Eclesiastés
Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos
Capítulo 6
1 Hay otro mal que observo bajo el sol, y que pesa sobre el hombre:
2 Un hombre a quien Dios da riquezas, tesoros y honores; nada le falta de lo que desea, pero Dios no le deja disfrutar de ello, porque un extraño lo disfruta. Esto es vanidad y gran desgracia.
3 Si alguno que tiene cien hijos y vive muchos años, y por muchos que sean sus años, no se sacia su alma de felicidad y ni siquiera halla sepultura, entonces yo digo: Más feliz es un aborto,
4 pues, entre vanidades vino y en la oscuridad se va; mientras su nombre queda oculto en las tinieblas.
5 No ha visto el sol, no lo ha conocido, y ha tenido más descanso que el otro.
6 Y aunque hubiera vivido por dos veces mil años, pero sin gustar la felicidad, ¿no caminan acaso todos al mismo lugar?
7 Todo el mundo se fatiga para comer, y a pesar de todo nunca se harta.
8 ¿En qué supera el sabio al necio? ¿En qué, al pobre que sabe vivir su vida?
9 Mejor es lo que los ojos ven que lo que el alma desea. También esto es vanidad y atrapar vientos.
10 De lo que existe, ya se anunció su nombre, y se sabe lo que es un hombre: no puede litigar con quien es más fuerte que él.
11 A más palabras, más vanidades. ¿Qué provecho saca el hombre?
12 Porque, ¿quién sabe lo que conviene al hombre en su vida, durante los días contados de su vano vivir, que él los vive como una sombra? Pues ¿quién indicará al hombre lo que sucederá después de él bajo el sol?
Reflexión del capítulo 6
El capítulo sexto ahonda en la paradoja del que lo tiene todo y no puede gozarlo. Qohélet describe a un hombre a quien Dios da riquezas, tesoros y honores, y a quien nada le falta de lo que desea; pero Dios no le concede disfrutar de ello, y un extraño lo aprovecha. Es, dice, «vanidad y gran desgracia». Tener y no poder gozar: ahí está el drama.
El sabio llega incluso a comparar esta situación con la de un niño que no llega a nacer, que no vio el sol ni lo conoció, y que sin embargo tiene más descanso. Y observa que, aunque alguien viviera dos veces mil años sin gustar la felicidad, todos caminan al mismo lugar. La conclusión es severa: «Todo el mundo se fatiga para comer, y a pesar de todo nunca se harta».
El capítulo cierra con preguntas que no buscan una respuesta fácil, sino despertar humildad: ¿en qué supera el sabio al necio?, ¿quién sabe lo que conviene al hombre durante los días contados de su vano vivir? Qohélet nos enseña a no confundir el deseo con la felicidad. «Mejor es lo que los ojos ven que lo que el alma desea»: la vida concreta, recibida con gratitud, vale más que la carrera insaciable por lo que no se tiene.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
El deseo insaciable nos roba el presente. Hoy haz un experimento: durante unas horas, deja de mirar lo que te falta y disfruta de lo que ya tienes. Come despacio, agradece tu casa, tu trabajo, las personas que te quieren. Y si descubres que solo puedes gozar lo que posees cuando lo compartes, da o presta algo tuyo a quien lo necesite, para no ser de los que acumulan sin poder disfrutar.
Oración
Señor, que das y que puedes quitarlo todo: líbrame de acumular sin gozar y de desear sin agradecer. Enséñame a reconocer en lo que ya tengo tu mano generosa, y a poner en ti, y no en mis bienes, mi alegría. Amén.
Acerca del libro de Eclesiastés
El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.
El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?
Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.
Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.
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