Eclesiastés
Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos
Capítulo 8
1 ¿Quién como el sabio? ¿Quién otro sabe explicar una cosa? La sabiduría del hombre hace brillar su rostro, y sus facciones severas transfigura.
2 Aténte al dictado del rey, y por causa del juramento divino
3 no te apresures a irte de su presencia; no te mezcles en conspiración, pues todo cuanto le plazca puede hacerlo,
4 ya que la palabra regia es soberana, y ¿quién va a decirle: Qué haces?
5 Quien se atiene al mandamiento, no sabe de conspiraciones. Y el corazón del sabio sabe el cuándo y el cómo.
6 Porque todo asunto tiene su cuándo y su cómo. Pues es grande el peligro que acecha al hombre,
7 ya que éste ignora lo que está por venir, pues lo que está por venir, ¿quién va a anunciárselo?
8 No es el hombre señor del viento para domeñar al viento. Tampoco hay señorío sobre el día de la muerte, ni hay evasión en la agonía, ni libra la maldad a sus autores.
9 Todo esto tengo visto al aplicar mi corazón a cuanto pasa bajo el sol, cuando el hombre domina en el hombre para causarle el mal.
10 Por ejemplo, he visto a gente mala llevada a la tumba. Partieron del Lugar Santo, y se dio al olvido en la ciudad que hubiesen obrado de aquel modo. ¡Otro absurdo!:
11 que no se ejecute en seguida la sentencia de la conducta del malo, con lo que el corazón de los humanos se llena de ganas de hacer el mal;
12 que el pecador haga el mal veces ciento, y se le den largas. Pues yo tenía entendido que les va bien a los temerosos de Dios, a aquellos que ante su rostro temen,
13 y que no le va bien al malvado, ni alargará sus días como sombra el que no teme ante el rostro de Dios.
14 Pues bien, un absurdo se da en la tierra: Hay justos a quienes les sucede cual corresponde a las obras de los malos, y malos a quienes sucede cual corresponde a las obras de los buenos. Digo que este es otro absurdo.
15 Y yo por mí alabo la alegría, ya que otra coasa buena no existe para el hombre bajo el sol, si no es comer, beber y divertirse; y eso es lo que le acompaña en sus fatigas en los días de vida que Dios le hubiera dado bajo el sol.
16 Cuanto más apliqué mi corazón a estudiar la sabiduría y a contemplar el ajetreo que se da sobre la tierra - pues ni de día ni de noche concilian los ojos el sueño -
17 fui viendo que el ser humano no puede descubrir todas las obras de Dios, las obras que se realizan bajo el sol. Por más que se afane el hombre en buscar, nada descubre, y el mismo sabio, aunque diga saberlo, no es capaz de descubrirlo.
Reflexión del capítulo 8
El capítulo octavo combina consejos prácticos con preguntas profundas. Qohélet reconoce el valor de la sabiduría, que hace brillar el rostro del hombre, y recomienda prudencia ante el poder: atenerse al mandato del rey, no mezclarse en conspiraciones, saber el cuándo y el cómo. Pero recuerda también un límite radical: «No es el hombre señor del viento», ni tiene señorío sobre el día de la muerte. La pretensión de controlarlo todo se estrella contra la evidencia.
El sabio observa después un escándalo que sigue inquietando: a los malos les va bien y la sentencia contra sus obras no se ejecuta enseguida, con lo que el corazón humano se llena de ganas de hacer el mal. Y constata un absurdo: hay justos a quienes sucede lo que corresponde a los malos, y malos a quienes sucede lo que corresponde a los buenos. Qohélet no lo resuelve con una teoría, sino que lo deja planteado con honestidad.
Su respuesta práctica es saborear la vida con alegría sobria y no pretender descubrir todas las obras de Dios. Por más que el hombre se afane en buscar, no lo alcanza; ni el mismo sabio, aunque diga saberlo, es capaz de descubrirlo. Es la lección de la humildad intelectual: hay un misterio que nos supera y ante el cual conviene confiar más que explicar.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando veas que a los injustos les va bien, no te escandalices hasta perder la fe ni imites su camino. Hoy reza por la conversión de alguien que obra mal y examina si tu propia vida se guía por lo que funciona o por lo que es justo. Y acepta con paz una pregunta que no puedas resolver: no todo tiene respuesta en esta vida, y confiar en Dios también es una forma de sabiduría.
Oración
Señor, cuyo obrar no alcanzo a comprender del todo: líbrame de juzgar tu justicia con mis medidas. Dame prudencia ante el poder, paciencia ante la injusticia y la humildad de confiar en ti cuando no entiendo tus caminos. Amén.
Acerca del libro de Eclesiastés
El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.
El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?
Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.
Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.
Compartir
Enlace copiado