Hechos

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1002 versículos

He

Capítulo 7

1 El Sumo Sacerdote preguntó: «¿Es así?»

2 El respondió: «Hermanos y padres, escuchad. El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se estableciese en Jarán

3 y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que yo te muestre.

4 Entonces salió de la tierra de los caldeos y se estableció en Jarán. Y después de morir su padre, Dios le hizo emigrar de allí a esta tierra que vosotros habitáis ahora.

5 Y no le dio en ella en heredad ni la medida de la planta del pie; sino que prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él, aunque no tenía ningún hijo.

6 Dios habló así: Tus descendientes residirán como forasteros en tierra extraña y les esclavizarán y les maltratarán durante cuatrocientos años.

7 Pero yo juzgaré - dijo Dios - a la nación a la que sirvan como esclavos, y después saldrán y me darán culto en este mismo lugar.

8 Le dio, además, la alianza de la circuncisión; y así, al engendrar a Isaac, Abraham le circuncidó el octavo día, y lo mismo Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.

9 «Los patriarcas, envidiosos de José, le vendieron con destino a Egipto. Pero Dios estaba con él

10 y le libró de todas sus tribulaciones y le dio gracia y sabiduría ante Faraón, rey de Egipto, quien le nombró gobernador de Egipto y de toda su casa.

11 Sobrevino entonces en todo Egipto y Canaán hambre y gran tribulación; nuestros padres no encontraban víveres.

12 Pero al oír Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres una primera vez;

13 la segunda vez José se dio a conocer a sus hermanos y conoció Faraón el linaje de José.

14 José envió a buscar a su padre Jacob y a toda su parentela que se componía de 75 personas.

15 Jacob bajó a Egipto donde murió él y también nuestros padres;

16 y fueron trasladados a Siquem y depositados en el sepulcro que había comprado Abraham a precio de plata a los hijos de Jamor, padre de Siquem.

17 «Conforme se iba acercando el tiempo de la promesa que Dios había hecho a Abraham, creció el pueblo y se multiplicó en Egipto,

18 hasta que se alzó un nuevo rey en Egipto que no se acordó de José.

19 Obrando astutamente contra nuestro linaje, este rey maltrató a nuestros padres hasta obligarles a exponer sus niños, para que no vivieran.

20 En esta coyuntura nació Moisés, que era hermoso a los ojos de Dios. Durante tres meses fue criado en la casa de su padre;

21 después fue expuesto y le recogió la hija de Faraón, quien le crió como hijo suyo.

22 Moisés fue educado en toda la sabiduría de los egipcios y fue poderoso en sus palabras y en sus obras.

23 «Cuando cumplió la edad de cuarenta años, se le ocurrió la idea de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel.

24 Y al ver que uno de ellos era maltratado, tomó su defensa y vengó al oprimido matando al egipcio.

25 Pensaba él que sus hermanos comprenderían que Dios les daría la salvación por su mano; pero ellos no lo comprendieron.

26 Al día siguiente se les presentó mientras estaban peleándose y trataba de ponerles en paz diciendo: "Amigos, que sois hermanos, ¿por qué os maltratáis uno a otro?"

27 Pero el que maltrataba a su compañero le rechazó diciendo: " ¿Quién te ha nombrado jefe y juez sobre nosotros?

28 ¿Es que quieres matarme a mí como mataste ayer al egipcio? "

29 Al oír esto Moisés huyó y vivió como forastero en la tierra de Madián, donde tuvo dos hijos.

30 «Al cabo de cuarenta años se le apareció un ángel en el desierto del monte Sinaí, sobre la llama de una zarza ardiendo.

31 Moisés se maravilló al ver la visión, y al acercarse a mirarla, se dejó oír la voz del Señor:

32 " Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. " Moisés temblaba y no se atrevía a mirar.

33 El Señor le dijo: "Quítate las sandalias de los pies, pues el lugar donde estás es tierra santa.

34 Bien vista tengo la opresión de mi pueblo que está en Egipto y he oído sus gemidos y he bajado a librarles. Y ahora ven, que te enviaré a Egipto."

35 «A este Moisés, de quien renegaron diciéndole: ¿quién te ha nombrado jefe y juez? , a éste envió Dios como jefe y redentor por mano del ángel que se le apareció en la zarza.

36 Este les sacó, realizando prodigios y señales en la tierra de Egipto, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años.

37 Este es el Moisés que dijo a los israelitas: Dios os suscitará un profeta como yo de entre vuestros hermanos.

38 Este es el que, en la asamblea del desierto, estuvo con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres; el que recibió palabras de vida para comunicárnoslas;

39 este es aquel a quien no quisieron obedecer nuestros padres, sino que le rechazaron para volver su corazón hacia Egipto,

40 y dijeron a Aarón: "Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque este Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto no sabemos qué ha sido de él."

