II Corintios

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 256 versículos

2 Cor

Capítulo 4

1 Por esto, misericordiosamente investidos de este ministerio, no desfallecemos.

2 Antes bien, hemos repudiado el silencio vergonzoso no procediendo con astucia, ni falseando la Palabra de Dios; al contrario, mediante la manifestación de la verdad nos recomendamos a nosotros mismos a toda conciencia humana delante de Dios.

3 Y si todavía nuestro Evangelio está velado, lo está para los que se pierden,

4 para los incrédulos, cuyo entendimiento cegó el dios de este mundo para impedir que vean brillar el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios.

5 No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús.

6 Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo.

7 Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.

8 Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados;

9 perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados.

10 Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.

11 Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

12 De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida.

13 Pero teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos,

14 sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros.

15 Y todo esto, para vuestro bien a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.

16 Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día.

17 En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna,

18 a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas.

Reflexión del capítulo 4

El cuarto capítulo desarrolla la imagen del tesoro en vasos de barro: «tenemos este tesoro en vasos de barro, para que se vea que esta fuerza sobreabundante es de Dios y no de nosotros». Pablo enumera las pruebas del apóstol —aflicción, perplexidad, persecución, derribados— pero afirma que no están abandonados ni destruidos. Llevan siempre en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también su vida se manifieste. El capítulo es una teología de la fragilidad: la debilidad humana es el marco donde resplandece el poder de Dios. La fe cristiana no promete ausencia de sufrimiento, sino su transfiguración. El apóstol mira lo invisible y eterno, no lo visible y pasajero. Para nosotros, el texto es consuelo inmenso: nuestras limitaciones, enfermedades y fracasos no frustran la obra de Dios, sino que la revelan. El vaso de barro nos mantiene humildes y abre paso a la gracia. Renovados interiormente día tras día, sabemos que la leve tribulación produce gloria eterna. La muerte en nosotros es semilla de vida para otros.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy acepta tu fragilidad como vaso de barro donde Dios pone su tesoro. Ofrece tu prueba (enfermedad, fracaso) para que se vea su fuerza. Mira lo eterno más que lo pasajero. No te desanimes por tus límites.

Oración

Señor, que pusiste tu tesoro en vasos de barro, usa mi debilidad para manifestar tu fuerza. Renuévame interiormente cada día y mantenme en tu vida. Amén.

Acerca del libro de II Corintios

La segunda carta a los Corintios es una de las epístolas más personales y emocionantes del apóstol san Pablo, escrita hacia el año 56 o 57 d.C. desde Macedonia, poco después de una dolorosa visita y de una «carta de lágrimas». Dirigida a la Iglesia de Corinto, una comunidad vibrante pero dividida y expuesta a falsos apóstoles, el texto revela el corazón de Pablo más que su doctrina sistemática. El apóstol defiende su ministerio, no con arrogancia, sino mostrando su debilidad, sus sufrimientos y la fuerza de Cristo que en ella se manifiesta. La carta es tesoro de la teología católica sobre el ministerio, la reconciliación, la colecta para los pobres de Jerusalén y la cruz como poder de Dios. Nos enseña que el verdadero apóstol es «vaso de barro» que porta un tesoro inmenso, y que la autoridad cristiana se ejerce en el servicio y el amor. La Iglesia lee II Corintios como escuela de la vida espiritual: el consuelo de Dios, el aguijón de la carne, la gloria en las debilidades y la certeza de la resurrección. Leerla con oración nos acerca al misterio de un Dios que se revela en la fragilidad humana y nos convoca a la reconcilación con Él y con los hermanos.

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