Eclesiastés

Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos

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Capítulo 4 de 12

Capítulo 4

1 Yo me volví a considerar todas las violencias perpetradas bajo el sol: vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violencia de sus verdugos, sin tener quien los vengue.

2 Felicité a los muertos que ya perecieron, más que a los vivos que aún viven.

3 Más feliz aún que entrambos es aquel que aún no ha existido, que no ha visto la iniquidad que se comete bajo el sol.

4 He visto que todo afán y todo éxito en una obra excita la envidia del uno contra el otro. También esto es vanidad y atrapar vientos.

5 El necio se cruza de manos, y devora su carne.

6 Más vale llenar un puñado con reposo que dos puñados con fatiga en atrapar vientos.

7 Volví de nuevo a considerar otra vanidad bajo el sol:

8 a saber, un hombre solo, sin sucesor, sin hijos ni hermano; sin límite a su fatiga, sin que sus ojos se harten de riqueza. «Mas ¿para quién me fatigo y privo a mi vida de felicidad?» También esto es vanidad y mal negocio.

9 Más valen dos que uno solo, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo.

10 Pues si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante.

11 Si dos se acuestan, tienen calor; pero el solo ¿cómo se calentará?

12 Si atacan a uno, los dos harán frente. La cuerda de tres hilos no es fácil de romper.

13 Más vale mozo pobre y sabio que rey viejo y necio, que no sabe ya consultar.

14 Pues de prisión salió quien llegó a reinar, aunque pobre en sus dominios naciera.

15 Veo a todos los vivientes que caminan bajo el sol, ponerse junto al mozo, el sucesor, el que ocupará su puesto.

16 Era sin fin la multitud a cuyo frente estaba; tampoco la posteridad se contentará de él. También esto es vanidad y atraper vientos.

17 Guarda tus pasos cuando vas a la Casa de Dios. Acercarse obediente vale más que el sacrificio de los necios, porque ellos no saben que hacen el mal.

Reflexión del capítulo 4

El capítulo cuarto nace de una mirada compasiva y dolorosa. Qohélet contempla «todas las violencias perpetradas bajo el sol»: el llanto de los oprimidos sin quien los consuele, la fuerza de sus verdugos sin quien los vengue. Ante tanta injusticia llega a felicitar a los muertos y aun a quien no ha nacido, porque no ha visto el mal que se comete. Es una de las páginas más crudas de la Biblia, y su honradez nos autoriza a llevar ante Dios también nuestra indignación.

Pero el capítulo no termina ahí. Tras constatar que todo afán excita la envidia del uno contra el otro, Qohélet descubre el valor de la compañía: «Más valen dos que uno solo», porque si uno cae, el otro lo levanta; si tienen frío, se calientan; y «la cuerda de tres hilos no es fácil de romper». Es una alabanza de la amistad, de la ayuda mutua y de la comunidad.

El capítulo cierra con una imagen de la fugacidad del poder —el mozo pobre y sabio frente al rey viejo y necio— y con una exhortación religiosa: «Guarda tus pasos cuando vas a la Casa de Dios», pues acercarse obediente vale más que el sacrificio de los necios. La sabiduría empieza por escuchar a Dios antes que por hablarle.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Dos antídotos contra la soledad y la injusticia: acompañar y dejarse acompañar. Hoy piensa en alguien que esté pasando por una situación dura —una enfermedad, un duelo, una injusticia— y hazle compañía real: una visita, una llamada larga, un rato de escucha sin prisas. Y si tú eres quien está cayendo, atrévete a pedir ayuda, recordando que la cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente.

Oración

Señor, consuelo de los afligidos: abre mis ojos al dolor de los oprimidos y no me dejes pasar de largo. Dame amigos fieles y hazme amigo fiel; y cuando vaya a tu casa, enséñame a escucharte antes de hablar. Amén.

Acerca del libro de Eclesiastés

El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.

El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?

Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.

Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.

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