Eclesiastés
Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos
Capítulo 11
1 Echa tu pan al agua, que al cabo de mucho tiempo lo encontrarás.
2 Reparte con siete, y también con ocho, que no sabes qué mal puede venir sobre la tierra.
3 Si las nubes van llenas, vierten lluvia sobre la tierra, y caiga el árbol al sur o al norte, donde cae el árbol allí se queda.
4 El que vigila el viento no siembra, el que mira a las nubes no siega.
5 Como no sabes cómo viene el espíritu a los huesos en el vientre de la mujer encinta, así tampoco sabes la obra de Dios que todo lo hace.
6 De madrugada siembra tu simiente y a la tarde no des paz a tu mano. Pues no sabes si es menor esto o lo otro o si ambas cosas son igual de buenas.
7 Dulce es la luz y bueno para los ojos ver el sol.
8 Si uno vive muchos años, que se alegre en todos ellos, y tenga en cuenta que los días de tinieblas muchos serán, que es vanidad todo el porvenir.
9 Alégrate, mozo, en tu juventud, ten buen humor en tus años mozos, Vete por donde te lleve el corazón y a gusto de tus ojos; pero a sabiendas de que por todo ello te emplazará Dios a juicio.
10 Aparta el mal humor de tu pecho y aleja el sufrimiento de tu carne, pero juventud y pelo negro, vanidad.
Reflexión del capítulo 11
El capítulo undécimo es una invitación a la generosidad y a la audacia. «Echa tu pan al agua, que al cabo de mucho tiempo lo encontrarás», dice Qohélet; y añade: reparte con siete y también con ocho, porque no sabes qué mal puede venir sobre la tierra. Es la lógica del que siembra sin calcular demasiado, confiando en que el bien hecho no se pierde, aunque tarde en dar fruto.
El sabio desmonta la parálisis de quien espera condiciones perfectas: «El que vigila el viento no siembra, el que mira a las nubes no siega». Como no sabemos cómo viene el espíritu a los huesos en el vientre de la madre, tampoco conocemos la obra de Dios. Por eso hay que sembrar de madrugada y no dejar descansar la mano a la tarde, sin saber cuál de las dos siembras dará fruto.
El capítulo mira luego a la juventud con afecto y con realismo: dulce es la luz y bueno es ver el sol; alégrate, mozo, en tu juventud y ve por donde te lleve el corazón, pero sabiendo que por todo ello Dios te emplazará a juicio. No es una amenaza, sino la verdad liberadora de que la alegría verdadera no se construye al margen de Dios. Y termina: aparta el mal humor del pecho, porque juventud y pelo negro son vanidad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La generosidad y la constancia son las dos virtudes de este capítulo. Hoy haz un acto de generosidad que no puedas controlar ni cobrar: ayuda a alguien sin que lo sepa, dona algo, ofrece tu tiempo. Y retoma una buena obra que abandonaste por desánimo —una oración, un estudio, un servicio— y siémbrala de nuevo, aunque no veas resultados inmediatos.
Oración
Señor, que haces germinar lo que sembramos: dame un corazón generoso y constante. Líbrame de esperar condiciones perfectas para hacer el bien, y enséñame a sembrar con confianza, dejando en tus manos el fruto de mis obras. Amén.
Acerca del libro de Eclesiastés
El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.
El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?
Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.
Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.
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