»

15 El Señor le contestó: «Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.

16 Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre.»

17 Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.»

18 Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado.

19 Tomó alimento y recobró las fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco,

20 y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios.

21 Todos los que le oían quedaban atónitos y decían: «¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban ese nombre, y no ha venido aquí con el objeto de llevárselos atados a los sumos sacerdotes?»

22 Pero Saulo se crecía y confundía a los judíos que vivían en Damasco demostrándoles que aquél era el Cristo.

23 Al cabo de bastante tiempo los judíos tomaron la decisión de matarle.

24 Pero Saulo tuvo conocimiento de su determinación. Hasta las puertas estaban guardadas día y noche para poderle matar.

25 Pero los discípulos le tomaron y le descolgaron de noche por la muralla dentro de una espuerta.

26 Llegó a Jerusalén e intentaba juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo.

27 Entonces Bernabé le tomó y le presentó a los apóstoles y les contó cómo había visto al Señor en el camino y que le había hablado y cómo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús.

28 Andaba con ellos por Jerusalén, predicando valientemente en el nombre del Señor.

29 Hablaba también y discutía con los helenistas; pero éstos intentaban matarle.

30 Los hermanos, al saberlo, le llevaron a Cesarea y le hicieron marchar a Tarso.

31 Las Iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo.

32 Pedro, que andaba recorriendo todos los lugares, bajó también a visitar a los santos que habitaban en Lida.

33 Encontró allí a un hombre llamado Eneas, tendido en una camilla desde hacía ocho años, pues estaba paralítico.

34 Pedro le dijo: «Eneas, Jesucristo te cura; levántate y arregla tu lecho.» Y al instante se levantó.

35 Todos los habitantes de Lida y Sarón le vieron, y se convirtieron al Señor.

36 Había en Joppe una discípula llamada Tabitá, que quiere decir Dorcás. Era rica en buenas obras y en limosnas que hacía.

37 Por aquellos días enfermó y murió. La lavaron y la pusieron en la estancia superior.

38 Lida está cerca de Joppe, y los discípulos, al enterarse que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres con este ruego: «No tardes en venir a nosotros.»

39 Pedro partió inmediatamente con ellos. Así que llegó le hicieron subir a la estancia superior y se le presentaron todas las viudas llorando y mostrando las túnicas y los mantos que Dorcás hacía mientras estuvo con ellas.

40 Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró; después se volvió al cadáver y dijo: «Tabitá, levántate.» Ella abrió sus ojos y al ver a Pedro se incorporó.

41 Pedro le dio la mano y la levantó. Llamó a los santos y a las viudas y se la presentó viva.

42 Esto se supo por todo Joppe y muchos creyeron en el Señor.

43 Pedro permaneció en Joppe bastante tiempo en casa de un tal Simón, curtidor.

Reflexión del capítulo 9

El capítulo 9 relata la conversión de Saulo de Tarso, el perseguidor, en el camino de Damasco. Una luz del cielo lo derriba y la voz de Jesús le pregunta por qué lo persigue, revelándole que atacar a la Iglesia es atacar al mismo Cristo. Ciego durante tres días, Saulo es enviado a Ananías, quien, superando el temor, lo bautiza y recupera la vista. El antiguo enemigo se convierte en apóstol ardoroso, predicando que Jesús es el Hijo de Dios, lo que obliga a los hermanos a sacarlo en una canasta por la muralla. Paralelamente, Pedro sana a Eneas y resucita a Tabita en Jope, confirmando la autoridad de los apóstoles. Este capítulo es la demostración máxima del poder transformador de la gracia: nadie está fuera del alcance de la misericordia de Dios. Saulo encarna la esperanza de que el peor enemigo puede volverse el mayor testigo. Para nosotros, su experiencia nos recuerda que la fe auténtica supone un encuentro personal con Cristo que cambia la vida. La obediencia de Ananías enseña a no juzgar por las apariencias y a colaborar con el plan de Dios sobre los demás.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy reza por alguien que consideras lejano a Dios, confiando en su gracia transformadora, y acoge las misiones inesperadas que Dios te confía.

Oración

Señor, que como san Pablo nos encontremos contigo y dejemos que tu gracia transforme nuestra vida. Haz de nosotros testigos de tu misericordia. Amén.

Acerca del libro de Hechos

Los Hechos de los Apóstoles, tradicionalmente atribuido a san Lucas, médico y compañero de Pablo, constituye la segunda parte de su obra, continuación directa del Evangelio que lleva su nombre. Escrito hacia el año 80-90 d.C., el libro narra la expansión del Evangelio desde Jerusalén hasta los confines del imperio romano, mostrando cómo la promesa de Jesús se cumple mediante la acción del Espíritu Santo. En su contexto histórico, Hechos surge en una comunidad que enfrenta tanto la persecución externa como la urgencia de definir su identidad frente al judaísmo y al mundo gentil. Literariamente, es una obra de historia salvífica que entrelaza discursos, milagros y viajes misioneros en un relato teológicamente orientado.

Los temas centrales son la obra del Espíritu Santo, la oración, la comunión de bienes, el testimonio ante las autoridades y la apertura universal de la salvación a judíos y gentiles por igual. Hechos ocupa un lugar único en la historia de la salvación: es el puente entre el ministerio terreno de Cristo y la vida de la Iglesia. Nos muestra a la Iglesia naciendo, orando, sufriendo y creciendo no por estrategia humana, sino por la fuerza del Resucitado. Pedro abre las puertas a los judíos, Esteban da el primer testimonio de sangre, Felipe evangeliza a los marginados y Pablo lleva el nombre de Cristo ante reyes y filósofos.

Para leerlo hoy en oración, Hechos nos recuerda que la misión no es nostalgia, sino presencia viva del Espíritu. Cada página invita a confiar en que Dios abre caminos donde solo vemos muros. Leer Hechos orantemente es dejarse interpelar: ¿dejo que el Espíritu me mueva a dar testimonio? ¿creo que la Iglesia sigue siendo hoy el lugar donde el Resucitado actúa? Que nuestra lectura despierte el fuego misionero que transformó al mundo antiguo.

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