Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 9

1 Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades;

2 y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar.

3 Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno.

4 Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí.

5 En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.»

6 Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

7 Se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos;

8 otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado.

9 Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?» Y buscaba verle.

10 Cuando los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían hecho. Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Bestsaida.

11 Pero las gentes lo supieron, y le siguieron; y él, acogiéndolas, les hablabla acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados.

12 Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado.»

13 El les dijo: «Dadles vosotros de comer.» Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.»

14 Pues había como 5.000 hombres. El dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta.»

15 Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos.

16 Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente.

17 Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.

18 Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

19 Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado.»

20 Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.»

21 Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

22 Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.»

23 Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.

24 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

25 Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?

26 Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles.

27 «Pues de verdad os digo que hay algunos, entre los aquí presentes, que no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios.»

28 Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar.

29 Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante,

30 y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías;

31 los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

32 Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.

33 Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.

34 Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor.

35 Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.»

36 Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

37 Sucedió que al día siguiente, cuando bajaron del monte, le salió al encuentro mucha gente.

38 En esto, un hombre de entre la gente empezó a gritar: «Maestro, te suplico que mires a mi hijo, porque es el único que tengo,

39 y he aquí que un espíritu se apodera de él y de pronto empieza a dar gritos, le hace retorcerse echando espuma, y difícilmente se aparta de él, dejándole quebrantado.

40 He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.»

41 Respondió Jesús: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros y habré de soportaros? ¡Trae acá a tu hijo!»

42 Cuando se acercaba, el demonio le arrojó por tierra y le agitó violentamente; pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo devolvió a su padre;

43 y todos quedaron atónitos ante la grandeza de Dios. Estando todos maravillados por todas las cosas que hacía, dijo a sus discípulos:

44 «Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.»

45 Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

46 Se suscitó una discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor.

47 Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado,

48 y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor.»

49 Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros.»

50 Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros.»

51 Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén,

52 y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada;

53 pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén.

54 Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»

55 Pero volviéndose, les reprendió;

56 y se fueron a otro pueblo.

57 Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas.»

58 Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»

59 A otro dijo: «Sígueme.» El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre.»

60 Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.»

61 También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.»

62 Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»

Reflexión del capítulo 9

Jesús envía a los Doce a proclamar el Reino y a curar, y les pide una confianza radical: nada para el camino, ninguna seguridad material. Después, con cinco panes y dos peces, alimenta a una multitud de cinco mil hombres, enseñándonos que el poco que se pone en sus manos, bendecido y repartido, alcanza para todos. Viene luego la pregunta central del evangelio: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Pedro responde que es el Cristo de Dios, pero apenas confiesa su fe cuando Jesús anuncia que debe padecer y ser rechazado. La lógica del Reino es la de la cruz: quien quiera seguirle debe negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día. La transfiguración anticipa la gloria, pero la voz del Padre deja claro el camino: "Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle". En seguida, los discípulos discuten sobre quién será el mayor, y Jesús pone a un niño en medio para mostrar dónde está la verdadera grandeza. El capítulo nos muestra que reconocer a Jesús como Mesías es inseparable de aceptar el camino de la cruz, y que la ambición no tiene lugar entre los suyos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Responde hoy personalmente a la pregunta de Jesús, no con la respuesta aprendida de otros, sino con tu propia fe vivida y sostenida en la oración. Y elige un servicio humilde que nadie te pida ni te reconozca, renunciando a la necesidad de figurar, de ser el más importante o de tener razón. Si te descubres discutiendo por el primer puesto, recuerda al niño que Jesús puso en medio: la grandeza está en acoger y servir.

Oración

Señor, tú eres el Cristo de Dios. Enséñame a seguirte por el camino de la cruz y no por el del poder. Quita de mí toda ambición y dame el corazón sencillo de un niño, capaz de servir sin buscar recompensa. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

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