41 E hicieron aquellos días un becerro y ofrecieron un sacrificio al ídolo e hicieron una fiesta a las obras de sus manos.

42 Entonces Dios se apartó de ellos y los entregó al culto del ejército del cielo, como está escrito en el libro de los Profetas: ¿Es que me ofrecisteis víctimas y sacrificios durante cuarenta años en el desierto, casa de Israel?

43 Os llevasteis la tienda de Moloc y la estrella del dios Refán, las imágenes que hicisteis para adorarlas; pues yo os llevaré más allá de Babilonia.

44 «Nuestros padres tenían en el desierto la Tienda del Testimonio, como mandó el que dijo a Moisés que la hiciera según el modelo que había visto.

45 Nuestros padres que les sucedieron la recibieron y la introdujeron bajo el mando de Josué en el país ocupado por los gentiles, a los que Dios expulsó delante de nuestros padres, hasta los días de David,

46 que halló gracia ante Dios y pidió encontrar una Morada para la casa de Jacob.

47 Pero fue Salomón el que le edificó Casa,

48 aunque el Altísimo no habita en casas hechas por mano de hombre como dice el profeta:

49 El cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies. Dice el Señor: ¿Qué Casa me edificaréis? O ¿cuál será el lugar de mi descanso?

50 ¿Es que no ha hecho mi mano todas estas cosas?

51 «¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros!

52 ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado;

53 vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado.»

54 Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él.

55 Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios;

56 y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios.»

57 Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él;

58 le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.

59 Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.»

60 Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y diciendo esto, se durmió.

Reflexión del capítulo 7

Esteban pronuncia ante el Sanedrín el discurso más extenso de Hechos, recorriendo la historia de Israel desde Abraham hasta Salomón para demostrar que la salvación siempre vino por la acción de Dios, no por la fidelidad del templo ni de las instituciones. Denuncia la rebeldía constante del pueblo, que persiguió a los profetas y ahora entrega al Justo. Su mirada se eleva entonces y contempla los cielos abiertos, al Hijo del Hombre a la derecha de Dios. Arrastrado fuera de la ciudad, Esteban es apedreado, perdonando a sus verdugos y encomendando su espíritu al Señor, imitando a Cristo en la cruz. Este capítulo es la coronación del testimonio: el primer mártir de la Iglesia sella con su sangre la verdad del Evangelio. Nos revela que el culto verdadero no está atado a un lugar, sino al corazón que acoge a Dios. Para nosotros, Esteban enseña a perdonar incluso en el odio y a mantener los ojos fijos en Cristo. Su muerte, presenciada por Saulo, será la semilla de la futura conversión del gran evangelizador.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Practica hoy el perdón concreto: reza por quien te ha ofendido y, si es posible, dale un gesto de paz sin guardar rencor.

Oración

Señor Jesús, que recibiste el espíritu de Esteban, enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a morir confiando en tu misericordia. Amén.

Acerca del libro de Hechos

Los Hechos de los Apóstoles, tradicionalmente atribuido a san Lucas, médico y compañero de Pablo, constituye la segunda parte de su obra, continuación directa del Evangelio que lleva su nombre. Escrito hacia el año 80-90 d.C., el libro narra la expansión del Evangelio desde Jerusalén hasta los confines del imperio romano, mostrando cómo la promesa de Jesús se cumple mediante la acción del Espíritu Santo. En su contexto histórico, Hechos surge en una comunidad que enfrenta tanto la persecución externa como la urgencia de definir su identidad frente al judaísmo y al mundo gentil. Literariamente, es una obra de historia salvífica que entrelaza discursos, milagros y viajes misioneros en un relato teológicamente orientado.

Los temas centrales son la obra del Espíritu Santo, la oración, la comunión de bienes, el testimonio ante las autoridades y la apertura universal de la salvación a judíos y gentiles por igual. Hechos ocupa un lugar único en la historia de la salvación: es el puente entre el ministerio terreno de Cristo y la vida de la Iglesia. Nos muestra a la Iglesia naciendo, orando, sufriendo y creciendo no por estrategia humana, sino por la fuerza del Resucitado. Pedro abre las puertas a los judíos, Esteban da el primer testimonio de sangre, Felipe evangeliza a los marginados y Pablo lleva el nombre de Cristo ante reyes y filósofos.

Para leerlo hoy en oración, Hechos nos recuerda que la misión no es nostalgia, sino presencia viva del Espíritu. Cada página invita a confiar en que Dios abre caminos donde solo vemos muros. Leer Hechos orantemente es dejarse interpelar: ¿dejo que el Espíritu me mueva a dar testimonio? ¿creo que la Iglesia sigue siendo hoy el lugar donde el Resucitado actúa? Que nuestra lectura despierte el fuego misionero que transformó al mundo antiguo.

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