Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 14

1 Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando.

2 Había allí, delante de él, un hombre hidrópico.

3 Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?»

4 Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió.

5 Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?»

6 Y no pudieron replicar a esto.

7 Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola:

8 «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú,

9 y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: "Deja el sitio a éste", y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto.

10 Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa.

11 Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»

12 Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa.

13 Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos;

14 y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»

15 Habiendo oído esto, uno de los comensales le dijo: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!»

16 El le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos;

17 a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: "Venid, que ya está todo preparado."

18 Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses."

19 Y otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses."

20 Otro dijo: "Me he casado, y por eso no puedo ir."

21 «Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: "Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos."

22 Dijo el siervo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio."

23 Dijo el señor al siervo: "Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa."

24 Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena.»

25 Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo:

26 «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.

27 El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

28 «Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla?

29 No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo:

30 "Este comenzó a edificar y no pudo terminar."

31 O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000?

32 Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

33 Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

34 «Buena es la sal; mas si también la sal se desvirtúa, ¿con qué se la sazonará?

35 No es útil ni para la tierra ni para el estercolero; la tiran afuera. El que tenga oídos para oír, que oiga.»

Reflexión del capítulo 14

Invitado a comer en casa de un fariseo, Jesús cura en sábado a un hombre enfermo y desarma con una pregunta sencilla a quienes lo vigilaban: si un hijo o un buey cae al pozo, ¿no se le saca aunque sea sábado? Después observa cómo los invitados buscan los primeros puestos y enseña la humildad: quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado. Y da un paso más, sorprendente: cuando des un banquete, no llames a quienes puedan devolverte la invitación, sino a los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos, que no pueden pagarte. La generosidad verdadera no espera recompensa. Sigue la parábola de la gran cena: los invitados se excusan uno tras otro con pretextos razonables —un campo, unos bueyes, un matrimonio— y el dueño, airado, manda traer a los pobres y a los que están por los caminos. El capítulo termina con la exigencia radical del discipulado: quien no me ame más que a su padre y a su madre, quien no cargue su cruz, quien no renuncie a sus bienes, no puede ser discípulo. Y la sal que pierde su sabor ya no sirve para nada. Seguir a Jesús es una decisión que lo relativiza todo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Invita hoy a alguien que no pueda devolverte el favor: un pobre, un enfermo, alguien solo o que no cuenta para nadie, y hazlo sin esperar recompensa. Y examina con sinceridad qué excusas usas para no responder a las invitaciones de Dios —el trabajo, las ocupaciones, la comodidad, los planes propios—, porque los invitados de la parábola también tenían motivos razonables y se quedaron fuera del banquete.

Oración

Señor, enséñame la humildad del último puesto y la generosidad que no espera recompensa. Que no me excuse ante tu llamada y que te ponga por encima de todo, incluso de mis planes. Llámame a tu banquete. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

Compartir

Enlace copiado