Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 5

1 Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios,

2 cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes.

3 Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.

4 Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.»

5 Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes.»

6 Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse.

7 Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

8 Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.»

9 Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado.

10 Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.»

11 Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

12 Y sucedió que, estando en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra, y le rogó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.»

13 El extendió la mano, le tocó, y dijo: «Quiero, queda limpio.» Y al instante le desapareció la lepra.

14 Y él le ordenó que no se lo dijera a nadie. Y añadió: «Vete, muéstrate al sacerdote y haz la ofrenda por tu purificación como prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.»

15 Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades.

16 Pero él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba.

17 Un día que estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones.

18 En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de él.

19 Pero no encontrando por dónde meterle, a causa de la multitud, subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas, y le pusieron en medio, delante de Jesús.

20 Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados.»

21 Los escribas y fariseos empezaron a pensar: «¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?»

22 Conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones?

23 ¿Qué es más fácil, decir: "Tus pecados te quedan perdonados", o decir: "Levántate y anda"?

24 Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados, - dijo al paralítico -: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".»

25 Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios.

26 El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto cosas increíbles.»

27 Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

28 El, dejándolo todo, se levantó y le siguió.

29 Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos.

30 Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?»

31 Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal.

32 No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores.»

33 Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben.»

34 Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?

35 Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días.»

36 Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo.

37 «Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder;

38 sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos.

39 Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: «El añejo es el bueno.»

Reflexión del capítulo 5

Jesús enseña desde la barca de Simón y luego le pide que eche las redes en pleno día, después de una noche entera sin pescar nada. Pedro, cansado y escéptico, obedece: "en tu palabra, echaré las redes". El resultado desborda toda expectativa y provoca en él una reacción inesperada: cae de rodillas y pide a Jesús que se aleje, porque se sabe pecador. Es el asombro del hombre que descubre que está ante algo más grande que él. Jesús no lo rechaza: le confía una misión, "serás pescador de hombres". Después el capítulo reúne tres encuentros de salvación. Un leproso, intocable por ley, es tocado y curado. Un paralítico es bajado por el techo ante la fe de sus amigos, y Jesús empieza no por las piernas sino por el perdón de los pecados, revelando que la enfermedad más profunda es la ruptura con Dios. Y Levi, un publicano despreciado, es llamado mientras trabaja y responde dejándolo todo. La novedad del Reino no cabe en odres viejos: exige un corazón nuevo, dispuesto a dejarse sorprender.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Obedece hoy a Dios en algo que humanamente parece inútil o extemporáneo, como echar las redes a pleno día después de una noche sin pesca. Da ese paso aunque no veas el resultado. Y acércate a alguien a quien la sociedad margina o de quien todos desconfían, ofreciéndole cercanía y respeto en lugar de juicio, como hizo Jesús con el leproso y con Levi. Que nadie quede fuera de tu mesa.

Oración

Señor, tú llamas a los pecadores y tocas a los intocables. Auméntame la fe para obedecerte cuando no entiendo y dame un corazón nuevo, capaz de dejarlo todo para seguirte. En tu palabra echaré las redes. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

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