Eclesiastés

Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos

Qo

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Capítulo 10 de 12

Capítulo 10

1 Una mosca muerta pudre una copa de ungüento de perfumista; monta más un poco de necedad que sabiduría y honor.

2 El sabio tiene el corazón a la derecha, el necio tiene el corazón a la izquierda.

3 Además, en cualquier camino que tome el necio, su entendimiento no le da de sí y dice de todo el mundo: «Ese es un necio.»

4 Si el enojo del que manda se abate sobre ti, no abandones tu puesto, que la flema libra de graves yerros.

5 Otra calamidad he visto bajo el sol, como error que emana de la autoridad:

6 La necedad elevada a grandes dignidades, mientras ricos se sentaban abajo.

7 He visto siervos a caballo, y príncipes que iban a pie, como los siervos.

8 El que cava la hoya cae en ella, y al que atraviesa el seto le muerde la culebra.

9 El que saca piedras se lastima con ellas, el que raja maderos puede hacerse daño.

10 Si se embota el hierro y no se afilan sus caras, hay que acrecentar los bríos: también supone ganancia afinar en sabiduría.

11 Si pica culebra por falta de encatamiento no hay ganancia para el encantador.

12 Palabras de boca de sabio agradan, mas los labios del necio a él lo engullen.

13 Empieza diciendo necedades, para acabar en locura de las malas.

14 Y el necio dice más y más palabras. Nadie sabe lo que vas venir, y el remate de todo, ¿quién puede pronosticárselo?

15 Lo que más molesta al necio es que no sabe ir a la ciudad.

16 ¡Ay de ti, tierra, cuyo rey es un chiquillo, y cuyos príncipes comen de mañana!

17 ¡Dichosa tú, tierra, cuyo rey es hidalgo y cuyos príncipes comen a la hora, por cobrar vigor y no por banquetear!

18 Por estar mano sobre mano se desploma la viga, y por brazos caídos la casa se viene abajo.

19 Para holgar preparan su banquete, y el vino alegra la vida, y el dinero todo lo allana.

20 Ni aun en tu rincón faltes al rey, ni en tu misma alcoba faltes al rico, que un pájaro del cielo hace correr la voz, y un ser alado va a contar la cosa.

Reflexión del capítulo 10

El capítulo décimo es un mosaico de sentencias sobre la necedad y la prudencia. Qohélet advierte que un poco de necedad pesa más que la sabiduría y el honor, como una mosca muerta que pudre un perfume. Describe al necio que camina sin entendimiento, al que no mide sus palabras y al que habla más y más sin saber lo que ha de venir. Frente a él, el sabio tiene el corazón a la derecha: camina con rectitud y mesura.

Hay también consejos muy concretos para la vida social: si el enojo del que manda se abate sobre ti, no abandones tu puesto, porque la serenidad libra de graves yerros. Y observa con ironía las calamidades que nacen de la autoridad mal ejercida: la necedad elevada a grandes dignidades, siervos a caballo y príncipes a pie. Añade proverbios sobre el trabajo —el que cava la hoya cae en ella, el hierro embotado pide más brío, por la pereza se desploma la viga— y sobre la lengua, que puede engullir a su dueño.

El capítulo cierra con un consejo de discreción: ni en tu rincón faltes al rey ni al rico, porque un pájaro del cielo puede llevar la voz. Es una llamada a la prudencia, a la laboriosidad y al dominio de la palabra, virtudes que siguen siendo necesarias para vivir con sabiduría.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

La necedad casi nunca es espectacular: suele ser una palabra de más, un chisme, un trabajo mal hecho por pereza. Hoy vigila tu lengua: antes de comentar algo sobre alguien, pregúntate si es verdad, si es necesario y si es bueno. Y elige una tarea descuidada —una reparación, un informe, un deber doméstico— y hazla bien, recordando que la laboriosidad también es una forma de sabiduría.

Oración

Señor, dueño de toda sabiduría: pon guarda en mi boca y diligencia en mis manos. Líbrame de la necedad de hablar sin pensar y de la pereza que arruina lo que toco, y dame un corazón recto que camine a tu derecha. Amén.

Acerca del libro de Eclesiastés

El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.

El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?

Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.

Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.

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