II Corintios

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 256 versículos

2 Cor

Seleccionar Capítulo

Capítulo 10 de 13

Capítulo 10

1 Soy yo, Pablo en persona, quien os suplica por la mansedumbre y la benignidad de Cristo, yo tan humilde cara a cara entre vosotros, y tan atrevido con vosotros desde lejos.

2 Os ruego que no tenga que mostrarme atrevido en presencia vuestra, con esa audacia con que pienso atreverme contra algunos que consideran procedemos según la carne.

3 Pues aunque vivimos en la carne no combatimos según la carne.

4 ¡No!, las armas de nuestro combate no son carnales, antes bien, para la causa de Dios, son capaces de arrasar fortalezas. Deshacemos sofismas

5 y toda altanería que se subleva contra el conocimiento de Dios y reducimos a cautiverio todo entendimiento para obediencia de Cristo.

6 Y estamos dispuestos a castigar toda desobediencia cuando vuestra obediencia sea perfecta.

7 ¡Mirad cara a cara! Si alguien cree ser de Cristo, considere una vez más dentro de sí mismo esto: si él es de Cristo, también lo somos nosotros.

8 Y aun cuando me gloriara excediéndome algo, respecto de ese poder nuestro que el Señor nos dio para edificación vuestra y no para ruina, no me avergonzaría.

9 Pues no quiero aparecer como que os atemorizo con mis cartas.

10 Porque se dice que las cartas son severas y fuertes, mientras que la presencia del cuerpo es pobre y la palabra despreciable.

11 Piense ese tal que lo que somos a distancia y de palabra por carta, lo seremos también de cerca y de obra.

12 Ciertamente no osamos igualarnos ni compararnos a algunos que se recomiendan a sí mismos. Midiéndose a sí mismos según su opinión y comparándose consigo mismos, obran sin sentido.

13 Nosotros, en cambio, no nos gloriaremos desmesuradamente; antes bien, nos mediremos a nosotros mismos por la norma que Dios mismo nos ha asignado como medida al hacernos llegar también hasta vosotros.

14 Porque no traspasamos los límites debidos, como sería si no hubiéramos llegado hasta vosotros; hasta vosotros hemos llegado con el Evangelio de Cristo.

15 No nos gloriamos desmesuradamente a costa de los trabajos de los demás; sino que esperamos, mediante el progreso de vuestra fe, engrandecernos cada vez más en vosotros conforme a nuestra norma,

16 extendiendo el Evangelio más allá de vosotros en lugar de gloriarnos en territorio ajeno por trabajos ya realizados.

17 El que se gloríe, gloríese en el Señor.

18 Que no es hombre de probada virtud el que a sí mismo se recomienda, sino aquel a quien el Señor recomienda.

Reflexión del capítulo 10

El décimo capítulo inicia la defensa firme de Pablo contra los falsos apóstoles que lo acusan de timidez por carta pero de violento en persona. El apóstol aclara que sus armas no son carnales, sino «poderosas en Dios para destruir fortalezas», esto es, sofismas y todo orgullo contra el conocimiento de Dios. Él toma cautivo todo pensamiento para obedecer a Cristo. El capítulo nos enseña que la autoridad espiritual se ejerce con mansedumbre y con verdad, no con imposición mundana. Las «fortalezas» son las ideas que se levantan contra Dios; el creyente las desmorona con la palabra y la cruz. Para nosotros, el texto recuerda que la lucha cristiana es antes mental y espiritual que física: nuestros pensamientos deben ser llevados cautivos por Cristo. La humildad de Pablo no es cobardía, sino confianza en el poder de Dios. La corrección, cuando llegue el momento, será con la autoridad que el Señor le dio para edificar, no para destruir. La coherencia entre la carta y la presencia es fruto de la integridad apostólica. La verdadera fortaleza es la de Cristo obrando en el débil.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy toma cautivo todo pensamiento que se levanta contra Dios (envidia, duda, orgullo) llevándolo a la obediencia de Cristo. No uses medios mundanos para imponer, sino la verdad con mansedumbre. Edifica, no destruyas.

Oración

Cristo Señor, que das armas espirituales poderosas, ayúdame a derribar todo orgullo contra tu verdad. Lleva mis pensamientos cautivos a ti y edifica tu Iglesia en mí. Amén.

Acerca del libro de II Corintios

La segunda carta a los Corintios es una de las epístolas más personales y emocionantes del apóstol san Pablo, escrita hacia el año 56 o 57 d.C. desde Macedonia, poco después de una dolorosa visita y de una «carta de lágrimas». Dirigida a la Iglesia de Corinto, una comunidad vibrante pero dividida y expuesta a falsos apóstoles, el texto revela el corazón de Pablo más que su doctrina sistemática. El apóstol defiende su ministerio, no con arrogancia, sino mostrando su debilidad, sus sufrimientos y la fuerza de Cristo que en ella se manifiesta. La carta es tesoro de la teología católica sobre el ministerio, la reconciliación, la colecta para los pobres de Jerusalén y la cruz como poder de Dios. Nos enseña que el verdadero apóstol es «vaso de barro» que porta un tesoro inmenso, y que la autoridad cristiana se ejerce en el servicio y el amor. La Iglesia lee II Corintios como escuela de la vida espiritual: el consuelo de Dios, el aguijón de la carne, la gloria en las debilidades y la certeza de la resurrección. Leerla con oración nos acerca al misterio de un Dios que se revela en la fragilidad humana y nos convoca a la reconcilación con Él y con los hermanos.

Compartir

Enlace copiado