Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 22

1 Se acercaba la fiesta de los Azimos, llamada Pascua.

2 Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo hacerle desaparecer, pues temían al pueblo.

3 Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce;

4 y se fue a tratar con los sumos sacerdotes y los jefes de la guardia del modo de entregárselo.

5 Ellos se alegraron y quedaron con él en darle dinero.

6 El aceptó y andaba buscando una oportunidad para entregarle sin que la gente lo advirtiera.

7 Llegó el día de los Azimos, en el que se había de sacrificar el cordero de Pascua;

8 y envió a Pedro y a Juan, diciendo: «Id y preparadnos la Pascua para que la comamos.»

9 Ellos le dijeron: «¿Dónde quieres que la preparemos?»

10 Les dijo: «Cuando entréis en la ciudad, os saldrá al paso un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre,

11 y diréis al dueño de la casa: "El Maestro te dice: ¿Dónde está la sala donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?"

12 El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta; haced allí los preparativos.»

13 Fueron y lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua.

14 Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles;

15 y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer;

16 porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.»

17 Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros;

18 porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.»

19 Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.»

20 De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.

21 «Pero la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa.

22 Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!»

23 Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello.

24 Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor.

25 El les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores;

26 pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve.

27 Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

28 «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas;

29 yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí,

30 para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

31 «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo;

32 pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.»

33 El dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte.»

34 Pero él dijo: «Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces.»

35 Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada.»

36 Les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada;

37 porque os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: "Ha sido contado entre los malhechores." Porque lo mío toca a su fin.»

38 Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas.» El les dijo: «Basta.»

39 Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron.

40 Llegado al lugar les dijo: «Pedid que no caigáis en tentación.»

41 Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba

42 diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

43 Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba.

44 Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.

45 Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza;

46 y les dijo: «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación.»

47 Todavía estaba hablando, cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso.

48 Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!»

49 Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?»

50 y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha.

51 Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó.

52 Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del Templo y ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos?

53 Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.»

54 Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos.

55 Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos.

56 Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él.»

57 Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!»

58 Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos.» Pedro dijo: «Hombre, no lo soy!»

59 Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo.»

60 Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo,

61 y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.»

62 Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.

63 Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban;

64 y cubriéndole con un velo le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?»

65 Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.

66 En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hiceron venir a su Sanedrín

67 y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo.» El respondió: «Si os lo digo, no me creeréis.

68 Si os pregunto, no me responderéis.

69 De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios.»

70 Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» El les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.»

71 Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»

Reflexión del capítulo 22

Se acerca la Pascua, y Satanás entra en Judas, que se pone de acuerdo con los sumos sacerdotes para entregar a Jesús. En la última cena, el Señor manifiesta el deseo ardiente de comer aquella Pascua con los suyos, instituye la Eucaristía —el pan y el vino convertidos en su cuerpo y su sangre, la Nueva Alianza— y enseña que el mayor debe ser como el que sirve. Incluso en ese momento íntimo hay discusiones sobre quién es el más importante, y Jesús corrige con paciencia. Anuncia también la negación de Pedro, pero le asegura que ha rogado por él para que su fe no desfallezca, y que cuando haya vuelto, confirme a sus hermanos. Después, en el monte de los Olivos, la agonía: puesto de rodillas, suda como gotas de sangre y pide que se haga la voluntad del Padre, no la suya. Llega Judas con el beso de la traición, y Jesús, con una serenidad sobrecogedora, cura la oreja del criado herido. Y en el patio, junto al fuego, Pedro niega tres veces, y al canto del gallo el Señor se vuelve y lo mira. Aquella mirada basta para que Pedro salga y llore amargamente. La misericordia de Jesús brilla incluso en la hora de la traición.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Participa hoy de la Eucaristía con conciencia de que es el Cuerpo del Señor entregado por ti, y quédate un momento en silencio dando gracias. Si has negado a Cristo con tu vida, con tus palabras o con tus omisiones, no te quedes en la culpa ni en la vergüenza: deja que su mirada te alcance, como a Pedro, y llora, levántate y vuelve. Y en tus relaciones, ejerce cualquier autoridad que tengas sirviendo, no dominando.

Oración

Señor Jesús, tú te entregas por amor y ruegas por mí cuando flaqueo. Enséñame a servir y no a dominar, a aceptar la voluntad del Padre y a volver a ti cada vez que te niego. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

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