Lucas
Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos
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Capítulo 20 de 24Capítulo 20
1 Y sucedió que un día enseñaba al pueblo en el Templo y anunciaba la Buena Nueva; se acercaron los sumos sacerdotes y los escribas junto con los ancianos,
2 y le preguntaron: «Dinos: ¿Con qué autoridad haces esto, o quién es el que te ha dado tal autoridad?»
3 El les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa. Decidme:
4 El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?»
5 Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: "Del cielo", dirá: "¿Por qué no le creísteis?"
6 Pero si decimos: "De los hombres", todo el pueblo nos apedreará, pues están convencidos de que Juan era un profeta.»
7 Respondieron, pues, que no sabían de dónde era.
8 Jesús entonces les dijo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»
9 Se puso a decir al pueblo esta parábola: «Un hombre plantó una viña y la arrendó a unos labradores, y se ausentó por mucho tiempo.
10 «A su debido tiempo, envió un siervo a los labradores, para que le diesen parte del fruto de la viña. Pero los labradores, después de golpearle, le despacharon con las manos vacías.
11 Volvió a enviar otro siervo, pero ellos, después de golpearle e insultarle, le despacharon con las manos vacías.
12 Tornó a enviar un tercero, pero ellos, después de herirle, le echaron.
13 Dijo, pues, el dueño de la viña: "¿Qué haré? Voy a enviar a mi hijo querido; tal vez le respeten."
14 Pero los labradores, al verle, se dijeron entre sí: "Este es el heredero; matémosle, para que la herencia sea nuestra."
15 Y, echándole fuera de la viña, le mataron. «¿Qué hará, pues, con ellos el dueño de la viña?
16 Vendrá y dará muerte a estos labradores, y entregará la viña a otros.» Al oír esto, dijeron: «De ninguna manera.»
17 Pero él clavando en ellos la mirada, dijo: «Pues, ¿qué es lo que está escrito: La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido?
18 Todo el que caiga sobre esta piedra, se destrozará, y a aquel sobre quien ella caiga, le aplastará.»
19 Los escribas y los sumos sacerdotes trataron de echarle mano en aquel mismo momento - pero tuvieron miedo al pueblo - porque habían comprendido que aquella parábola la había dicho por ellos.
20 Quedándose ellos al acecho, le enviaron unos espías, que fingieran ser justos, para sorprenderle en alguna palabra y poderle entregar al poder y autoridad del procurador.
21 Y le preguntaron: «Maestro, sabemos que hablas y enseñas con rectitud, y que no tienes en cuenta la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios:
22 ¿Nos es lícito pagar tributo al César o no?»
23 Pero él, habiendo conocido su astucia, les dijo:
24 «Mostradme un denario. ¿De quién lleva la imagen y la inscripción?» Ellos dijeron: «Del César.»
25 El les dijo: «Pues bien, lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.»
26 No pudieron sorprenderle en ninguna palabra ante el pueblo y, maravillados por su respuesta, se callaron.
27 Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron:
28 «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano.
29 Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos;
30 y la tomó el segundo,
31 luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos.
32 Finalmente, también murió la mujer.
33 Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer.»
34 Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido;
35 pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido,
36 ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección.
37 Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
38 No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.»
39 Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.»
40 Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.
41 Les preguntó: «¿Cómo dicen que el Cristo es hijo de David?
42 Porque David mismo dice en el libro de los Salmos: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra
43 hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies.
44 David, pues, le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?»
45 Estando todo el pueblo oyendo, dijo a los discípulos:
46 «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje y quieren ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas, y los primeros puestos en los banquetes;
47 y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa.»
Reflexión del capítulo 20
Los sumos sacerdotes y los escribas cuestionan la autoridad de Jesús, y él responde con una pregunta sobre el bautismo de Juan que los deja sin salida, porque no quieren comprometerse ni con el cielo ni con los hombres. Después cuenta la parábola de los viñadores homicidas: el dueño de la viña envía siervos tras siervos, y los labradores los maltratan; finalmente envía a su hijo querido, y lo matan para quedarse con la herencia. La conclusión es severa: la viña será entregada a otros. La historia de Israel y de la humanidad se lee aquí como una larga serie de oportunidades desaprovechadas y de enviados rechazados. Siguen tres trampas tendidas a Jesús: el tributo al César, a la que responde devolviendo a cada uno lo suyo; el caso de la mujer con siete maridos, planteado por los saduceos que niegan la resurrección, y al que responde que Dios no es un Dios de muertos sino de vivos; y la pregunta sobre el Mesías, hijo y señor de David a la vez. El capítulo termina advirtiendo contra los escribas, que buscan el aplauso y devoran los bienes de las viudas con largas oraciones. La verdadera autoridad se reconoce en la humildad y en la justicia.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Pregúntate hoy si, como los viñadores, tratas de quedarte con lo que no es tuyo o rechazas a quienes Dios te envía para corregirte: la persona que te advierte, el que te incomoda con la verdad. Escúchala en lugar de descalificarla. Y da a Dios lo que es de Dios: no le escatimes el tiempo, la honradez, la limosna ni el corazón, devolviendo también al César lo que le corresponde con justicia.
Oración
Señor, tú eres el Hijo enviado y yo soy tu viña. Que no rechace a los que me envías ni acapare lo que es tuyo. Dame un corazón recto y humilde, que te dé a ti lo que te pertenece. Amén.
Acerca del libro de Lucas
El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.
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