Eclesiastés

Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos

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Capítulo 3 de 12

Capítulo 3

1 Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:

2 Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado.

3 Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar; su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar.

4 Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar.

5 Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas; su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse.

6 Su tiempo el buscar, y su tiempo el perder; su tiempo el guardar, y su tiempo el tirar.

7 Su tiempo el rasgar, y su tiempo el coser; su tiempo el callar, y su tiempo el hablar.

8 Su tiempo el amar, y su tiempo el odiar; su tiempo la guerra, y su tiempo la paz.

9 ¿Qué gana el que trabaja con fatiga?

10 He considerado la tarea que Dios ha puesto a los humanos para que en ella se ocupen.

11 El ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo en sus corazones, sin que el hombre llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin.

12 Comprendo que no hay para el hombre más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su vida.

13 Y que todo hombre coma y beba y disfrute bien en medio de sus fatigas, eso es don de Dios.

14 Comprendo que cuanto Dios hace es duradero. Nada hay que añadir ni nada que quitar. Y así hace Dios que se le tema.

15 Lo que es, ya antes fue; lo que será, ya es. Y Dios restaura lo pasado.

16 Todavía más he visto bajo el sol: en la sede del derecho, allí está la iniquidad; y en el sitial del justo, allí el impío.

17 Dije en mi corazón: Dios juzgará al justo y al impío, pues allí hay un tiempo para cada cosa y para toda obra.

18 Dije también en mi corazón acerca de la conducta de los humanos: sucede así para que Dios los pruebe y les demuestre que son como bestias.

19 Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra; y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad.

20 Todos caminan hacia una misma meta; todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo.

21 ¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de la bestia desciende hacia abajo, a la tierra?

22 Veo que no hay para el hombre nada mejor que gozarse en sus obras, pues esa es su paga. Pero ¿quién le guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?

Reflexión del capítulo 3

El capítulo tercero contiene uno de los textos más bellos y citados de la Escritura: «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo». Nacer y morir, plantar y arrancar, llorar y reír, callar y hablar, amar y la guerra y la paz: Qohélet enumera los tiempos de la vida y reconoce que no están en nuestras manos. Su sabiduría consiste en aceptar que hay una sazón para cada cosa, sin pretender forzarla.

Pero el capítulo no se queda en el fatalismo. Añade que Dios «ha puesto el mundo en el corazón» del hombre, es decir, un anhelo de eternidad que ninguna realidad temporal puede colmar. De ahí que el ser humano no alcance a descubrir del todo la obra de Dios «de principio a fin». Frente a ese límite, la conclusión es serena: no hay mayor felicidad que alegrarse y hacer el bien, comer, beber y disfrutar del propio trabajo, porque eso es don de Dios.

El capítulo mira también de frente la injusticia: en la sede del derecho hay iniquidad. Qohélet se consuela pensando que Dios juzgará al justo y al impío, y que hay un tiempo para toda obra. Y constata la fragilidad común del hombre y la bestia, que salen del polvo y al polvo vuelven, dejando abierta la pregunta por el destino del aliento de vida.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

La tentación moderna es vivir fuera de sazón: exigir frutos antes de tiempo, negarnos a soltar lo que ya terminó. Hoy examina tu vida y detecta un «tiempo» que estás resistiendo —un duelo, un cambio, una espera— y dale permiso para ser lo que es, sin forzarlo. Y elige un momento del día para agradecer el don concreto de comer, descansar o trabajar, reconociendo en ello la mano de Dios.

Oración

Señor del tiempo y de la historia: enséñame a vivir cada sazón sin adelantarme ni quedarme atrás. Tú que pusiste en mi corazón el deseo de eternidad, sacia esa sed con tu presencia y hazme confiar en tu justo juicio. Amén.

Acerca del libro de Eclesiastés

El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.

El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?

Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.

Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.

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