Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 18

1 Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer.

2 «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres.

3 Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!"

4 Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres,

5 como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme."»

6 Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto;

7 y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?

8 Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?»

9 Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola:

10 «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano.

11 El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano.

12 Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias."

13 En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!"

14 Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»

15 Le presentaban también los niños pequeños para que los tocara, y al verlo los discípulos, les reñían.

16 Mas Jesús llamó a los niños, diciendo: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como éstos es el Reino de Dios.

17 Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.»

18 Uno de los principales le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?»

19 Le dijo Jesús: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios.

20 Ya sabes los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre.»

21 El dijo: «Todo eso lo he guardado desde mi juventud.»

22 Oyendo esto Jesús, le dijo: «Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme.»

23 Al oír esto, se puso muy triste, porque era muy rico.

24 Viéndole Jesús, dijo: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!

25 Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.»

26 Los que lo oyeron, dijeron: «¿Y quién se podrá salvar?»

27 Respondió: «Lo imposible para los hombres, es posible para Dios.»

28 Dijo entonces Pedro: «Ya lo ves, nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido.»

29 El les dijo: «Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el Reino de Dios,

30 quedará sin recibir mucho más al presente y, en el mundo venidero, vida eterna.»

31 Tomando consigo a los Doce, les dijo: «Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre;

32 pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido;

33 y después de azotarle le matarán, y al tercer día resucitará.»

34 Ellos nada de esto comprendieron; estas palabras les quedaban ocultas y no entendían lo que decía.

35 Sucedió que, al acercarse él a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna;

36 al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello.

37 Le informaron que pasaba Jesús el Nazoreo

38 y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!»

39 Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»

40 Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó:

41 «¿Qué quieres que te haga?» El dijo: «¡Señor, que vea!»

42 Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado.»

43 Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

Reflexión del capítulo 18

Jesús cuenta la parábola de la viuda que insiste ante un juez que ni teme a Dios ni respeta a los hombres, para enseñar que hay que orar siempre sin desfallecer. Si un juez injusto acaba haciendo justicia por pura insistencia, cuánto más Dios, que es Padre, hará justicia a sus elegidos que claman día y noche. Después, la parábola del fariseo y el publicano: dos hombres suben al templo a orar. El fariseo, de pie, enumera sus méritos y agradece no ser como los demás; el publicano, a distancia, no se atreve ni a levantar los ojos y solo dice: "Dios, ten compasión de mí, que soy pecador". Jesús declara que este último bajó justificado, porque quien se ensalza será humillado. Vienen luego los niños, a los que hay que recibir como se recibe el Reino. Y el joven rico, que cumple los mandamientos pero se marcha triste cuando Jesús le pide venderlo todo y dárselo a los pobres. Sus riquezas lo retienen. Jesús advierte lo difícil que es para un rico entrar en el Reino, pero añade que lo imposible para los hombres es posible para Dios. El capítulo termina con el ciego de Jericó que grita sin callarse hasta ser escuchado: su fe insistente le devuelve la vista.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Reza hoy con insistencia por algo que te parece no ser escuchado, sin desfallecer ni abandonar porque el silencio se alargue. Y en tu oración, preséntate ante Dios como el publicano: sin compararte con nadie, sin enumerar tus méritos ni agradecerle no ser como los demás, sino reconociendo con sencillez que necesitas su misericordia. Pide también por quien te cae mal, en lugar de juzgarlo.

Oración

Dios mío, ten compasión de mí, que soy pecador. Enséñame a orar sin desfallecer y con humildad, sin creerme mejor que nadie, y a confiar en que lo que para mí es imposible, para ti es posible. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

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