Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 6

1 Sucedió que cruzaba en sábado por unos sembrados; sus discípulos arrancaban y comían espigas desgranándolas con las manos.

2 Algunos de los fariseos dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado?»

3 Y Jesús les respondió: «¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le acompañaban,

4 cómo entró en la Casa de Dios, y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban?»

5 Y les dijo: «El Hijo del hombre es señor del sábado.»

6 Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca.

7 Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle.

8 Pero él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte ahí en medio.» El, levantándose, se puso allí.

9 Entonces Jesús les dijo: «Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla.»

10 Y mirando a todos ellos, le dijo: «Extiende tu mano.» El lo hizo, y quedó restablecida su mano.

11 Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.

12 Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios.

13 Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.

14 A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé,

15 a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes;

16 a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.

17 Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón,

18 que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados.

19 Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

20 Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

21 Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis.

22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre.

23 Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

24 «Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo.

25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto.

26 ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas.

27 «Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien,

28 bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen.

29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica.

30 A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames.

31 Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente.

32 Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman.

33 Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto!

34 Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente.

35 Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos.

36 «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo.

37 No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados.

38 Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.»

39 Les añadió una parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

40 No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como su maestro.

41 ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?

42 ¿Cómo puedes decir a tu hermano: "Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo", no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.

43 «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno.

44 Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas.

45 El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

46 «¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?

47 «Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante:

48 Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada.

49 Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa.»

Reflexión del capítulo 6

En sábado, Jesús y sus discípulos atraviesan unos sembrados y estos arrancan espigas para comer. La observación de los fariseos da pie a una enseñanza decisiva: el sábado fue hecho para el hombre, y el Hijo del hombre es señor del sábado. Poco después, en la sinagoga, Jesús cura a un hombre con la mano seca y plantea la pregunta que desarma toda casuística: ¿es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o perderla? Nadie responde, y él cura. Luego, tras pasar la noche en oración, elige a los Doce y baja al llano, donde pronuncia las bienaventuranzas: dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los odiados por causa del Hijo del hombre. Y a continuación, los "ay" dirigidos a los ricos, los saciados y los que ríen. Después viene el corazón del sermón: amar a los enemigos, bendecir a los que maldicen, dar sin esperar nada, ser compasivos como el Padre, no juzgar, perdonar. Y la imagen final es clarificadora: la casa que se construye sobre roca es la de quien no solo escucha, sino que pone en práctica la palabra. La fe se verifica en la vida.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Elige hoy a una persona que te resulte difícil —alguien que te ha ofendido, que te cae mal o que te ha hecho daño— y hazle un bien concreto sin esperar respuesta ni reconocimiento: una ayuda, una palabra amable, una oración por su nombre. Revisa también si tu fe se queda en escuchar o si construye sobre roca: elige una palabra del Evangelio que conozcas bien y ponla en práctica hoy de manera visible.

Oración

Señor, tú haces el bien incluso cuando te lo prohíben. Dame libertad para amar sin cálculos, compasión para con mis enemigos y firmeza para edificar mi vida sobre tu palabra y no sobre la arena. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

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