Eclesiastés

Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos

Qo

Seleccionar Capítulo

Capítulo 9 de 12

Capítulo 9

1 Pues bien, a todo eso he aplicado mi corazón y todo lo he explorado, y he visto que los justos y los sabios y sus obras están en manos de Dios. Y ni de amor ni de odio saben los hombres nada: todo les resulta

2 absurdo. Como el que haya un destino común para todos, para el justo y para el malvado, el puro y el manchado, el que hace sacrificios y el que no los hace, así el bueno como el pecador, el que jura como el que se recata de jurar.

3 Eso es lo peor de todo cuanto pasa bajo el sol: que haya un destino común para todos, y así el corazón de los humanos está lleno de maldad y hay locura en sus corazones mientras viven, y su final ¡con los muertos!

4 Pues mientras uno sigue unido a todos los vivientes hay algo seguro, pues vale más perro vivo que león muerto.

5 Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, y no hay ya paga para ellos, pues se perdió su memoria.

6 Tanto su amor, como su odio, como sus celos, ha tiempo que pereció, y no tomarán parte nunca jamás en todo lo que pasa bajo el sol.

7 Anda, come con alegría tu pan y bebe de buen grado tu vino, que Dios está ya contento con tus obras.

8 En toda sazón sean tus ropas blancas y no falte ungüento sobre tu cabeza.

9 Vive la vida con la mujer que amas, todo el espacio de tu vana existencia que se te ha dado bajo el sol, ya que tal es tu parte en la vida y en las fatigas con que te afanas bajo el sol.

10 Cualquier cosa que esté a tu alcance el hacerla, hazla según tus fuerzas, porque no existirá obra ni razones ni ciencia ni sabiduría en el seol a donde te encaminas.

11 Vi además que bajo el sol no siempre es de los ligeros el correr ni de los esforzados la pelea; como también hay sabios sin pan, como también discretos sin hacienda, como también hay doctos que no gustan, pues a todos les llega algún mal momento.

12 Porque, además, el hombre ignora su momento: como peces apresados en la red, como pájaros presos en el cepo, así son tratados los humanos por el infortunio cuando les cae encima de improviso.

13 También he visto otro acierto bajo el sol, y grande, a juicio mío:

14 Una ciudad chiquita, con pocos hombres en ella. Llega un gran rey y le pone cerco, levantando frente a ella empalizadas potentes.

15 Encontrábase allí un hombre pobre y sabio. El pudo haber librado la ciudad gracias a su sabiduría, ¡pero nadie paró mientes en aquel pobre!

16 Y yo me digo: Más vale sabiduría que fuerza; pero la sabiduría del pobre se desprecia y sus palabras no se escuchan.

17 Mejor se oyen las palabras sosegadas de los sabios que los gritos del soberano de los necios.

18 Más vale sabiduría que armas de combate, pero un solo yerro echa a perder mucho bueno.

Reflexión del capítulo 9

El capítulo noveno mira de frente la muerte. Qohélet constata que hay un destino común para todos —justo y malvado, puro y manchado, el que hace sacrificios y el que no—, y de ahí nace una invitación sorprendente a vivir: «Anda, come con alegría tu pan y bebe de buen grado tu vino, que Dios está ya contento con tus obras». Mientras hay vida hay esperanza, porque «vale más perro vivo que león muerto».

El sabio no predica la frivolidad, sino una alegría sobria y agradecida: vestir ropas blancas, ungir la cabeza, vivir la vida con la persona amada, y hacer con todas las fuerzas lo que la mano encuentre, porque en el seol no hay obra ni ciencia. Es un canto al presente, al trabajo bien hecho y al amor cotidiano, recibidos como la parte que Dios concede.

Pero el capítulo también es realista: no siempre es de los ligeros el correr ni de los esforzados la pelea; el tiempo y el azar alcanzan a todos. Y narra una parábola breve y amarga: una ciudad pequeña salvada por un hombre pobre y sabio a quien nadie recordó. De ahí la conclusión: «Más vale sabiduría que fuerza», aunque la sabiduría del pobre se desprecie. La lección es no medir el valor por el reconocimiento.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Este capítulo te invita a dos cosas concretas: agradecer la vida presente y hacer bien lo que tienes entre manos. Hoy elige una tarea que suelas hacer a medias y hazla con toda tu atención y esfuerzo, ofreciéndola a Dios. Y comparte un momento de alegría con alguien que amas —una comida, un paseo, una conversación— sin culpa y sin prisa, reconociendo que ese gozo también es un don.

Oración

Señor de la vida: enséñame a gozar con sobriedad el tiempo que me das y a trabajar con esmero lo que pones en mis manos. Líbrame de la amargura y del afán de reconocimiento, y hazme agradecido por cada día. Amén.

Acerca del libro de Eclesiastés

El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.

El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?

Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.

Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.

Compartir

Enlace copiado