Lucas

Nuevo Testamento | 24 capítulos | 1149 versículos

Lc

Capítulo 2

1 Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo.

2 Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino.

3 Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.

4 Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David,

5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

6 Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento,

7 y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.

8 Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño.

9 Se les presentó el Angel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor.

10 El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo:

11 os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor;

12 y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

13 Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:

14 «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»

15 Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.»

16 Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

17 Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño;

18 y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían.

19 María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón.

20 Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.

22 Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor,

23 como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor

24 y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones , conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

25 Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.

26 Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor.

27 Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él,

28 le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

29 «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;

30 porque han visto mis ojos tu salvación,

31 la que has preparado a la vista de todos los pueblos,

32 luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»

33 Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él.

34 Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -

35 ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

36 Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido,

37 y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones.

38 Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

39 Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

40 El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

41 Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua.

42 Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta

43 y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres.

44 Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos;

45 pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

46 Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles;

47 todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.

48 Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.»

49 El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»

50 Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.

51 Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

52 Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

Reflexión del capítulo 2

El nacimiento de Jesús ocurre en el escenario más humilde imaginable: un pesebre, porque no había sitio para ellos. Y sin embargo, el primer anuncio no se dirige a los grandes, sino a unos pastores que pasan la noche al raso cuidando su rebaño. A ellos se les aparece la gloria del Señor y escuchan la noticia que cambiará la historia: hoy os ha nacido un Salvador. La señal que se les da es desconcertante: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Después, el anciano Simeón toma al niño en brazos en el templo y reconoce en él la luz de las naciones, aunque anuncia también a María que una espada le atravesará el alma. El capítulo termina con el niño de doce años que se queda en el templo entre los maestros, respondiendo a sus padres que debe ocuparse de las cosas de su Padre. Lucas nos muestra así que Dios se revela a los sencillos, que la gloria se esconde en la pequeñez, y que la vida de Jesús, desde su infancia, está orientada a una misión que sus padres no siempre comprenden. La Navidad es la noticia dada a los pobres y guardada en el corazón de una madre.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Dedica hoy un tiempo real a los que están solos o trabajan mientras los demás duermen, como los pastores de aquella noche. Y como María, guarda en tu corazón lo que no entiendes de Dios, sin forzar respuestas ni angustiarte: hay cosas que solo se comprenden con el tiempo y con la fe. Si tienes hijos o personas a tu cargo, no te desesperes cuando no te comprendan; acompaña, como María, y confía.

Oración

Señor, tú te hiciste pequeño por amor y te revelaste a los sencillos. Enséñame a reconocerte en la humildad y a anunciar tu salvación a los pobres. Guarda en mi corazón lo que aún no comprendo. Amén.

Acerca del libro de Lucas

El Evangelio de Lucas es el tercero de los cuatro y el más extenso. Su autor, un médico culto y de origen gentil, compañero de viaje del apóstol Pablo, lo escribió para un tal Teófilo y para toda comunidad que quisiera conocer la solidez de la fe recibida. Lucas no fue testigo ocular, pero investigó diligentemente todo desde los orígenes y ordenó su relato con esmero de historiador. Su obra, inseparable de los Hechos de los Apóstoles, presenta a Jesús como el Salvador universal, el Hijo de Dios que viene a buscar y salvar lo que estaba perdido. Varios rasgos le dan un color propio. Es el evangelio de la misericordia: solo él narra las parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo y del fariseo y el publicano. Es el evangelio de la oración: Jesús ora en los momentos decisivos y enseña a orar a los suyos. Es el evangelio de los pobres y de los pequeños: las bienaventuranzas se dirigen a los que no tienen nada, y los ricos reciben una advertencia severa. Es también el evangelio de las mujeres, que acompañan a Jesús, le sirven con sus bienes y son testigos de la resurrección. El Espíritu Santo recorre sus páginas, desde la anunciación hasta Pentecostés, y la alegría de la salvación impregna los cantos de María y de Zacarías. Leer a Lucas es contemplar el rostro misericordioso del Padre en el Hijo, y aprender que la salvación es un don ofrecido a todos, sin excluir a nadie.

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