II Corintios
Nuevo Testamento | 13 capítulos | 256 versículos
Capítulo 5
1 Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos.
2 Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste,
3 si es que nos encontramos vestidos, y no desnudos.
4 ¡Sí!, los que estamos en esta tienda gemimos abrumados. No es que queramos ser devestidos, sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.
5 Y el que nos ha destinado a eso es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu.
6 Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor,
7 pues caminamos en la fe y no en la visión...
8 Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor.
9 Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle.
10 Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal.
11 Por tanto, conociendo el temor del Señor, tratamos de persuadir a los hombres, pues ante Dios estamos al descubierto, como espero que ante vuestras conciencias también estemos al descubierto.
12 No volvemos a recomendarnos ante vosotros; solamente queremos daros ocasión para gloriaros de nosotros y así tengáis cómo responder a los que se glorían de lo exterior, y no de lo que está en el corazón.
13 En efecto, si hemos perdido el juicio, ha sido por Dios; y si somos sensatos, lo es por vosotros.
14 Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron.
15 Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
16 Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así.
17 Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.
18 Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.
19 Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación.
20 Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!
21 A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.
Reflexión del capítulo 5
El quinto capítulo expone el anhelo de la casa eterna y el ministerio de la reconciliación. Pablo dice que gemimos en este cuerpo, deseando ser revestidos de la morada celestial, pues caminamos por fe y no por vista. Luego afirma uno de los versículos centrales: «Si uno está en Cristo, es una nueva creación; lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo». Y Dios nos ha reconciliado consigo por Cristo y nos ha confiado el «ministerio de la reconciliación». El apóstol es embajador que suplica: «Reconciliaos con Dios». El capítulo nos enseña que la vida cristiana es tensión entre el ahora y el todavía no, sostenida por la fe. La nueva creación no es solo futura, sino ya presente en quien se une a Cristo. El don de la reconciliación se nos confía para ejercerlo: somos mediadores del perdón de Dios. Para nosotros, el texto es invitación a dejarnos reconciliar personalmente y a ser artesanos de paz. El amor de Cristo nos apremia. No vivimos para nosotros, sino para Aquel que murió y resucitó. La embajada del Evangelio es la mayor dignidad del creyente.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy acógiete a la reconciliación con Dios en la confesión si hace falta, y sé artesano de paz con alguien distante. Vive como nueva creación, dejando atrás lo viejo. Camina por fe, no solo por lo que ves.
Oración
Dios de la reconciliación, que nos hiciste nuevas criaturas en Cristo, confía a mis manos tu ministerio de paz. Reconcíliame contigo y úsame para reconciliar a los hermanos. Amén.
Acerca del libro de II Corintios
La segunda carta a los Corintios es una de las epístolas más personales y emocionantes del apóstol san Pablo, escrita hacia el año 56 o 57 d.C. desde Macedonia, poco después de una dolorosa visita y de una «carta de lágrimas». Dirigida a la Iglesia de Corinto, una comunidad vibrante pero dividida y expuesta a falsos apóstoles, el texto revela el corazón de Pablo más que su doctrina sistemática. El apóstol defiende su ministerio, no con arrogancia, sino mostrando su debilidad, sus sufrimientos y la fuerza de Cristo que en ella se manifiesta. La carta es tesoro de la teología católica sobre el ministerio, la reconciliación, la colecta para los pobres de Jerusalén y la cruz como poder de Dios. Nos enseña que el verdadero apóstol es «vaso de barro» que porta un tesoro inmenso, y que la autoridad cristiana se ejerce en el servicio y el amor. La Iglesia lee II Corintios como escuela de la vida espiritual: el consuelo de Dios, el aguijón de la carne, la gloria en las debilidades y la certeza de la resurrección. Leerla con oración nos acerca al misterio de un Dios que se revela en la fragilidad humana y nos convoca a la reconcilación con Él y con los hermanos.
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