Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 1

1 Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros,

2 tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra,

3 he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo,

4 para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel;

6 los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor.

7 No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad.

8 Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo,

9 le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso.

10 Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso.

11 Se le apareció el Angel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso.

12 Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él.

13 El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan;

14 será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento,

15 porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre,

16 y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios,

17 e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.»

18 Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad.»

19 El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva.

20 Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.»

21 El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de su demora en el Santuario.

22 Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablabla por señas, y permaneció mudo.

23 Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa.

24 Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses

25 diciendo: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres.»

26 Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,

27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

28 Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

29 Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;

31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.

32 El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;

33 reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»

34 María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»

35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.

36 Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril,

37 porque ninguna cosa es imposible para Dios.»

38 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.

39 En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá;

40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

41 Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo;

42 y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno;

43 y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?

44 Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.

45 ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

46 Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor

47 y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador

48 porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,

49 porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre

50 y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.

51 Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.

52 Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.

53 A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada.

54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia

55 - como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.»

56 María permanceció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

57 Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo.

58 Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella.

59 Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías,

60 pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan.»

61 Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre.»

62 Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase.

63 El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Y todos quedaron admirados.

64 Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios.

65 Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas;

66 todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?» Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él.

67 Zacarías, su padre, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo:

68 «Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo.

69 y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo,

70 como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas,

71 que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban

72 haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza

73 y el juramento que juró a Abraham nuestro padre, de concedernos

74 que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor

75 en santidad y justicia delante de él todos nuestros días.

76 Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos

77 y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados,

78 por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura,

79 a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.»

80 El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

Reflexión del capítulo 1

Lucas abre su evangelio con un prólogo que se parece al de un investigador cuidadoso: se ha documentado, ha preguntado a los testigos, y escribe para que su lector conozca la solidez de lo que ha recibido. Después nos lleva al templo de Jerusalén, donde el anciano sacerdote Zacarías, hombre justo y sin hijos, recibe del ángel Gabriel el anuncio de que su esposa Isabel dará a luz. La escena se repite en Nazaret, pero con una diferencia luminosa: María, ante un anuncio aún más desconcertante, no pide una señal como Zacarías, sino que se abandona con un "hágase en mí". Su visita a Isabel da origen al Magnificat, el canto de la humilde que se alegra porque Dios ha derribado a los poderosos y ha colmado a los hambrientos. El capítulo entrelaza dos nacimientos imposibles y dos respuestas distintas a la palabra de Dios. Nos enseña que la fe no consiste en comprenderlo todo, sino en confiar; y que Dios elige a los pequeños, a los estériles y a los humildes para escribir sus mayores obras. La grandeza de María está en su disponibilidad.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Ante algo que no entiendes o que humanamente parece imposible, responde hoy como María con un hágase en mí, sin exigir primero una explicación. Reza el Magnificat despacio, deteniéndote en cada verso, y deja que sus palabras sobre los humildes, los hambrientos y los soberbios derribados cuestionen tus prioridades y tu manera de mirar a los pequeños. Y si Dios te pide algo que te desborda, no te fijes en tu incapacidad, sino en su poder.

Oración

Padre, tú miras a los humildes y derribas a los soberbios. Enséñame a confiar cuando no comprendo y a decirte sí sin condiciones, como María. Que mi vida entera engrandezca tu nombre. Hágase en mí según tu palabra. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

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