Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 19

1 Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad.

2 Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico.

3 Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura.

4 Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí.

5 Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.»

6 Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.

7 Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.»

8 Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo.»

9 Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham,

10 pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.»

11 Estando la gente escuchando estas cosas, añadió una parábola, pues estaba él cerca de Jerusalén, y creían ellos que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro.

12 Dijo pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse.

13 Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: "Negociad hasta que vuelva."

14 Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: "No queremos que ése reine sobre nosotros."

15 «Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno.

16 Se presentó el primero y dijo: "Señor, tu mina ha producido diez minas."

17 Le respondió: "¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades."

18 Vino el segundo y dijo: "Tu mina, Señor, ha producido cinco minas."

19 Dijo a éste: "Ponte tú también al mando de cinco ciudades."

20 «Vino el otro y dijo: "Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo;

21 pues tenía miedo de tí, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste."

22 Dícele: "Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré;

23 pues ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses."

24 Y dijo a los presentes: "Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas."

25 Dijéronle: "Señor, tiene ya diez minas."

26 - "Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará."

27 «"Pero a aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí."»

28 Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.

29 Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos,

30 diciendo: «Id al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre; desatadlo y traedlo.

31 Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", diréis esto: "Porque el Señor lo necesita."»

32 Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho.

33 Cuando desataban el pollino, les dijeron los dueños: «¿Por qué desatáis el pollino?»

34 Ellos les contestaron: «Porque el Señor lo necesita.»

35 Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús.

36 Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por el camino.

37 Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto.

38 Decían: «Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas.»

39 Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos.»

40 Respondió: «Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.»

41 Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella,

42 diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos.

43 Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes,

44 y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.»

45 Entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían,

46 diciéndoles: «Está escrito: Mi Casa será Casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!»

47 Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle,

48 pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

Reflexión del capítulo 19

Zaqueo, jefe de publicanos y rico, es de baja estatura y no consigue ver a Jesús entre la multitud, así que corre y se sube a un sicómoro. Es el gesto de un hombre que quiere ver, aunque tenga que hacer el ridículo. Y Jesús, al pasar, alza la vista y lo llama por su nombre: "Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa". La reacción del publicano es inmediata y transformadora: da la mitad de sus bienes a los pobres y devuelve cuatro veces lo que ha defraudado. La salvación entra en su casa porque él se deja mirar y cambia de vida. Después, la parábola de las minas enseña que los dones recibidos deben dar fruto: el que negoció y multiplicó es recompensado, mientras el que guardó su mina por miedo es reprendido. Y el capítulo culmina con la entrada en Jerusalén, entre cantos y ramos, y con un detalle que solo Lucas conserva: al ver la ciudad, Jesús llora por ella, porque no ha reconocido el tiempo de su visita. Después expulsa a los vendedores del templo, recordando que la casa de Dios es casa de oración. El Mesías entra en su ciudad llorando, no triunfando.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Da hoy un paso que te acerque a Jesús aunque parezca ridículo o incómodo, como Zaqueo subido al árbol: busca un rato de oración, pide ayuda, acércate a la Iglesia. Y revisa si algún bien que has adquirido injustamente debe ser reparado; la conversión verdadera devuelve lo que debe, aunque sea más de lo estrictamente exigido. Deja que Jesús entre hoy en tu casa, en tu vida concreta.

Oración

Señor, tú me llamas por mi nombre y quieres entrar en mi casa. Dame el deseo de verte y la valentía de reparar mis injusticias sin excusas. Y enséñame a llorar por lo que tú lloras. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

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