II Corintios

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 256 versículos

2 Cor

Capítulo 1

1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya;

2 a vosotros gracia y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo.

3 ¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de los misericordias y Dios de toda consolación,

4 que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!

5 Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación.

6 Si somos atribulados, lo somos para consuelo y salvación vuestra; si somos consolados, lo somos para el consuelo vuestro, que os hace soportar con patiencia los mismos sufrimientos que también nosotros soportamos.

7 Es firme nuestra esperanza respecto de vosotros; pues sabemos que, como sois solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo seréis también en la consolación.

8 Pues no queremos que lo ignoréis, hermanos: la tribulación sufrida en Asia nos abrumó hasta el extremo, por encima de nuestras fuerzas, hasta tal punto que perdimos la esperanza de conservar la vida.

9 Pues hemos tenido sobre nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.

10 El nos libró de tan mortal peligro, y nos librará; en él esperamos que nos seguirá librando,

11 si colaboráis también vosotros con la oración en favor nuestro, para que la gracia obtenida por intervención de muchos sea por muchos agradecida en nuestro nombre.

12 El motivo de nuestro orgullo es el testimonio de nuestra conciencia, de que nos hemos conducido en el mundo, y sobre todo respecto de vosotros, con la santidad y la sinceridad que vienen de Dios, y no con la sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios.

13 Pues no os escribimos otra cosa que lo que leéis y comprendéis, y espero comprenderéis plenamente,

14 como ya nos habéis comprendido en parte, que somos nosotros el motivo de vuestro orgullo, lo mismo que vosotros seréis el nuestro en el Día de nuestro Señor Jesús.

15 Con este convencimiento quería yo ir primero donde vosotros a fin de procuraros una segunda gracia,

16 y pasando por vosotros ir a Macedonia y volver nuevamente de Macedonia donde vosotros, y ser encaminado por vosotros hacia Judea.

17 Al proponerme esto ¿obré con ligereza? O ¿se inspiraban mis proyectos en la carne, de forma que se daban en mí el sí y el no?

18 ¡Por la fidelidad de Dios!, que la palabra que os dirigimos no es sí y no.

19 Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en él no hubo más que sí.

20 Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por eso decimos por él «Amén» a la gloria de Dios.

21 Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió,

22 y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones.

23 ¡Por mi vida!, testigo me es Dios de que, si todavía no he ido a Corinto, ha sido por miramiento a vosotros.

24 No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro gozo, pues os mantenéis firmes en la fe.

Reflexión del capítulo 1

El primer capítulo abre con una bendición al Dios de todo consuelo, que nos consuela en toda tribulación «para poder nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación». Pablo comparte que en Asia sufrió tanto que perdió la esperanza de vivir, pero eso le enseñó a confiar en Dios, que resucita a los muertos. El apóstol nos revela una espiritualidad del consuelo: el dolor recibido se convierte en capacidad de aliviar a otros. No somos consolados para quedarnos pasivos, sino para ser canales. El capítulo también aborda la transparencia de Pablo: explica por qué cambió su plan de viaje, rechazando la acusación de ligereza; su palabra es sí y amén en Cristo. Para nosotros, el pasaje enseña que Dios permite prisones y angustias para despegarnos de la autosuficiencia y enseñarnos a depender de Él. La comunión en el sufrimiento y en la oración mutua sostiene a la Iglesia. El consuelo divino no elimina la cruz, pero la llena de sentido y de fraternidad. La debilidad compartida es vínculo de amor entre los creyentes.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy consuela a alguien que sufre con una palabra o presencia, usando la experiencia de tu propia tribulación pasada. Agradece a Dios el consuelo recibido. En tus planes, busca la sinceridad y la fidelidad a tu palabra.

Oración

Dios de todo consuelo, que me consuelas en la tribulación, hazme instrumento de tu consuelo para los hermanos. Enséñame a confiar en ti cuando la esperanza decae. Amén.

Acerca del libro de II Corintios

La segunda carta a los Corintios es una de las epístolas más personales y emocionantes del apóstol san Pablo, escrita hacia el año 56 o 57 d.C. desde Macedonia, poco después de una dolorosa visita y de una «carta de lágrimas». Dirigida a la Iglesia de Corinto, una comunidad vibrante pero dividida y expuesta a falsos apóstoles, el texto revela el corazón de Pablo más que su doctrina sistemática. El apóstol defiende su ministerio, no con arrogancia, sino mostrando su debilidad, sus sufrimientos y la fuerza de Cristo que en ella se manifiesta. La carta es tesoro de la teología católica sobre el ministerio, la reconciliación, la colecta para los pobres de Jerusalén y la cruz como poder de Dios. Nos enseña que el verdadero apóstol es «vaso de barro» que porta un tesoro inmenso, y que la autoridad cristiana se ejerce en el servicio y el amor. La Iglesia lee II Corintios como escuela de la vida espiritual: el consuelo de Dios, el aguijón de la carne, la gloria en las debilidades y la certeza de la resurrección. Leerla con oración nos acerca al misterio de un Dios que se revela en la fragilidad humana y nos convoca a la reconcilación con Él y con los hermanos.

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