Lucas
Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos
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Capítulo 11 de 24Capítulo 11
1 Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, ensénanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.»
2 El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino,
3 danos cada día nuestro pan cotidiano,
4 y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.»
5 Les dijo también: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: "Amigo, préstame tres panes,
6 porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle",
7 y aquél, desde dentro, le responde: "No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos",
8 os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite.»
9 Yo os digo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.
10 Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
11 ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra;
12 o, si pide un huevo, le da un escorpión?
13 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»
14 Estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron.
15 Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios.»
16 Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo.
17 Pero él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae.
18 Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?.. porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul.
19 Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces.
20 Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios.
21 Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro;
22 pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos.»
23 «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.
24 «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; y, al no encontrarlo, dice: "Me volveré a mi casa, de donde salí."
25 Y al llegar la encuentra barrida y en orden.
26 Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio.»
27 Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!»
28 Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.»
29 Habiéndose reunido la gente, comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás.
30 Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación.
31 La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón.
32 Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.
33 «Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor.
34 La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, también todo tu cuerpo está luminoso; pero cuando está malo, también tu cuerpo está a oscuras.
35 Mira, pues, que la luz que hay en ti no sea oscuridad.
36 Si, pues, tu cuerpo está enteramente luminoso, no teniendo parte alguna oscura, estará tan enteramente luminoso, como cuando la lámpara te ilumina con su fulgor.»
37 Mientras hablaba, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, pues, se puso a la mesa.
38 Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer.
39 Pero el Señor le dijo: «¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad.
40 ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior?
41 Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros.
42 Pero, ¡ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello.
43 ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas!
44 ¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!»
45 Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!»
46 Pero él dijo: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!
47 «¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron!
48 Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis.
49 «Por eso dijo la Sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán,
50 para que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo,
51 desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta generación.
52 «¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido.»
53 Y cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente y hacerle hablar de muchas cosas,
54 buscando, con insidias, cazar alguna palabra de su boca.
Reflexión del capítulo 11
Un discípulo pide a Jesús que les enseñe a orar, y él responde con la oración que la Iglesia sigue rezando cada día: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos el pan cotidiano, perdónanos porque también nosotros perdonamos. Es una oración de hijos, breve, confiada, centrada en Dios y en lo esencial. Después, con la parábola del amigo importuno que pide a medianoche, Jesús enseña que hay que orar con insistencia, sin cansarse: pedid, buscad, llamad. Y asegura que el Padre da el Espíritu Santo a quien se lo pide, más de lo que un padre da pan a su hijo. Pero el capítulo contiene también la controversia más dura: acusado de expulsar demonios por el príncipe de los demonios, Jesús responde que un reino dividido no subsiste, y que si él expulsa los demonios es porque ha llegado el Reino de Dios. Advierte además que un corazón liberado pero vacío puede ser ocupado por males peores: no basta con limpiar la casa, hay que llenarla de Dios. Y a los fariseos les dirige los "ay" más severos: cuidan el exterior de la copa y descuidan el interior, y cargan a otros con pesos que ellos no tocan. La verdadera pureza es la del corazón.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Reza hoy el Padrenuestro despacio, deteniéndote en cada petición y sin prisa, dejando que cada palabra se haga tuya. Pide con insistencia, como el amigo importuno, por algo que de verdad te importa. Y pregúntate si tu corazón, ya limpio de algún mal, está lleno de Dios o sigue vacío y expuesto a recaídas: ocúpalo con la oración, la Escritura y las buenas obras, no lo dejes barrido y desocupado.
Oración
Padre nuestro, tú eres santo y das tu Espíritu a quien te lo pide. Enséñame a orar con confianza y constancia, y limpia mi interior, no solo mi apariencia, para que seas tú quien habite en mí. Amén.
Acerca del libro de Lucas
El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.
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