Eclesiastés
Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos
Capítulo 7
1 Más vale el renombre que óleo perfumado; y el día de la muerte más que el día del nacimiento.
2 Más vale ir a casa de luto que ir a casa de festín; porque allí termina todo hombre, y allí el que vive, reflexiona.
3 Más vale llorar que reír, pues tras una cara triste hay un corazón feliz.
4 El corazón de los sabios está en la casa de luto, mientras el corazón de los necios en la casa de alegría.
5 Más vale oír reproche de sabio, que oír alabanza de necios.
6 Porque como crepitar de zarzas bajo la olla, así es el reír del necio: y también esto es vanidad.
7 El halago atonta al sabio, y el regalo pervierte el corazón.
8 Más vale el término de una cosa que su comienzo, más vale el paciente que el soberbio.
9 No te dejes llevar del enojo, pues el enojo reside en el pecho de los necios.
10 No digas: ¿Cómo es que el tiempo pasado fue mejor que el presente? Pues no es de sabios preguntar sobre ello.
11 Tan buena es la sabiduría como la hacienda, y aprovecha a los que ven el sol.
12 Porque la sabiduría protege como el dinero, pero el saber le aventaja en que hace vivir al que lo posee.
13 Mira la obra de Dios: ¿quién podrá enderezar lo que él torció?
14 Alégrate en el día feliz y, en el día desgraciado, considera que, tanto uno como otro, Dios lo hace para que el hombre nada descubra de su porvenir.
15 En mi vano vivir, de todo he visto: justos perecer en su justicia, e impíos envejecer en su iniquidad.
16 No quieras ser justo en demasía, ni te vuelvas demasiado sabio. ¿A qué destruirte?
17 No quieras ser demasiado impío, ni te hagas el insensato. ¿A qué morir antes de tu tiempo?
18 Bueno es que mantengas esto sin dejar aquellos de la mano, porque el temeroso de Dios con todo ello se sale.
19 La sabiduría da más fuerza al sabio que diez poderosos que haya en la ciudad.
20 Cierto es que no hay ningún justo en la tierra que haga el bien sin nunca pecar.
21 Tampoco hagas caso de todo lo que se dice, para que no oigas que tu siervo te denigra.
22 Que tu corazón bien sabe cuántas veces también tú has denigrado a otros.
23 Todo esto lo intenté con la sabiduría. Dije: Seré sabio. Pero eso estaba lejos de mí.
24 Lejos está cualquier cosa, y profundo, lo profundo: ¿quién lo encontrará?
25 He aplicado mi corazón a explorar y a buscar sabiduría y razón, a reconocer la maldad como una necedad, y la necedad como una locura.
26 He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo, y sus brazos como cadenas: El que agrada a Dios se libra de ella, mas el pecador cae en su trampa.
27 Mira, esto he hallado, dice Cohélet, tratando de razonar, caso por caso.
28 Aunque he seguido buscando, nada más he hallado. Un hombre entre mil, sí que lo hallo; pero mujer entre todas ellas, no la encuentro.
29 Mira, lo que hallé fue sólo esto: Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones.
Reflexión del capítulo 7
El capítulo séptimo es una colección de sentencias sobre la sabiduría de vivir. Qohélet sorprende al afirmar que el día de la muerte vale más que el del nacimiento, y que es mejor ir a casa de luto que a casa de festín, porque allí el que vive reflexiona. No es desprecio de la vida, sino la convicción de que la conciencia de la muerte vuelve al hombre serio y sabio. También advierte contra el enojo y contra la nostalgia estéril de creer que todo tiempo pasado fue mejor.
El sabio propone un realismo lleno de equilibrio: no quieras ser justo en demasía ni te hagas el insensato; mantén el temor de Dios, porque «no hay ningún justo en la tierra que haga el bien sin nunca pecar». Es una lección de humildad y de indulgencia con los demás: si no haces caso de todo lo que se dice, recuerda que tú también has denigrado a otros muchas veces.
El capítulo reconoce con honestidad que la sabiduría está lejos y es profunda, y que nadie la encuentra del todo. Incluye una sentencia dura sobre la mujer como red y trampa, fruto del contexto y de una experiencia amarga del autor, que no debe leerse como juicio sobre la dignidad de la mujer, afirmada por toda la Escritura y por Cristo. La clave la da el último verso: «Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones».
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La sabiduría bíblica incluye la humildad de reconocer el propio límite. Hoy evita dos excesos: el rigor que juzga a todos y el desenfreno que no se corrige a sí mismo. Elige una relación donde hayas sido duro y suaviza tu juicio, recordando tus propios errores. Y haz un examen breve de conciencia al final del día, no para castigarte, sino para caminar con realismo y con la misericordia de Dios.
Oración
Señor, que eres paciente y misericordioso: dame un corazón humilde que no juzgue a los demás con dureza. Enséñame a vivir con sobriedad, sin excesos ni rigideces, y a recordar que también yo necesito tu perdón cada día. Amén.
Acerca del libro de Eclesiastés
El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.
El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?
Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.
Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.
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