Hechos

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1002 versículos

He

Capítulo 20

1 Cuando hubo cesado el tumulto, Pablo mandó llamar a los discípulos, los animó, se despidió de ellos y salió camino de Macedonia.

2 Recorrió aquellas regiones y exhortó a los fieles con largos discursos; después marchó a Grecia.

3 Pasó allí tres meses. Los judíos tramaron una conjuración contra él cuando estaba a punto de embarcarse para Siria; entonces él tomó la determinación de volver por Macedonia.

4 Le acompañaban Sópatros, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Doberes, y Timoteo; Tíquico y Trófimo, de Asia.

5 Estos se adelantaron y nos esperaron en Tróada.

6 Nosotros, después de los días de los Azimos, nos embarcamos en Filipos y al cabo de cinco días nos unimos a ellos en Tróada donde pasamos siete días.

7 El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía marchar al día siguiente, conversaba con ellos y alargó la charla hasta la media noche.

8 Había abundantes lámparas en la estancia superior donde estábamos reunidos.

9 Un joven, llamado Eutico, estaba sentado en el borde de la ventana; un profundo sueño le iba dominando a medida que Pablo alargaba su discurso. Vencido por el sueño se cayó del piso tercero abajo. Lo levantaron ya cadáver.

10 Bajó Pablo, se echó sobre él y tomándole en sus brazos dijo: «No os inquietéis, pues su alma está en él.»

11 Subió luego; partió el pan y comió; después platicó largo tiempo, hasta el amanecer. Entonces se marchó.

12 Trajeron al muchacho vivo y se consolaron no poco.

13 Nosotros nos adelantamos a tomar la nave y partimos hacia Asso, donde habíamos de recoger a Pablo; así lo había él determinado; él iría por tierra.

14 Cuando nos alcanzó en Asso, le tomamos a bordo y llegamos a Mitilene.

15 Al día siguiente nos hicimos a la mar y llegamos a la altura de Quíos; al otro día atracamos en Samos y, después de hacer escala en Trogilión, llegamos al día siguiente a Mileto.

16 Pablo había resuelto pasar de largo por Efeso, para no perder tiempo en Asia. Se daba prisa, porque quería estar, si le era posible, el día de Pentecostés en Jerusalén.

17 Desde Mileto envió a llamar a los presbíteros de la Iglesia de Efeso.

18 Cuando llegaron donde él, les dijo: «Vosotros sabéis cómo me comporté siempre con vosotros, desde el primer día que entré en Asia,

19 sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las pruebas que me vinieron por las asechanzas de los judíos;

20 cómo no me acobardé cuando en algo podía seros útil; os predicaba y enseñaba en público y por las casas,

21 dando testimonio tanto a judíos como a griegos para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.

22 «Mirad que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá;

23 solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones.

24 Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.

25 «Y ahora yo sé que ya no volveréis a ver mi rostro ninguno de vosotros, entre quienes pasé predicando el Reino.

26 Por esto os testifico en el día de hoy que yo estoy limpio de la sangre de todos,

27 pues no me acobardé de anunciaros todo el designio de Dios.

28 «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo.

29 «Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño;

30 y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí.

31 Por tanto, vigilad y acordaos que durante tres años no he cesado de amonestaros día y noche con lágrimas a cada uno de vosotros.

32 «Ahora os encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados.

33 «Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos.

34 Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros.

35 En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir.»

36 Dicho esto se puso de rodillas y oro con todos ellos.

37 Rompieron entonces todos a llorar y arrojándose al cuello de Pablo, le besaban,

38 afligidos sobre todo por lo que había dicho: que ya no volverían a ver su rostro. Y fueron acompañandole hasta la nave.

Reflexión del capítulo 20

De regreso, Pablo pasa por Macedonia y Grecia, y en Troas, durante una larga reunión nocturna, un joven llamado Eutico se duerme en la ventana y cae del tercer piso; Pablo lo abraza y lo devuelve con vida, señal de la autoridad apostólica. Luego, en Mileto, reúne a los presbíteros de Éfeso y les dirige un conmovedor discurso de despedida: recuerda su servicio con humildad y lágrimas, les advierte sobre lobos rapaces que surgirán, y los encomienda a Dios y a su palabra gratuita. Este capítulo muestra el amor pastoral de Pablo y el cuidado de la grey. Nos revela que el ministerio es servicio, no dominio, y que la fidelidad exige vigilar contra el error. La escena de Eutico subraya la cercanía de Pablo incluso en lo cotidiano. Para nosotros, Hechos 20 enseña que el pastor debe entregarse sin reservas y preparar a la comunidad para sostenerse en la verdad. La recomendación de trabajar para ayudar a los débiles resume el Evangelio del amor obrero y generoso.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy cuida concreta y gratuitamente a alguien débil de tu entorno, recordando las palabras de Jesús: hay más felicidad en dar que en recibir.

Oración

Señor, que como Pablo seamos pastores y hermanos que sirven con humildad. Encomendamos a tu Iglesia y pedimos perseverar en tu amor. Amén.

Acerca del libro de Hechos

Los Hechos de los Apóstoles, tradicionalmente atribuido a san Lucas, médico y compañero de Pablo, constituye la segunda parte de su obra, continuación directa del Evangelio que lleva su nombre. Escrito hacia el año 80-90 d.C., el libro narra la expansión del Evangelio desde Jerusalén hasta los confines del imperio romano, mostrando cómo la promesa de Jesús se cumple mediante la acción del Espíritu Santo. En su contexto histórico, Hechos surge en una comunidad que enfrenta tanto la persecución externa como la urgencia de definir su identidad frente al judaísmo y al mundo gentil. Literariamente, es una obra de historia salvífica que entrelaza discursos, milagros y viajes misioneros en un relato teológicamente orientado.

Los temas centrales son la obra del Espíritu Santo, la oración, la comunión de bienes, el testimonio ante las autoridades y la apertura universal de la salvación a judíos y gentiles por igual. Hechos ocupa un lugar único en la historia de la salvación: es el puente entre el ministerio terreno de Cristo y la vida de la Iglesia. Nos muestra a la Iglesia naciendo, orando, sufriendo y creciendo no por estrategia humana, sino por la fuerza del Resucitado. Pedro abre las puertas a los judíos, Esteban da el primer testimonio de sangre, Felipe evangeliza a los marginados y Pablo lleva el nombre de Cristo ante reyes y filósofos.

Para leerlo hoy en oración, Hechos nos recuerda que la misión no es nostalgia, sino presencia viva del Espíritu. Cada página invita a confiar en que Dios abre caminos donde solo vemos muros. Leer Hechos orantemente es dejarse interpelar: ¿dejo que el Espíritu me mueva a dar testimonio? ¿creo que la Iglesia sigue siendo hoy el lugar donde el Resucitado actúa? Que nuestra lectura despierte el fuego misionero que transformó al mundo antiguo.

Compartir

Enlace copiado